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lunes, 31 de enero de 2011

Las limitaciones positivas del iPad

Luego de unas semanas de uso intenso del iPad confirmo una tendencia que, semanas antes de siquiera comprarlo, había delineado teóricamente: no es una plataforma para un serio y frenético multitasker. Esto, que algunos consideran una limitación imperdonable, para mí es un antídoto contra las horas gastadas en naderías, léase la tan mentada procrastinación digital.

No sé ni me interesa saber una definición científica del multitasking. Dentro de mi horizonte de usuario común entiendo que el multitasking halla su realización cuando se hacen varias cosas al mismo tiempo usando una máquina. Si, por ejemplo, fuese yo un diseñador o retocador de fotos, en la computadora tendría para empezar el programa adecuado abierto (Corel o Photoshop). Esa sería mi tarea principal e ineludible. Pero, además, tendría un programa abierto para acompañarme con música. Pero, además, mi casilla de correo electrónico recibiendo siempre mensajes. Pero, además, un chat para comunicarme con otros seres humanos. Y, además, un browser para ver las noticias de mi diario favorito en algún momento muerto.

Un browser multiplica las posibilidades de emprender otras actividades: ver videos, jugar solitarios, enredarse en una encuesta divertida en una red social. El multitasking acumula actividades y, en apariencia, nos hace ser más activos y productivos. Pero también acumula actividades que, a su vez, alargan la distancia entre el último task realizado y la tarea original.

El multitasking es posible porque las máquinas son cada vez más poderosas. El usuario común y corriente no suele tomar esto muy en cuenta. Es como si tuviera un helicóptero para ir a una bodega a diez cuadras. Con un helicóptero llegará a destino casi al instante, evidentemente, pero ya que posee una máquina de gran velocidad no lo pensará dos veces para visitar a un amigo a cinco kilómetros de distancia. Y luego a su madre a diez. También pensará que no estaría nada mal un paseo por la costa para ver el mar. Hay algo en la aceleración de nuestras actividades que distorsiona nuestra sensación del tiempo y nos hace creer que podemos meter en el mismo lapso más eventos sin vernos afectados (dicho sea de paso, son contados los individuos que de verdad necesitan un helicóptero)

El iPad no es una máquina poderosa. Al contrario, parece diseñada para hacer prácticamente una sola cosa a la vez. Saltar de actividad en actividad es un proceso oneroso, no a un click de distancia, sino a varios (siendo el primero el casi primitivo botón de home que nos lleva al listado de aplicaciones) con el gesto adicional de acomodar la pantalla según lo que pretendemos hacer. Todo va más lento. Lo que con la computadora era, metafóricamente hablando, un paseo neurótico por una ciudad, con la agenda llena de sitios para visitar, con el iPad el trote es más bien pueblerino, provincial. Su tour sistémico exige que nos detengamos en cada actividad con calma y plena atención. En ese tour no hay autos, todo es a pie. Pero lo que desde un punto de vista es una limitación, desde otro es un sosiego que nos devuelve los cinco sentidos y nos hace pensar mejor.

Desde que uso el iPad casi no entro al Facebook. Su aplicación es tan desastrosa que ni siquiera permite que el chat cargue. No hay quejas. Ahora leo mucho más.


lunes, 17 de enero de 2011

Correr en el malecón

La gran desventaja del verano para quien gusta de salir a correr por el malecón en Miraflores son los horarios. En Lima el sol empieza a calentar fuertemente entre las nueve y las diez de la mañana y se mantiene intenso hasta las cuatro y media o cinco. No es conveniente salir entre esas horas. Sin embargo, la gran compensación de estas restricciones son los magníficos atardeceres. Al placer del trajín aeróbico, se le puede sumar el placer del paisaje.

Es posible conceder que las estampas miraflorinas del malecón al ocaso sean tópicas y excesivamente aletargadas. Pero tal muzak visual relaja y amansa el espíritu. Uno ya no suele correr con la mirada detenida en el suelo -medida necesaria para evitar cualquier irregularidad del pavimento- sino en el horizonte. Se reconoce al instante la paleta cromática ligeramente lavada de muchos cuadros expuestos en el Parque Kennedy.

El circuito del malecón, convenientemente dividido en dos, un carril para ciclistas y otro para peatones, suele tener un tráfico muy ordenado. A diferencia de lo que sucede en las pistas aquí nadie se grita, ni se impacienta, ni se insulta. Todos son bienvenidos. Para quien corre los únicos potenciales peligros de la ruta, si pueden ser llamados así, son los niños muy pequeños -de movimientos bruscos e inesperados- y ciertas familias extensas cuyos miembros caminan uno al lado del otro bloqueando el ancho completo de la calzada. No se tome en cuenta el asesinato al paso de un joggista ocurrido hace unos meses en la mañana. Fue una situación excepcional.

Quien esto escribe cubre la distancia que va desde el Puente Villena hasta el Coliseo de la Avenida el Ejercito, ida y vuelta. Según sus cálculos son cuatro kilómetros y medio aproximadamente. La mayoría de corredores con los que se cruza son personas de más de treinta años. Es explicable (salud, prescripción médica, retardo del envejecimiento, etc). Probablemente la mayoría sean mujeres.

Salir a correr es al inicio una obligación disciplinada; luego es una necesidad. Solo después de un tiempo se transforma en un placer. Sucede cuando la resistencia del aire, casi mágicamente, comienza a tener la consistencia del agua. La física enseña que ambos elementos son fluidos.

jueves, 9 de diciembre de 2010

La película de Facebook

Da la sensación que la última película de David Fincher -que algunos dicen se trata de la Citizen Kane del nuevo siglo, exagerando un poco- se esmera por volver importante una frivolidad.

The Social Network hace un buen trabajo en recordar que el germen del asombroso éxito de Facebook fue la debilidad humana por la exclusividad social, pero siendo la historia de la web tan veloz y mutante como la de las bacterias es difícil identificarse hoy con esas ansias por el contacto privilegiado. Facebook actualmente sirve con mucha ductilidad, entre otras cosas, para campañas municipales, relaciones públicas empresariales o fuente de información. El face -o rostro- ha sido reemplazado por el logo corporativo. En la economía de "más contactos es mejor" de internet el privilegio parece un valor remoto, un VIP ya en desuso.

Pero lo de Fincher se concentra en los orígenes del fenómeno, es decir, en el orgullo -y resentimiento- por ser parte -o ser apartado- de un club. Su retrato de la universidad de Harvard, de la que apenas se ven clases, libros y profesores, prefiere mostrar los claroscuros del submundo de las residencias, las amistades afianzadas en borracheras, los rituales ridículos para ingresar a los final clubs y los capitales sociales que se acumulan para ser cool. Facebook sería nada menos que la proyección digital de esa jungla donde vivir a puertas cerradas es valioso, pero cuya exuberancia parece hecha con plantas de plástico, nunca demasiado amenazante, nunca excesivamente angustiante.

Y, sin embargo, la película -que podría ser una muy ligera comedia estudiantil- tiene la gravedad del drama. Más aún, del drama legal. Mark Zuckerberg, estudiante de Harvard, genio informático todavía desconocido, de ínfimas habilidades sociales, pequeñito, maltrajeado y verboso, descubre que su talento de hacker no solo sirve para el placer masturbatorio de encontrar brechas en la seguridad de las redes de la universidad, sino para elaborar cracks que rompan las jerarquías de la pirámide amical en Harvard, una en la que no está muy bien posicionado.

Roba la idea de una web interina ("HarvardConnection") a dos gemelos inmensos y ricachones miembros del equipo de remo que lo habían contratado para ser su progamador y se adelanta creando y lanzando su propia web paralela ("TheFacebook") que es un éxito instantáneo por la seducción de armar redes de amigos que se aceptan previa solicitud. Este plot es una de las vigas del escenario legal en la que se apoya The Social Network: los gemelos Winklevoss, muy molestos por el engaño, pelean por una torta de la compañía que en el futuro se volverá millonaria e internacional y vemos los saltos en el tiempo entre las testificaciones y los abogados y las anécdotas del ascenso (y más y más ascenso, una que no conoce de caídas hasta hoy) de Zuckerberg.

Así vista, la fábula de The Social Network es una de la rebeldía del no privilegiado envuelta en los colores de la venganza. Cuando Zuckerberg roba fotos e información personal para hacer concursos burlones vía red en la comunidad universitaria -su primer acto públicamente rebelde o, si se quiere, de vandalismo- prefiere quedar como una alimaña antes que reivindicar su difusa causa anti-exclusivista. Careado con los gemelos Winklevoss en las testificaciones, su defensa no se concentra en hechos sino en símbolos: les grita su falta de talento y que despectivamente lo recibieron solo en el estacionamiento de bicicletas de su residencia cuando lo contrataron. Al parecer, también se puede ser plebeyo en Harvard. Zuckerberg se volverá rey, pero, tal es la moraleja, a un precio.

El precio es la paradoja de haber creado una poderosa herramienta para armar lazos de amistad que no le sirve para conservar los que le son importantes. Por un lado, al inicio de la película, vemos cómo Zuckerberg convierte rápidamente en pelea una conversación inocente con su novia por no saber reprimir su incontinencia verbal siempre aguda para el "taggeo" (léase prejuicio) social. La humanidad en la mente del creador de Facebook es igual a la suma de sus etiquetas. El valor de una novia se cotiza con un algoritmo. Ella lo corta para no perdonarlo jamás.

Por el otro, está la intensa historia de amistad con su socio en la creación secreta de Facebook a espaldas de los gemelos Winklevoss. El vínculo entre Zuckerberg y Eduardo Severin es lo único que no está mediatizado por códigos, refreshs y hits. Pero la falta de talento de Severin y la entrada fulgurante de otro genio y socio empresarial llamado Sean Parker -un notable y eléctrico Justin Timberlake, a tempo de hip-hop, tan contrario a la pose aburrida del personaje que encarna el también notable Jesse Eisenberg- termina carcomiendo la amistad hasta hacerla caer en la obvia conclusión de que es preferible tener billones de dólares a un amigo. Severin también denuncia al millonario de Facebook.

La relación entre Zuckerberg y Severin -mucho más adaptado y afable- también parece estar manchada por el resentimiento del exitoso antihéroe. Le incomoda que no tenga reparos por los rituales de ingreso a los final clubs y por andar tan pendiente de la afirmación de los otros. La frivolidad real, a ojos de Zuckerberg, es más idiota que su nueva inventada frivolidad digital. ¿Quizás porque ve en ella una respuesta al status quo, quizás porque le ve más futuro a internet que al contacto persona a persona? Es difícil saberlo con la caracterización de Eisenberg: su personaje no sonríe, no lanza ningún gesto que revele si está expresando lo que cree o solo mostrando un avatar. Solo parece estar constantemente pensando la siguiente línea de código o la nueva forma de mejorar su site. Las gracias a Severin por la amistad prestada se materializan en un cheque de 20,000 dólares y una débil llamada de atención a Parker por haberlo tratado un poco duramente. La meritocracia 2.0 es cruel y no admite excepciones ni para los amigos.

¿Es The Social Network una vuelta de tuerca a la historia del gélido freak multimillonario atrapado por la soledad y convertido en enigma (de ahí la referencia a Kane)? Sí, eso parece ser. Es inevitable no percibir entonces una descompensación, un empaque demasiado elegante –Fincher narra estupendamente bien y haciéndose invisible- para una brevísima biografía que no tuvo mayor empujón inicial en su celebridad que inventarse problemas donde no los había. Pero la película es absorbente porque es inquietantemente coyuntural y oportunista. Frivolidad o no, Facebook ha inventado una etiqueta que muchos -al menos los que somos parte de la red, es decir, 500 millones de personas- podemos compartir. La escena final del genio billonario refrescando cada cinco segundos su página esperando ser aceptado por una ex que lo desprecia es, aunque muy codificada, de una simpleza cuyo drama tiene que completar el espectador: hemos y seguimos pasando por ahí. Fincher nos da el gusto de sentirnos importantes por usar Facebook. La pregunta es si lo social de este nuevo Neverland es suficientemente denso como para inferir de él toda una sociología.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Sangrecitas Gamarra

¿Dónde estabas tú? Me enteré de que algo raro sucedía en Gamarra no por la red sino por la llamada de alguien cercano que estaba a un par de cuadras del Banco Continental. Revisé Twitter y, en efecto, un par de tuits -eran muy pocos a esa hora- hablaban de un asalto.

Twitter y el rebote maníaco. En este caso en particular solo muy pocos tenían información novedosa. Por lo general, en Twitter la gente tiene manía por el RT de lo mismo. Es como tener un placa de rayos X de la viralidad: el rebote suele ir acompañado de un comentario que es grasa informativa o un paulatino incremento del asombro. La viralidad no solo contagia información, también hincha y exagera los ánimos.

El caso de @SoloPedrito: Este esforzado tuitero empezó a publicar algunas fotos desde el arranque. Todo bien con la intención, pero las tomas eran muy malas. Una vez que las cámaras de TV llegaron al lugar de los hechos -en cuestión de minutos- su información se volvió irrelevante. Sin embargo, logró ser entrevistado por Rosa María Palacios en Prensa Libre en el programa de la noche. La entrevista no tuvo el peso del periodismo, sino de un gaseoso RT.

Información contradictoria. Casi por default, y al ver que en Twitter se decían cosas muy dispares, me volqué hacia mi testigo clave gamarrero que podía actualizarme sobre lo que sucedía a los alrededores. Pero la noticia no era tanto qué sucedía con los comerciantes, sino lo que sucedía dentro del banco. Imposible saberlo siendo solo un "periodista ciudadano". Al cabo de una hora todos los medios ya tenían acceso a la policía y la información oficial configuró mejor -en apariencia- el escenario real. A la luz de esta experiencia, es claro que "periodista ciudadano" es solo un eufemismo para "mirón". Y a los mirones los evacuaron rápidamente.

Más información contradictoria. Los medios (me refiero a los tradicionales) no la tuvieron fácil para conseguir información precisa. El número de rehenes osciló entre 6 y 30. Los trascendidos hablaban de una bomba, la petición de un helicóptero y avanzada la tarde, de una embarazada de rehén. Nadie mencionó a niños, sino hasta la noche, es decir, cuando los vieron salir rescatados del banco. Algunos periodistas jugaron con la noción de estar "ocultando información" para "no perturbar la estrategia de la policía", pero más verosímil suena pensar que no tenían idea de lo que pasaba adentro.

El rescate. El rescate no se vio en vivo, sino en diferido. Las impresionantes tomas de Panamericana Televisión no daba para muchos comentarios, solo para observar y esperar que todo saliera bien. El rescate en sí, sin embargo, también tuvo información contradictoria: primero se dijo que el secuestrador se entregó; luego que fue abatido por un francotirador que de afuera disparó hacia adentro. Se pudo ver la bomba en el cuerpo del delincuente, pero no se supo que era falsa. Luego se dijo que el secuestrador murió al instante. Hasta el momento los detalles del operativo no siguen siendo muy claros.

Y el Twitter siguió tuiteando. Uno de los aspectos más llamativos (léase inútiles) del twitter es ver cómo se empiezan análisis y comentarios a partir de información no confirmada. Filosofías enteras pueden caber dentro de 140cc, sobre todo si son dichas con la solemnidad impostada de quienes se creen líderes de opinión. Personalmente tengo debilidad por fisgonear en estas conversaciones que no informan nada, pero que revelan mucho de las psicologías y personalidades que pululan en la tuitósfera. Para cada desubicado siempre existirá alguien que corrija, aunque para un lector no participante solo sea otro desubicado más. El proceso se modificará a los minutos, cuando se descubre que la discusión era tonta porque la información no era correcta. Una vez que la tensión de los eventos pasa, empieza el otro fenómeno tuitero: empezar a intercambiar chistes o frases ingeniosas. Aquí el RT y los TRUE son las herramientas del darwinismo pequeñito en la competencia por llamar la atención. Quién sabe, quizás te entrevisten en el programa de la noche.

Moraleja. Nuevamente me voy con la incómoda sensación de que las redes sociales solo son confiables cuando uno cuenta estrictamente lo que le está pasando. Solo uno puede ser el mejor testigo de lo que le sucede. Pero hasta ahí no más se llega. Intentar ser un mirón con visión de rayos X no funciona. No se pueden contar personas a dos cuadras. No se puede inferir información de la cara de un policía. Los datos no se perciben oliendo el aire. La verdad es que, de modo muy egoísta, la información más relevante para mí en esas primeras horas tensas de la tarde cuando aún no se sabía mucho era que mi fuente gamarrera se pusiera a buen recaudo -temor de una balacera- y que volviera a casa lo más rápidamente posible. De eso sí estuve bien informado.

sábado, 16 de octubre de 2010

Aproximaciones al misterio Richard Gálvez



Este sencillo aviso del grupo de voluntariado Kúrame podría despejar una pregunta que muchos se hacen: ¿logró aprobar Richard Gálvez los exámenes psicológicos de rigor para sus voluntarios activos? Las valientes investigaciones periodísticas seguirán hurgando con el transcurso de los días en este nuevo fenómeno peruano y a ellas estaremos atentos.

Pero de lo que no tenemos duda alguna es que, excéntrico o no, dislocado social o no, Richard Gálvez, imitador de Michael Jackson (foto 1), posee una memoria prodigiosa, casi fotográfica: Gálvez ha podido decirnos, por ejemplo, que ninguna mujer acompañaba al presidente García cuando salió del ascensor en el hospital Rebagliati; cómo posicionó las manos el personal de seguridad cerca de su cuerpo, sin tocarlo; y ha podido dar el tono exacto con que el presidente, imaginamos que atrapado por la ira, dijo "vete al carajo" al tiempo que volcaba su mano izquierda post-Mistura sobre el esmirriado lado derecho de su rostro. Fue algo como "betialcaruju".

Lo ha repetido mil y un veces. No se ha contradecido una sola.

La nación se hallaba en plena celebración literaria por el Nobel a Mario Vargas Llosa, pero la realidad, como reza el cliché, desborda cualquier ficción. Y Gálvez es, para lamento de los fabuladores, un personaje inimaginable. Le tocó a él ser canalizador de quién sabe cuántos exabruptos privados e impublicables que en el Perú de hoy se manifiestan contra nuestra máxima autoridad. Al presidente norteamericano George W. Bush le fueron lanzados dos zapatos que supo esquivar con tejana agilidad. Pero las palabras viajan a 343 metros por segundo -tal es la velocidad del sonido- y habida cuenta de la distancia que separaba a los dos protagonistas de la historia peruana -cuatro metros, según, nuevamente, testimonio milimétrico de Gálvez- no hay oreja humana capaz de esquivar o hacerse la sorda ante tres sílabas lanzadas como de un Mirage: "co-rrup-to".

A Gálvez le ha tocado, por esa ley shakespeareana que dicta que a algunas personas la grandeza les cae encima de golpe, ser estandarte de causas imposibles. Propone que la memoria del desaparecido Michael Jackson deje de ser perseguida maliciosamente por la extraña afición a los púberes del cantante. También que insultos y acusaciones sin pruebas se consideren genuina práctica de la libertad de expresión. No está solo. Una marea de fervientes practicantes del moonwalking y del adelantamiento eléctrico del pubis parecen dispuestos a manifestarse cuantas veces sean necesarias para defender la inocencia post-mortem del nunca condenado en vida MJ.

Y tal como consta en inesperado vídeo de los segundos posteriores al altercado del Hospital Rebagliati, no pocos peruanos consideran el adjetivo corrupto parte constitutiva del ejercicio pleno de la ciudadanía y de una bien entendida democracia. Lo reclamaron a voz en cuello mientras la fuerza de la autoridad insistía en detener a Gálvez en las puertas del hospital mientras éste se sujetaba en franca rebeldía a los fierros de su libertad (materializados en los soportes de una planta de sombra).

Este movimiento cívico breve y espontáneo no sólo podría verse refrendado por algún cambio en nuestros códigos legales, sino también por la incorporación en el paisaje urbano de maceteros estratégicamente colocados que señalen zonas inmunes al largo brazo -o manaza- de la injusticia. Un "ampay me salvo" abreviado, cómodo y oportuno ya que nunca se sabe por dónde aparecerá el abuso.

¿Es Richard Gálvez un novísimo giro en el libertarismo siempre a duermevela en el país? Ya fue bastante extraño que veinte años atrás un literato saliera en defensa de los banqueros con una labia tan compleja como las letras pequeñas de los contratos crediticios. Fue en nombre de la libertad. No nos extrañe entonces que sea hoy un Richard Gálvez -tan histriónico como el escritor, tan consciente también de su cita con la historia- quien reclame esa misma libertad no ya en nombre de los poderosos, sino de aquellos anónimos a quienes solo les queda exteriorizar hipos indignados saltándose los engorrosos mecanismos del sistema. Llegar hasta las redacciones internacionales ha sido un pequeño gran triunfo de la siquis torturada -pero no muda- de un país que, aunque vota tapándose la nariz, necesita tomar una gran bocanada de aire liberador para seguir sobreviviendo. Tres bocanadas: una para cada sílaba.

Quizás Richard Gálvez se convierta en comidilla de cronistas que intentarán convertirlo en un héroe más o menos transitorio. Quizás su rostro adorne los reversos de apuradas camisetas. Pero quizás su recuerdo persista por algún tiempo en muchos peruanos acompañado de una sonrisa maliciosa: esa que privadamente aparece en los minutos previos antes de dormir, ya que mientras se duerme y en sueños no hay ley que valga, autocontrol que cuente, ni cachetadón que duela.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Nueva cédula de votación: una propuesta


Un espíritu cívico que se precie de comprometido debe impulsar a los ciudadanos honestos no solo a ver cómo camina sola la democracia, sino a caminar con ella y, de ser posible, ayudarla a caminar. Es por eso que aquí presento un humilde grano de arena para la contienda eleccionaria municipal del próximo 3 de octubre. Se trata de una nueva y remozada cédula de votación que tiene como finalidad facilitar el sufragio, de modo tal que las intenciones del elector no se vean distorsionadas, tergiversadas o anuladas bajo ningún motivo, percance, accidente o trampa opto-psicológica. Asegurar que el voto pensado sea el voto realizado es quizás el basamento fundamental de nuestra aún precaria democracia. Las pruebas que he llevado a cabo con un focus de diez (10) personas me confirma la utilidad de esta cartilla que hoy presento ante ustedes. Repasemos juntos sus características.

Un ojo atento observará que la cartilla consta de solo ocho candidatos u opciones. Sorprendente, ya que el total de candidatos para la alcaldía de Lima es oficialmente doce. Sin embargo, si tomamos en cuenta las encuestas últimas se deberá admitir la ínfima -por no decir imposible o aplastantemente contraintuitiva- posibilidad de que algunos candidatos sean elegidos. Tal es el caso sobresaliente de Gonzalo Alegría de Acción Popular, a quien el director del diario El Comercio le negó la posibilidad de participar en un primer debate municipal por estar debajo del 2% de las preferencias. Criterio sin duda inteligente que separa grano de paja, economiza, abrevia discusiones vanas, y que rescatamos en nuestra cédula. Es que la democracia no debe esperar, máxime aún en estos tiempos donde un radicalismo atrasado amenaza con resurgir. Alegría ha sido un estupendo animador de las discusiones municipales y le agradecemos desde ya sus aportes a la contienda electoral. Pero en esta cartilla no entra.

Sobre los demás candidatos no incluidos no vale la pena abundar porque la idea es la misma. Recordar programas de gobierno ya es bastante denso como para que a ellos le sumemos el nombre de la agrupación, el nombre del candidato y el logo. La modernidad exige simplificaciones.

Es en aras, entonces, de la simplificación que se proponen en esta cartilla nuevos logos para los candidatos en contienda. Considerando, nuevamente según encuestas, que el elector aún no está familiarizado con los símbolos de los partidos y que tal confusión se refleja en un descenso en los números porcentuales cuando se realizan las simulaciones de voto, pensamos que la incoporación de logos fool-proof vendrá a resolver esta limitación. Vayamos de arriba a abajo.

Fuerza Social: El ingenio popular resuelve mejor que cualquier creativo publicitario el obtener una imagen de gran recordación. Reemplazar un ambiguo "FS" (¿"fútbol sala"?, ¿"formspring"?) por un simpático personaje de fábula -que hasta un niño conoce- va en favor de las intenciones de esta agrupación.

Unidad Nacional: No se busca reincidir con este símbolo en la llamada "guerra sucia". Al contrario. Es una manera de revertir los efectos del golpe bajo. De meterse un voto al poto a marcar un poto con una equis hay una gran distancia, la distancia que separa el hartazgo de la asertividad. Además, nótese la evocación visual que unas posaderas hacen de un ánfora.

Restauración Nacional: "¿Lay no es de papitas Lay?" Esta pregunta, que es señal inequívoca de las intenciones del elector de emitir un voto informado, tiene su correlato en los crujientes y sabrosos bocadillos que aparecen en el símbolo.

Somos Perú: Quizás el acto público más notable de Fernando Andrade fue no esperar que un comando ingresara a una embajada tomada para rescatarlo. Con armas y un buen plan, cualquiera puede. El símbolo muestra la capacidad de improvisar en situaciones límite, cualidades que todo alcalde debe tener.

Cambio Radical: Cómo transformar una chapa denigratoria en potencial capital de arrastre fue la pregunta que Fernán Altuve resolvió casi al instante. Su tolerancia democrática y ancha correa hacen de la ovulación de un ave un símbolo de esperanza, de una nueva era que está por nacer.

Cambio Radical: La inclusión de una segunda versión de Cambio Radical intenta convertir esta cartilla en un instrumento mucho más democrático que su antecesora. Qué habría ocurrido si uno de los favoritos no era tachado por el JNE -acto contrario, recordemos, a las preferencias populares- se responde con esta elección.

..... : No es necesario saber el nombre de la agrupación, ni del candidato. "Voto por el helicóptero" es la sumilla brillante del voto emotivo, que también debe tener su lugar. Basta y sobra entonces con la representación del vehículo aerodinámico.

Apoyo: Este último recuadro sin duda generará mucha controversia, pero es el reconocimiento absurdamente pospuesto de que la ciencia nunca bien entendida del "sondeo de opinión" tenga ya un lugar oficial en la cédula electoral. Como se sabe, la ONPE nos tiene acostumbrados a largos procesos de conteo, a suspensos innecesariamente extendidos, a impugnaciones que dilatan la verdad numérica que todos los ciudadanos desean conocer. Al marcar este símbolo el elector opta entonces por darle al conocido "sondeo a boca de urna" un peso definitorio y concluyente. Como si dijera "que sea lo que Apoyo diga".

Es probable que sean necesarios más ajustes a esta cartilla -repárese en el hecho que el orden de los candidatos simula el orden de la última encuesta pública, lo que orientaría mucho mejor al elector y agilizaría su sufragio-, pero para eso están los comentarios de esta entrada. Las sugerencias son bienvenidas.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Se busca moderador

Hay una imagen no poco común que suele ser fascinante cuando se camina por las calles de Lima (ignoro si sucede en otros lados). Es la imagen de un policía de tránsito replicando lo que hace el semáforo en una intersección.

Cuando el semáforo cambia a rojo a veces puede verse al (o a la) policía ordenar a los autos detenerse con el silbato y las manos. Cuando cambia a verde hace exactamente lo contrario. Por qué actuaría un representante de la autoridad esa redundancia, pues no lo sé. ¿Quizás porque la autoridad simbólica del semáforo no es suficiente? Posiblemente. ¿Será una vacuna frente a un potencial foco de anomia social? También.

Con esa imagen en mente no puedo evitar pensar que lo mismo sucede en los debates electorales de dos contrincantes tal cual los conocemos. El moderador es como el policía. El cronómetro es su semáforo. Se elige un tema y luego hay cinco minutos para uno, cinco minutos para el otro. El cronómetro marca, ordena. Y el moderador canta lo que dice el aparato. ¿Resultado? Un debate que no es debate, sino la simulación de una conversación, tal cual la sería entre dos entes paporreteros. Con esa dinámica el moderador podría ser cualquiera, alguien inteligente o estúpido, alguien divertido o aburrido, alguien previsible o agudo. Es obvio: solo hay que apretar un botón, esperar cinco minutos, decir cuándo se llegó a los cinco minutos y repetir el ejercicio. Un niño puede hacer eso.

En vez de la simulación humana de un reloj de arena, entonces, sería deseable que se convocara verdaderamente a un moderador. Alguien que proponga los temas con las esperables dosis de interés y controversia, alguien que no sea tan pavo de cortar una respuesta solo porque el participante se pasó unos segundos o un minuto o dos minutos del tiempo "reglamentario", alguien que sepa medir la temperatura de las intervenciones de modo que admita la posibilidad de una réplica no estipulada por las normas, alguien que pueda imaginar una pregunta incisiva nacida al calor de lo dicho, alguien que deje que en el debate se pueda conversar hasta que, si la fiebre excede ciertos límites, pueda, por supuesto, actuar como un referí de ring de box separando a los contrincantes.

Eso es un moderador.

Lamentablemente tendremos en el debate del 27 - es de sospechar- nuevamente al maniquí, a la máquina, al voz de zombi, al aprietabotón, al bobo, al aburrido. Es por eso que dicen que un debate no influye en nada. ¿Quién quiere ver una seguidilla de clichés exclamados con voz de piquichón si no hay alguien que pique a los gallos? Es como ver al policía haciendo lo mismo que el semáforo, un remedo, una rutina que ya sabemos cómo va a terminar.

No creo que un debate más libre y espontáneo sea de temer por las candidatas que se van a enfrentar. Las dos, Flores y Villarán, parecen suficientemente convencidas de eso que se llama buena fe.

Pero encontrar al moderador que imagino sí que podría ser difícil. No se me ocurre ninguno. ¿Bayly? No frieguen. Ningún periodista a estas alturas podría ser moderador de nada. Casi todos han asumido sus bandos.

Acabo de ver un debate que me ha entusiasmado y que me motivó escribir el post. Es uno entre Richard Dawkins (ateo) y John Lennox (teólogo). ¿Y quién fue el moderador? Un juez. No es mala idea.





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