jueves, 30 de septiembre de 2021

La política del pizarrón y la política de la realidad

Una de las cosas más importantes aprendidas durante la pandemia del coronavirus, es que hay una gran diferencia entre las políticas públicas que uno puede dibujar sobre el papel y aquéllas que se pueden implementar en la realidad. Las medidas de prevención para evitar el contagio quedaron muy claras desde inicios del 2020: lavado de manos y distancia social. El problema a resolver, por supuesto, era cómo llevar esa teoría mínima a una práctica masiva. Como la Organización Mundial de la Salud solo puede recomendar qué hacer —y no obligar—, cada país puso sobre la marcha diferentes estrategias. No hubo ningún país igual a otro, porque cada uno tuvo que prestar mucha atención a sus propias capacidades materiales e institucionales, por un lado, pero también a las variables culturales de sus propias poblaciones. 

Es así que rápidamente entró en el debate la conveniencia de las cuarentenas radicales o lockdowns. La idea era que si todos se quedaban encerrados en sus casas, el virus no tendría dónde ir. Fácil de decir, pero complicado de realizar, y mucho más complicado aún si el país que aplicaba la medida era un país pobre. El resultado fue que cada país interpretó el lockdown a su manera.

En el caso del Perú, disponer la obligatoriedad de la cuarentena (copiando lo que se había hecho en Wuhan primero y en Europa después), fue imposible de implementar con éxito en la realidad, habida cuenta del enorme número de personas que no podía quedarse en casa porque necesitaba salir a trabajar. El teletrabajo fue —y sigue siendo— privilegio de pocos. Quedó evidenciada así la enorme distancia entre el pizarrón y la realidad. En este punto el gobierno peruano falló por mucho, y en vez de responder eficientemente a una emergencia sanitaria (nunca se pudo contener el virus con el encierro), lo que provocó fue un cataclismo económico.

Pero los países pobres, o de ingresos medios, no tienen todo en contra. Una de las medidas que en Perú sí funcionó a la perfección fue el uso de las mascarillas por la gran disposición de la gente a usarlas en todo momento. Las protestas por la obligatoriedad del uso de mascarillas se han visto mucho más en el primer mundo, pero no por aquí. Esa variable cultural (queda para otro momento discutir el por qué de esa variabilidad) fue muy a nuestro favor en la lucha contra el virus. En resumen: un buen diseñador de políticas públicas tendría que haber tomado en cuenta el mapa cultural peruano —y, dentro del Perú, las variables culturales de cada región, sea el entorno urbano o rural, por ejemplo— para ordenar medidas que se adecuasen a la realidad sobre el terreno. 

Con la pandemia ha sido muy clara la tensión que existe entre la teoría y la implementación. Pero tal tensión existe en todo tipo de teoría que querramos aplicar sobre la realidad. Están incluidas, por supuesto, las grandes teorías vinculadas con lo político, como monarquismo, capitalismo, liberalismo, socialismo, y hasta comunismo, entre muchas otras. Todas estas ideologías poseen el anhelo de lo universal, y es posible que en el pizarrón sean perfectamente coherentes, pero es a la hora de la implementación cuando chocan contra la realidad. Al igual con lo sucedido con la cuarentena, y como dicen los amigos norteamericanos, una misma talla no tiene por qué encajarle bien a todos.

Por ejemplo, cualquier historia del comunismo nos revelaría que no ha existido un comunismo idéntico a otro. Los comunismos siempre han sido distintos, siempre han tenido sus particularidades, sus mayores o menores sofocaciones a la libertad individual. Esta variabilidad de comunismos aplicados sobre la realidad es el pretexto que utilizan los ideólogos actuales para decir que su ideología nunca se ha aplicado en ningún momento de la historia. Pero esa falta de existencia ideal del comunismo se debe más a las resistencias culturales de cada lugar sobre el que se ha querido imponer, que a la falta de ganas políticas por implementarlo. Por cierto, el argumento va también en sentido contrario: la ausencia de un comunismo ideal en la realidad no es razón para decir que el comunismo “no existe”, o que no representa ningún peligro, o que no se puede aplicar. Los opositores del comunismo no deberían ser tan apresurados porque el pizarrón del comunismo existe.

¿Cómo definir entonces lo cultural, esa suerte de principio de realidad sobre el que las políticas públicas o las ideas políticas buscan trabajar? Se podría definir muy sucintamente como la mezcla de creencias y hábitos (o costumbres) de una población. Este entramado es tan complejo y tan persistente, que cualquier diseñador de políticas públicas, o político, que desea tener éxito debería trabajar con él y no contra él. Visto así, la buena política debería ser más un viaje en velero (donde se aprovechan las corrientes y los vientos culturales) que un viaje al centro de la tierra con perforadora hidráulica. Por supuesto, siempre es necesario y deseable cambiar malos hábitos o feas características culturales (pensemos en el machismo). Pero estos cambios deben ser muy específicos y proclives al sano contagio social, no completos ni “integrales” como los que ansían los totalitarismos. Cualquier llamado a la “refundación”, a un “nuevo pacto social”, o a “cambios estructurales”, debe verse con mucha sospecha: alguien quiere usar una perforadora hidráulica. 

Pensemos entonces en cualquier política pública y su relación con la realidad. No es lo mismo, por ejemplo, el problema de la migración en España, en Alemania, o en Estados Unidos. Tampoco es lo mismo en Perú. En nuestro caso, hemos visto que la enorme migración venezolana —más allá de su tragedia de origen— no solo ha sido beneficiosa económicamente, sino que ha tenido también éxito en su recepción y asimilación cultural. Es obvio que la cercanía cultural que existe entre peruanos y venezolanos —los mismos orígenes hispanos, el mismo idioma, la misma mayoritaria religión— han sido el sustento de este éxito y de los muy aislados casos de resistencias o xenofobia. Así las cosas, tomar como ejemplo políticas migratorias restrictivas de países de primer mundo no es lo más razonable. Acelerar la regularización de esos migrantes (como recientemente el presidente Duque ha confirmado que hará en Colombia con los venezolanos) lo es mucho más. Se puede ser fraterno, justo y provechoso a la vez. Para lograrlo, hay que saber leer los vientos locales.

En medio de cada tormenta política, muchos politólogos explican el poco afecto por la democracia que tienen los países latinoamericanos por la variable cultural. Se dice que nuestros países son democracias precarias, aún no consolidadas, y que hay algo que siempre nos empuja hacia abajo. Hay algo de verdad en eso. ¿Nos va mejor el autoritarismo que una democracia liberal de altos valores cívicos? Probablemente, pero eso no significa que, por descarte, nos vaya mejor el socialismo o el comunismo. Si las democracias desean tener éxito están obligadas a achicar la distancia que existe entre el pizarrón y lo real. Una democracia no solo es boba cuando no se defiende. También lo es cuando se queda parapetada en su atalaya de idealismo sin ningún respeto por la realidad. El arte de gobernar es finalmente saber navegar teniendo en una mano lo universal y en la otra lo particular. 


jueves, 26 de noviembre de 2020

"Kentukis" de Samanta Schweblin. Reseña.


La palabra "kentuki" remite por pura sonoridad al estado sureño de Estados Unidos. O quizá a alguna palabra japonesa. Pero no es lo uno ni lo otro. En la novela de Samanta Schweblin, “kentuki” es el nombre de unos muñecos de peluche de alta tecnología que pueden ser adoptados como mascotas, y cuyos ojos funcionan como videocámaras. Los kentukis se marketean y venden como iPhones, a nivel global, en todos los países. Son a la vez una monada, una moda y una adicción.

Hay aires futuristas en esta premisa, pero el universo kentuki no se aleja mucho del que vivimos hoy. Mientras leía la novela, no podía dejar de pensar en la sutil ciencia ficción de George Saunders, esa que se despega muy poco de lo contemporáneo, y a la que solo le basta modificar uno o dos elementos de lo habitual para volver lo narrado muy extraño.

Con Kentukis sucede algo similar. Al inicio no tenemos idea qué esperar. En la apertura, un kentuki merodea en el dormitorio de tres adolescentes que traman un plan para atormentar a una rival. El artefacto, pleno de autonomía, parece salido de la serie Black Mirror, pero sugiere también una suerte de demonio menor o genio de la lámpara inoportunamente liberado. Este vínculo con el terror tal vez sea influencia de mi recuerdo aterrado de la novela anterior de Schweblin, Distancia de rescate, pero hay ciertas marcas del horror en la narración: a las adolescentes se les ocurre usar una tabla ouija para comunicarse con el muñeco y éste, inesperadamente, se vuelve en contra de ellas. Es un gran inicio.

Sin embargo, la tensión del arranque no tiene resolución. La fábula de las niñas acaba ahí. Schweblin pasa luego a contar otro episodio del universo kentuki, con otros personajes que, luego veremos, nada tienen que ver con los iniciales. A este episodio le sigue otro y, después, otro. A la par que uno comienza a intuir la estructura de la novela, también uno va enterándose más sobre los muñecos. Los “kentukis” están manejados, en realidad, por otra persona, una total desconocida con conexión a internet, que acepta actuar de mascota-esclava. Quien compra el muñeco es, en cambio, un “amo”. Las interconexiones entre amo y mascota son completamente azarosas y globales. Por ejemplo, se puede ser mascota sudamericana de un amo europeo. El amo posee físicamente a la mascota, pero la mascota, con la videocámara, puede mantener oculta su identidad mientras observa el mundo de su amo. Rápidamente empiezan a surgir las preguntas: ¿quién tiene realmente el control de las cosas?

La novela, qué duda cabe, es ambiciosa. No solo se propone mostrar las tuercas y engranajes (o quizá los circuitos y los chips) de este mundo inédito, sino que en la acumulación de personajes, situaciones y ambientes, va desplegando además una sociología. Todo lo narrado se ciñe a la interacción entre amos y kentukis (que son, no hay que olvidarlo, otras personas detrás de una computadora), y a los comportamientos y emociones que esta interacción produce: fascinación, morbo, susto, decepción. Visto en perspectiva, el gran personaje es el colectivo o la humanidad. 

Es quizá por eso que no hay mayores clímax, aunque la novela posea un puñado de historias que sí tiene desarrollo y que estructuralmente lleva la lectura hacia adelante. Kentukis es, sobre todo, un oleaje narrativo que hace flotar a los personajes en eventos curiosos, insospechados, pero muchas veces ordinarios: una joven chica argentina se inquieta por la presunta infidelidad de su novio; una avejentada madre solitaria en Perú vive vicariamente la maternidad con una chica alemana; un adolescente en Antigua sueña con salir de su cuarto y conocer la nieve escandinava. Lo que parece llamar la atención de Schweblin es ese desfase entre un ingenio tecnológico que avanza a zancadas y una humanidad que sigue siendo pequeña, corriente, promedio.

No hay que forzar mucho la cabeza para entender que es la vida del internet global lo que está explorándose. Si el kentuki es una metáfora de la vida digital contemporánea, ésta pareciera tener dos caras: una lúdica y la otra siniestra. La ilusión del juego es suficiente enganche para empezar con la adopción de un muñeco, pero los humanos detrás de cada kentuki nunca se revelan completamente, mantienen sus intenciones opacas, o terminan distorsionados por una interacción limitada y de poca calidad (¿hay detrás de ellos una persona de bien o un criminal?). Por su parte, los amos no son más transparentes. Desde lo estrecho de una videocámara, sus propias vidas parecen marcadas por lo arbitrario y lo veleidoso. La novela no es una completa distopía, pero su clima grisáceo la acerca a ella. En ella, los seres humanos están sedientos de socialización. Pero, como diría el historiador Andrew Keen, uno de los más duros críticos de las redes, internet no es la respuesta.

3.5/5

jueves, 13 de agosto de 2020

Diario de pandemia

Aunque un blog es el formato ideal para llevar una especie de diario, sea de pandemia o no, nunca tuve tanta energía como para cumplir religiosamente con ese tipo de escritura cuando el coronavirus llegó al Perú. Lo que sucedió fue que usé mi cuenta de Instagram para anotar algunas de mis impresiones relacionadas al virus durante estos más de tres meses. El Instagram parece ser más rápido que el blog, posiblemente por estar más vinculado al celular. No uso ni Twitter ni Facebook. La primera entrada que le dediqué al virus fue la del 26 de febrero. Hay algunos ajustes en la redacción.

Miércoles, 26 de febrero de 2020

En un mapa elaborado por la BBC, se observa que los casos de infección del coronavirus se concentran en el hemisferio norte. Algunos piensan que esto se debe al clima y la temperatura. En el norte están en invierno, mientras que en el sur estamos en verano. Sin embargo, algunos expertos creen que esta esperanza es solamente wishful thinking. El clima es una buena barrera para cierto tipo de enfermedades, aquellas propagadas, por ejemplo, por mosquitos. El coronavirus, en cambio, se transmite de persona a persona y tosiendo. Sin embargo, sí es verdad que el frío hace que ciertos virus permanezcan activos en el ambiente por un tiempo más prolongado. Lo cierto es que aún no se sabe cómo se comportará este virus en particular. Solo queda esperar. 


Sábado, 29 de febrero de 2020

La mejor prevención contra el coronavirus es la misma que existe contra otras infecciones similares: lavarse bien las manos. Instrucciones: 1) mojarse las manos 2) enjabonarse bien por veinte segundos 3) prestar especial atención a espacio entre los dedos y uñas 4) enjuagarse 5) secarse. Aunque no sé qué ha dicho el Ministerio de Salud por aquí, probablemente no es mala idea vacunarse contra la influenza también. Esta vacuna no afecta al coronavirus, pero es un problema menos de qué preocuparse.


Viernes, 6 de marzo de 2020

He estado siguiendo atentamente las noticias sobre el coronavirus en medios respetables en las últimas dos semanas, sobre todo las elaboradas en Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, EEUU, Australia, España, Argentina, Chile. También a través del canal oficial de la Organización Mundial de la Salud (OMS o WHO, en sus siglas en inglés). Los medios respetables, sobre todo los europeos, no suelen recurrir unicamente a un “Dr. Huerta” por información, sino a variados expertos de élite que no solo conocen de virus, sino que los descubren en sus laboratorios. Los expertos coinciden en lo grueso sobre el coronavirus, pero discrepan en los detalles. Esto causa confusión. Se suma a la confusión el hecho de que hay diferentes estrategias para contener el virus según sea el contexto local, y que no todos los países están haciendo lo mismo por presiones políticas (¿cuarentena o no?, ¿se puede ir a eventos masivos cerrados?, ¿se deben cerrar los colegios?, etc). Es por eso que la reacción ante este virus de personas muy informadas y cultas puede dividirse en dos: la excesiva preocupación y la poca preocupación. Más aún, el tema no solo es de salud (se confía que en un par de meses el virus vaya pasando), sino económico. La incertidumbre tiene un sólo origen: no saber exactamente cómo actúa este virus en particular. Hay que esperar. Por eso lo único que podemos hacer es lavarnos las manos frecuentemente y seguir con la vida. En el Perú, por supuesto, esto es más fácil de decir que hacer. La higiene no está dentro de nuestros valores principales. Hace poco en las elecciones congresales, un candidato mostró un jabón a un adversario y ese gesto se convirtió en insulto. Cierta opinión pública prefirió asociar el jabón al racismo (un problema cada vez más irrelevante), y no señalar que uno de nuestros más graves problemas es el acceso al agua tratada. El Presidente Vizcarra acaba de dar un mensaje a la nación para decirnos que estamos preparados frente a esta alerta sanitaria. Cualquier visita a los baños de un hospital nos mostrará lo contrario. Esperemos que esto sirva para dejar de lado discusiones bizantinas y dedicarnos a lo importante. A cuidarse con el lavado y a no creer cualquier cosa que leamos en redes.


Lunes, 9 de marzo de 2020

¿Qué película veré hoy? Creo que Contagion de Steven Soderbergh.

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La perspectiva que asumamos sobre el efecto del Covid-19 en el mundo es crucial para las decisiones que tomemos, como individuos y como sociedad, en los próximas días, semanas, meses, o quizá en el próximo par de años. 

La OMS ha dicho que la mayoría de personas, un 80%, se recupera satisfactoriamente una vez que es contagiada. Esto repiten, para intentar calmar a la población, nuestros periodistas y expertos en Perú. Pero de ningún modo esta cifra debe hacernos olvidar al porcentaje restante. 

Se sabe que el coronavirus es particularmente duro, incluso mortal, en personas mayores o personas mayores con condiciones médicas subyacentes. Es esta amenaza la que nos debe hacer repensar nuestros hábitos. No solo debemos cuidarnos para evitar ser contagiados, sino debemos estar atentos de no contagiar a los demás. Es posible que muchos contagiados solo sientan los efectos de un resfrío leve, o incluso ningún síntoma, pero eso no implica que esas personas —también niños— no sean un potencial peligro para otros. Como acaba de decir el director de la OMS, Tedros Adhanom: toda vida cuenta. Es indispensable proteger a los adultos mayores y otros grupos de riesgo. Si tomamos el punto de vista de los más vulnerables, estaremos mucho más aptos para frenar lo más posible la expansión del virus. El pánico no es ninguna guía. Pero sí debe serla un cambio de perspectiva que, a su vez, nos obligue a tomar acciones mucho más razonadas. Así salvaremos más vidas.



Miércoles, 11 de marzo de 2010

Además de lavarnos las manos, la otra arma que tenemos contra el coronavirus es la distancia social. Es indispensable ponerla en práctica para que nuestro sistema de salud, por más precario que ya sea, no colapse. No hay que salir innecesariamente. La cuarentena obligatoria será decretada en cuestión de días. Mejor empezar desde ya. Lo que está en juego es salvar la mayor cantidad de vidas. Se logró antes con la gripe española. Se podrá ahora. A pensar colectivamente.

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El Presidente ha tomado una decisión acertada suspendiendo las clases escolares. Son unos veinte días en los que veremos cómo se comporta el virus o, mejor dicho, cómo nos comportamos nosotros. Si las cifras se mantienen bajas, habremos hecho lo adecuado. Si suben, hemos de redoblar medidas, mejor adaptados al control de nuestras rutinas y emociones. La palabra clave es: gradual. Recordemos: la expansión del virus es inevitable. Estamos buscando que tenga el menor impacto posible en nuestro sistema de salud.


Viernes, 13 de marzo de 2020

El coronavirus ya está entre los peruanos. Los casos de contagio empezarán a dispararse pronto. Cerrar fronteras o suspender vuelos no es ninguna solución, por supuesto. La etapa de contención ya pasó. Solo resta la mitigación. El Perú está haciendo, sin embargo, muy pocas pruebas al día. Los privados deberían sumarse y participar en la detección de casos. También es necesario cambios de comportamiento masivos de la gente: practicar la distancia social, más higiene, permanecer lo más posible en casa, cuidar a los adultos mayores (es decir, acercándose poco a ellos), evitar las aglomeraciones. 

En Dinamarca, se pasó de 50 casos a 500 en días. Sus autoridades suspendieron las clases y, como aquí, los daneses también salieron en masa a comprar suministros y papel higiénico. En realidad, lo del papel higiénico ha pasado en todas partes del mundo. Sin embargo, para explicar el fenómeno “peruano”, nuestros intelectuales han preferido hablar de clases medias decadentes, mentes colonizadas, o de las miserias del capitalismo. Lo real es que el mundo nunca estuvo mejor preparado para un evento como el de una pandemia. La globalización no ha sido el origen del problema, pero sí lo será de la solución: tecnología, posibilidad del teletrabajo, la fuerza del mercado para cubrir necesidades sin desabastecimiento, etc. Y, claro, también los cientos de científicos que colaborativamente están trabajando ahora mismo en una vacuna o tratamiento efectivo. Esta crisis nos dirá algo al final: somos un solo planeta y una sola especie. Nuestro deber es cuidarnos a todos, sin pensar en fronteras, nacionalidades, o secretismos.


Domingo, 15 de marzo de 2020

Veo una foto de los exteriores de un supermercado Wong que hallé en una cuenta de Twitter. Las colas son larguísimas. No es el miedo a la pandemia lo que ha movido a millones de personas en todo el mundo a lanzarse en masa a las tiendas. Es el miedo a que los demás salgan en masa a comprarlo todo, lo que ha movido a la gente a salir a comprarlo todo para no quedarse en nada. En ninguna parte del mundo han cerrado supermercados, mercados, bodegas, farmacias, o bancos, etc. Pero muchos piensan que nadie más podrá salir de sus casas en un mes (o lo que sea que dure el “encierro”). La bola de la “cuarentena total” ha circulado desde anoche. Todo lo que la gente no salió estos días se está recuperando en estas sudorosas aglomeraciones de colas inmensas. El presidente dará un mensaje a la nación en cualquier momento, aunque con toda probabilidad en la noche, cuando la mayoría haya vuelto de su safari de consumo. Pero veamos el lado positivo. Solo basta que un porcentaje de la población acate la sugerencia de quedarse en casa para que haya un buen impacto en la “curva” de infecciones. Y ayer muchas personas lo hicieron. Siempre se puede hacer más, claro. Pero cualquiera que hubiese sido el impacto total del coronavirus por no hacer nada, tal impacto ya ha sido modificado. Un día a la vez y vamos con calma.


Lunes, 16 de marzo de 2020

El Presidente Vizcarra ha tenido algo claro frente a la crisis del coronavirus: hay que actuar rápido. El problema es que no sabe realmente con qué empezar. Su mensaje confuso de ayer, y que no tuvo especificaciones sino hasta la medianoche, solo tuvo como punto claro el cierre de fronteras. En lo demás, ni siquiera los constitucionalistas entrevistados tuvieron claro qué se prohibía y qué no. Al mensaje le faltó un eje. Si el virus afecta más a los adultos mayores, desde ese punto crítico se han debido plantear las medidas (siguiendo el modelo inglés o el chileno). El cierre indiscriminado del Perú es una medida mayor cuando lo que se necesita es una atencion quirúrgica y ordenada. Anoche dos ministros daban respuestas completamente distintas respecto de los alimentos y el transporte. De ningún modo deben estar restringidos los alimentos (incluido delivery) y el transporte formal. No se pueden dictar medidas que vayan en contra del flujo del funcionamiento esencial de la ciudad. ¿Por qué? Porque eso genera pánico, caos, aglomeraciones, y aumento de precios, justamente lo que querías evitar. Por ejemplo, una empresa no puede plantearse el teletrabajo si es que antes no ha tenido una coordinación física. Las medidas radicales (como la historia y la experiencia enseñan) no sirven, incluso en la desesperación, porque el remedio será peor que la enfermedad. Estas no son cosas que se me ocurran a mí, claro. La OMS no recomienda medidas radicales y disruptivas porque las sociedades suelen rechazarlas. Por lo tanto, tal costo social no generará el beneficio que esperas. El movimiento “Quédate en casa” está muy bien y calará en las personas que puedan hacerlo. Pero habrá personas que, aún sabiendo del peligro, no harán caso de la prohibición, porque realmente necesitan salir. Déjenlas salir.



Sábado, 21 de marzo de 2020

Posiblemente algunas personas estén sorprendidas de que no esté muy de acuerdo con las medidas radicales de cuarentena impuestas por el presidente Vizcarra. Aunque sospeché que una cuarentena sería posible, nunca imaginé que sería esta versión de dictadura y vigilancia militar que se ufana de su matonería y que no le permite a nadie siquiera tomar aire o pasear a su perro. Muchos dicen que es necesario ser exagerado. Pero, ¿es efectivo? Lo concreto y real es que la cuarentena de Vizcarra está aterrando a muchos adultos mayores que ahora se la tienen que ver solos, cuando ellos son precisamente los más vulnerables. Peor aún, hay rumores que indican que el encierro podría durar un mes. Es algo que no debemos permitir, por supuesto. El hecho fundamental es uno solo: el virus no desaparecerá en dos semanas, ni en un mes, ni en tres, ni en un año. Hay que convivir con él. Esto quiere decir que debemos tener alternativas a la cuarentena. En otras palabras, un plan, que es lo que ahora no tenemos, porque estar encerrados no es ningún plan. Se saben algunas cosas del nuevo ministro de salud, Víctor Zamora. Es un buen comunicador, parece ser de izquierdas hasta el tuétano y le encanta el ejercicio, al punto que se autodiagnosticó estar fuera del grupo de riesgo en esta pandemia. Esperemos que tenga el liderazgo necesario para elaborar un plan que vaya más allá de meter a la cárcel a quien no cumpla con la cuarentena. El presidente Vizcarra ha sido aplaudido por su rapidez en actuar. Han sido aplausos algo prematuros. Porque contar contagiados no es un plan de salud pública. Exijamos un plan.

Hice dos lecturas interesantes. El primero está en inglés: “Why What Does Not Kill Us Makes Us Panic” (Por qué lo que no nos mata, nos aterroriza). El segundo salió anoche por IDL-Reporteros: “Repensar estrategias y sus costos”. Es brillante, aunque algo largo. Parte del ánimo de este post se inspira en ambas lecturas.



Domingo, 5 de abril de 2020

Larguísimas colas y aglomeraciones en supermercados ayer. Haber separado por género los días de salida es una explicación. Pero más sencillo es concluir que mientras más restringes el mercado —menos horas de atención, división por género, un día libre menos a la semana, y quién sabe qué más tonterías— más aglomeraciones y colas producirás. El presidente está muy mal asesorado en este punto, quizá producto de la desesperacion por no tener un ambicioso y real plan de testeo del virus. Las buenas mascarillas deberían ser prioridad. Generar embudos en el mercado no. Esperemos que corrija y que deje de pelear contra la realidad. Dejemos de echarle la culpa a la “falta de civismo del peruano”, o a no “saber comprar para la semana”. Lo que menos hay que tocar es la compra de alimentos.


Miércoles, 8 de abril de 2020

Foto del Presidente Vizcarra con las cabezas militares y policiales el año pasado, apenas el Presidente disolvió el congreso. ¿Qué poder se sometía a cuál otro? Vizcarra como político no tenía ningún poder, así que no era muy verosímil que el apoyo de las Fuerzas Armadas se diera por convicciones democráticas. La crisis del coronavirus ha hecho más visible esa fractura del poder civil. Hoy vivimos confinados en nuestras casas no solo en cuarentena, sino bajo un régimen militar como ningún otro en nuestra historia. El simple acto de comprar alimentos no es más un acto previsible, sino uno lleno de incertidumbre. El Presidente dice que consulta sus medidas con expertos, pero la división por géneros para circular no parece un plan ideado por expertos, sino por mentes que no comprenden de democracia ni ciudadanía. Tan malo es el plan que ha provocado mayores aglomeraciones y más peligros para la población, sobre todo entre los más vulnerables. Lamentablemente, el Presidente no tiene ánimo de corregir. Pero la pregunta real es si acaso tiene el poder de corregir. Anoche, el ministro de Defensa (un militar) ya adelantó que la cuarentena seguirá, saltándose el decoro de lo que debiera ser decisión presidencial. Mientras tanto, las mascarillas de calidad no son fáciles de conseguir. Si sales a la calle sin una, te vas preso. Anoche, por primera vez a las 8pm de la noche, no escuché solo aplausos sino “cacerolazos”. Veremos qué pasa.


Miércoles, 29 de abril de 2020

LAS CRITICAS AL MANEJO DE LA CRISIS. Me alivia que periodistas realmente independientes hayan empezado a lanzar críticas al manejo de la crisis del Presidente Vizcarra. Era necesario. A una muy bien documentada nota sobre el fallido “martillo” para aplanar la curva aparecida en La Republica hace más de una semana, se le sumó ayer una potente nota de Gustavo Gorriti sobre el subregistro de fallecidos por Covid-19. Aún no se sabe si el subregistro es deliberado, o síntoma de la inoperancia del Estado. Pero si era conocido que el Estado funciona a medias, que el Presidente haya pretendido asumir con tan poco el manejo completo de la emergencia, ha sido quijotesco. Fernando Cillóniz, ex gobernador regional, lo resumió bien: “El Presidente se cree Supermán”. Nadie duda de la valentía de los que conforman el equipo del Presidente. Están en la primera línea. Las críticas van hacia medidas que parecen no tener mayor sustento científico y que, a veces, parecen ir en contra de la lógica más elemental. Tampoco parecen ir en línea con lo recomendado por la OMS, muy criticada últimamente, pero a fin de cuentas, la más confiable autoridad sanitaria en el mundo. La OMS lanzó la alerta mundial sobre el Covid-19 hacia fines de enero. Las sugerencias para enfrentar la pandemia ya estaban ahí: el tipo de pruebas necesario, los insumos, la detección, el aislamiento, no cortar la cadena de suministros y buscar el menor impacto en la vida social y económica de la gente, sobre todo en países que no son ricos. Parece que hemos ido al revés. Desde lo ideológico, también se debate qué era necesario para contener el virus en el Perú: ¿el autoritarismo o la libertad? Nuestros intelectuales de las redes nos han fallado, pues han creído que los peruanos somos niños a los que no se puede dejar de vigilar. Por eso los aplausos a la cuarentena radical y el toque de queda. El Presidente en ningún momento confió en sus ciudadanos para que asuman la responsabilidad de su salud y de los más vulnerables. Perdió la oportunidad de construir ciudadanía con un liderazgo pedagógico. Prefirió ir por el camino punitivo. Esperemos que haya un golpe de timón.



Viernes, 1 de mayo de 2020

Aplausos de la OMS para Suecia por sus políticas de salud pública. En efecto, el de Suecia siempre fue el camino: buenas políticas de salud sin cuarentena. He seguido atentamente todas las conferencias de prensa de la OMS desde el inicio de la emergencia, y el punto de partida en todas ellas fue comprender qué tipo de virus es el COVID-19. Desde ese conocimiento fundamental se diseñan las medidas. Para la OMS, salvar vidas siempre fue la prioridad número uno y, por eso mismo, más aún en países que no son ricos, cerrar fronteras o aplicar medidas radicalmente disruptivas social y económicamente nunca fueron recomendables. ¿Distancia social? Claro que sí. Pero haciendo participar a la ciudadanía. La mayoría de países optó, sin embargo, por “cuarentenas”, término equívoco para diversos encierros y restricciones de movilidad, siendo la versión peruana una de las más radicales y de más dudosos resultados. Nuestro Presidente, antes que a la razón, prefirió seguir el aplauso del Twitter. Lo bueno es que todavía se puede corregir. El virus estará con nosotros un buen tiempo más.


Jueves, 7 de mayo de 2020

EL PRESIDENTE TRAS LA CUADRATURA DEL CÍRCULO. Este lunes, en teoría, acaba la cuarentena, pero el Presidente estaría escogiendo el momento más extraño para levantarla: cuando la curva de contagios y fallecidos sigue subiendo. IDL-Reporteros informó hace un par de días sobre el número de muertes no violentas en Lima desde el 19 de marzo hasta el 3 de mayo. El exceso de muertes (número que se computa comparándolo con las muertes del año anterior) es la mejor medida para saber en qué lugar de la ola del coronavirus se encuentra un país. Los números no muestran que hayamos pasado un pico. Hay una suerte de estabilidad en los primeros días posteriores al inicio del estado de emergencia, pero dos semanas después de impuesto el toque de queda entre 6pm y 5am, las muertes empiezan a dispararse. ¿Coincidencia? Los gobiernistas insisten en que la cuarentena sí ha funcionado. Lamentablemente, no tienen un grupo de control para confirmarlo. Lo obvio es decir que la cuarentena no funcionó, pero lo difícil está en saber por qué. Para eso hay que volver al casillero uno: ¿cómo se comporta este virus en particular? Curiosamente, el doctor Elmer Huerta, nuestro médico gobiernista más conspicuo, acaba de decir que el virus no se contagia por la comida. Ergo, el delivery está ok. Esta información ya se sabía desde los días de Wuhan, pero la prohibición del delivery fue una de tantas medidas ordenadas no con un criterio científico, sino político. Ahora que el colapso económico nos respira en la nuca, el Presidente está buscando la cuadratura del círculo para equilibrar salud y economía, enfoque que debió ser prioritario desde el comienzo. Celebro el cambio. Ningún científico serio piensa solamente en términos virales. Los aspectos sociales y económicos son igual de importantes. Buscar el punto justo entre los tres, es el arte de gobernar. Sin embargo, la tragedia de la muerte tiene un reverso esperanzador. Podríamos estar en camino hacia la anhelada meseta. Pero eso no quiere decir que la economía despertará al instante. Como bien dice The Economist, los gobiernos pueden fácilmente restringir el consumo de la gente. Lo que no pueden hacer es obligar a la gente a consumir.



Martes, 12 de  mayo de 2020

No ha sido la derecha, sino la izquierda más acomodada, la que ha mostrado más desprecio por las necesidades de los que menos recursos tienen en esta pandemia. Esta izquierda se opuso a todo desde el inicio: a clases a distancia, a teletrabajo, al delivery en motos o en mototaxis. Para lo último, el argumento era que un repartidor es incapaz de cumplir con normas sanitarias. O sea, es incapaz de ponerse una mascarilla y no acercarse al cliente a menos de un metro. “El Peru no es Europa”, dijeron. El otro argumento suena a técnico, pero es floro: con el delivery, dicen, se “precariza el trabajo”. Al parecer, es preferible que no haya trabajo a que al menos exista uno. El Presidente, rodeado de extravagantes asesores, nunca pensó que recibiría un gran cachetazo de la realidad: la gente hace lo que tiene que hacer para subsistir. No es posible por decreto dejar de tener hambre. No es posible imponer normas laborales sobre quienes el sistema rechaza o ignora. El informal es, en buena cuenta, un libertario crudo, un capitalista crudo. Y, en este caso, no solo ayudó sin saberlo a que el Peru no tuviera explosiones sociales más graves, sino que también colaboró a que el virus no se expandiera más. Porque mientras la izquierda tuitera discutía la “norma”, el repartidor o taxista se colocó una mascarilla y empezó a ofrecer un servicio que se necesitaba para salir lo menos posible. El Presidente, después de dos meses de cuarentena, recién lo entendió un poco. Aleluya.


Domingo, 14 de junio de 2020

LOS EXPERTOS IDEÓLOGOS. “Desigualdad” y “brecha” son dos palabras clichés que últimamente intentan poner en entredicho las bondades de la globalización y los paquetes de medidas que fomentan el mercado abierto. Son muletillas que los más jóvenes han usado en las protestas en Chile, por ejemplo, y que por aquí también se repiten con dedo acusador y moralista. El virus no desnudó nada en el Perú. Desde hace años sabemos que la informalidad y la poca recaudación tributaria son dos de nuestros más graves problemas, no porque los ricos tengan la culpa, sino porque la burocracia tributaria es un pequeño infierno que espanta y desalienta a miles de peruanos. Y sabemos también desde hace años que el agua es otro de nuestros más serios problemas, probablemente el más serio de todos. Más de la mitad de la población peruana no cuenta con agua potable. PPK, nuestro presidente electo el 2016, tuvo al agua como su principal propuesta de cambio en el país. La politiquería de derechas y de izquierdas, a la que se sumó el caso Odebrecht, se lo tumbaron, pero también nos hicieron olvidar al elefante del agua en medio de la sala. No hay manera de que una sociedad progrese sin acceso al agua. Para ponerlo en términos más absolutos: es físicamente imposible. Siguiendo a Christian Welzel y su “Freedom Rising”: sin agua las personas no pueden ser autónomas ni subir en la escalera de su empoderamiento y libertad (en Europa, esos problemas empezaron a resolverse hace cinco siglos). Así que para las próximas elecciones, sería entonces importante que en vez de preocuparnos por la Confiep, McDonald’s, Cineplanet, el Ministerio de Cultura, o estatuas, pongamos nuestros ojos más fieros y fiscalizadores en el manejo estatal del agua y Sedapal. Empecemos por ahí.

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Hasta aquí los posts dedicados específicamente a la pandemia.

viernes, 21 de febrero de 2020

Una nota adicional a "Mandíbula"

En la reseña de Mandíbula me faltó colocar algunas ideas. Por ejemplo, la representación de las clases acomodadas. La novela no abunda en detalles sobre cómo es la vida de las clases acomodadas ecuatorianas (no es su objetivo, claro está), pero dice mucho que sean precisamente los ricos los que estén envueltos en estos contactos con lo maligno. Quizá algunos vean en esto un comentario de coyuntura, donde los acomodados del s. XXI son cada vez más vilipendiados desde todos los sectores, cultos y populares. Pero quizá la novela sea solo fiel al género gótico. En el terror gótico los nobles, las familias aristocráticas, los ricos, suelen ser las víctimas de maldiciones, profecías y fantasmas. Era una forma de representar su decadencia. Desde una perspectiva más cultural, en una novela como El retrato de Dorian Gray de fines del XIX, el joven rico criminal era además un representante del decadentismo. El decadentismo es una suerte de “espiritualización de los sentidos”. En la novela de Wilde, Gray se propone ir detrás de un nuevo hedonismo que se oponga al puritanismo victoriano de su entorno. Vive fascinado con la vida a medialuz, las sensaciones extrañas, las drogas, lo anormal. Así expresado, las aspiraciones de Gray no están muy lejos de los valores Annelise y Fernanda de Mandíbula, un “decandentismo” probablemente más punk, esencialmente bebido de internet, pero igualmente transgresor y disruptivo de la normalidad de uniforme de un colegio del Opus Dei. Al igual que Dorian Gray, ambas chicas desean escandalizar. En suma, los ricos y lo gótico siempre han combinado bien. 

domingo, 16 de febrero de 2020

"Mandíbula" de Mónica Ojeda

Mandíbula (2018) empieza con un buen shock y lo que parece el arranque de un thriller policial: una adolescente llamada Fernanda despierta amarrada boca abajo sobre el suelo de una casa en penumbras. Es un secuestro. Pero a medida que se nos suelta más información la escena empieza a ser más extraña. La secuestradora no es una vulgar delincuente, sino una de las profesoras de la adolescente. Fernanda es estudiante de un colegio de élite vinculado al Opus Dei y Carla es su profesora del curso de Lengua y Literatura. Al final de ese primer capítulo, la joven Miss, que se viste como monja y tiene una mandíbula prominente, le dirá a Fernanda en tono amenazante que hablarán sobre lo que ella hizo.

A lo largo de la novela nos iremos enterando qué tipo de relación tienen alumna y profesora. Uno es tentado a imaginar algunas truculencias, pero Mandíbula tiene varias sorpresas bajo la manga. Porque un error que el lector puede cometer con esta novela de la ecuatoriana Mónica Ojeda es leerla bajo convenciones realistas. Llegué a Mandíbula sin saber absolutamente nada de su contenido —pero sí de su buena fama— y me tomó unas páginas comprender que sus inverosimilitudes encajan mejor con el horror, lo gótico y paranoide de muchos relatos del maestro Edgar Allan Poe. La novela se ambienta en un Guayaquil contemporáneo, pero sin mayores especificidades espaciales o temporales. Mucho de lo relatado sucede en un colegio para hijas de familias acomodadas, pero no se intenta hacer mayor sociología sobre la educación de los ricos. Esto es un mérito. Cabalgando entre el realismo y el delirio, la novela deja al lector siempre perplejo sobre las motivaciones de los personajes.

La historia no es cronológicamente lineal. Empieza con el secuestro de Fernanda y de ahí irá revelando episodios del pasado. Por un lado se nos contará la vida social de Fernanda en el Colegio Bilingüe Delta, High School For Girls. Por el otro, el extravagante historial de Miss Clara, una solitaria profesora de Literatura que sufre un severo trastorno de ansiedad. No hay un solo punto de vista, sino diversos narradores: omniscientes en tercera persona, omniscientes limitados, en primera persona, o pasajes sin narrador alguno salvo la presentación de diálogos descontextualizados como si fuesen fantasmales guiones teatrales. Sin duda hay una vocación experimental, reminiscente de las técnicas de algunas novelas del boom (hay momentos que me recordaron a ese Vargas Llosa que un mismo párrafo puede saltar en el tiempo sin perder la coherencia de lo relatado). La inquietud narrativa logra que la novela sea una suerte de mosaico inestable, uno que carece de una voz autorizada que nos diga exactamente dónde está la razón y dónde la locura.  

Las protagonistas son sobre todo tres: Fernanda, la alumna secuestrada; Clara, la enferma profesora secuestradora; y Annelise van Isschoot, la mejor amiga de Fernanda, el eslabón que une los destinos de profesora y alumna y que, como una hiedra venenosa, irá copándolo todo en la novela. Annelise es fanática de las películas y cómics de terror, pero sobre todo de las “creepypastas”, aquellas historias de susto virales nacidas de la creatividad colectiva de internet. Annelise sueña con crear una historia similar a la de Slenderman, un clásico del horror originado en las redes, y usará su imaginación para, primero, asustar a sus amigas en pequeñas reuniones que organiza junto a Fernanda. Pero lo que empieza como juego deviene rápidamente culto. Annelise empezará a imponer retos en una seguidilla de ceremonias de iniciación que pone a prueba los límites de las quinceañeras: caminar sobre una baranda, caminar a cuatro patas, lamer lo que a cualquier persona le causaría repugnancia. Las amigas dudan de que la enfebrecida imaginación de Annelise sea solo ficcional. Ella habla de que desea invocar al Dios Blanco, una entidad que está más allá del bien y del mal.

Si lo narrado no queda en lo anecdótico es porque Ojeda no intenta realmente recrear con su lenguaje el mundo escolar. Las quinceañeras están muy lejos de pensar y hablar como quinceañeras. Y, para el caso, tampoco Miss Clara parece una maestra de secundaria. Los personajes funcionan mejor como arquetipos que canalizan los imaginarios que la novela construye y explora: la pubertad como metamorfosis, las relaciones caníbales entre madre e hija, la violencia entre mujeres. No son temas que estén soterrados. Trama y significaciones se enlazan en la superficie continuamente, en un estilo por momentos densamente literario, simbólico o llanamente misterioso. De la profesora Clara se dice en una parte: “Su cuerpo encarnaba un logos inmolado, un lenguaje en donde el verbo no podía erguirse”. En una de las sesiones con sus amigas, Annelise plantea que uno de los objetivos de su culto es “hacer una teología del Dios Blanco”. En la novela, entonces, no será extraño cruzarse con pasajes que poseen cierto aire bíblico, apocalíptico, donde las explicaciones solo acumulan más preguntas. Si la novela toma algo del género young adult, lo hace con ambiciones seriamente intelectuales y literarias. 

La estrategia es un arma de doble filo. El lector a veces perderá impacientemente el hilo de la racionalidad detrás de las acciones. A veces su curiosidad irá en aumento. ¿Qué es aquello que Fernanda hizo que desata la ira y el descontrol de su profesora? El valor de la respuesta no está necesariamente en cómo la novela resuelve su historia, sino en la elaboración de un universo pleno de terribles constataciones: la adolescencia femenina como una transformación que despierta apetitos malsanos, la relación mimética entre madres e hijas, la sexualidad como una zona prohibida cuya exploración termina en el horror. Y, claro está, la mandíbula —o la dentadura— como un motivo insistente que nos recuerda la tenue separación entre lo animal y lo humano.

Mandíbula no es una novela cómoda de leer, pero nunca pierde de vista su vinculación con el horror como género literario. Annelise y la profesora Clara se vuelven cómplices precisamente en la literatura y, a su desquiciada manera, son rendidas admiradoras de Poe, H.P. Lovecraft o Stephen King. Con ellas, la literatura es el horror mismo.


3.5/5




martes, 10 de diciembre de 2019

La vida sexual de Catherine M.

La fama de La vida sexual de Catherine M. —la que llegó hasta mí al menos— es doble. En Francia el libro generó un gran escándalo por su franqueza en la descripción de intimidades sexuales, inédita en un libro serio de una autora seria. El escándalo fue mayor, sin embargo, cuando los que se animaron a leerlo hasta el final descubrieron que era sumamente árido. Ambas famas, creo, son justas.

Según veo en mi diario de lecturas, me ha tomado un año entero acabar con el libro (leo varias cosas en simultáneo). Un año entero para apenas 220 páginas. La culpa la tiene en parte Catherine Millet, la autora, y en parte yo. He ido lento porque quería leer con atención. Uno se da cuenta rápidamente de que La vida sexual de Catherine M. no es un libro de confesiones llenas de morbo, sino de autoanálisis. Y he ido muy lento, además, porque leí una versión en inglés. Me costó avanzar con esta traducción de Adriana Hunter. Hay una versión en castellano de Anagrama, pero ni la conseguí ni abrí en ningún momento.

Cuando salió el libro se publicitó como uno de “memorias”. Eso explica gran parte de su enorme éxito de ventas. Pero creo que es problemático llamarlo así. Está narrado en primera persona, es cierto, pero es difícil saber si lo que se cuenta es verdadero o imaginado. Si somos pegados a la letra, la “Catherine M.” del título no es necesariamente la Catherine Millet de carne y hueso, aunque ambas sean famosas críticas de arte francesas. Ese desdoblamiento tiene un ánimo ficcionalizante, además de ser un guiño a otra célebre inicial del erotismo francés: la O de la novela Historia de O de 1954. 

Pero no solo eso. La “M” del título tiene otras connotaciones que pueden interpretarse en la misma dirección. Por ejemplo, en un pasaje la narradora comenta que muchas de las imágenes que le vienen a la cabeza y que relata son completamente fabricadas. Y también que el título del libro se le ocurrió por el contraste que había entre sus muy plenos orgasmos conseguidos en solitario y los experimentados en grupo. Es una aritmética sencilla de hacer. La “M” masturbatoria parece apuntar hacia un mundo de fantasía. 

Pero quizá eso no interese. La ambigüedad de lo vivido, sea esto verdadero o ficcional, se resuelve positivamente en el universo psicoanalítico, el enfoque principal del libro. En La vida sexual de Catherine M. los eventos sucedidos son menos importantes de lo que significan. Apoyado en el psicoanálisis, lo escrito es una larga introspección alrededor del sexo que va dejando tras de sí un mapa semántico. También una retórica. Tomados del magma de la experiencia sexual de la autora, uno se encontrará en lo narrado con abundantes correspondencias, oposiciones y paralelismos. Es crítica literaria autoaplicada. En la confesión anida la esperanza de que la biografía sexual posea algún tipo de coherencia textual, quizá una teoría. Es por eso que la lectura del libro es tan árida y lenta, y que tan pronto encontramos un hilo mínimamente narrativo seamos lanzados rápidamente hacia la digresión, la asociación libre, la abstracción. 

El libro está dividido en cuatro grandes capítulos titulados: “Números”, “Espacio”, “Espacios confinados” y “Detalles”. Remiten, como si fueran géneros vivenciales, a hábitos en el comportamiento sexual de la narradora. El más importante es el primero porque describe la característica principal de su personaje: lo plural. En efecto, Catherine M. es una asidua participante en sesiones de sexo colectivo, en las que se puede abandonar sin escrúpulos al deseo. A la par que su cuerpo es amado (o usado) sucesivamente por varios hombres, la objetivización le permite tomar distancia para pensar en lo que hace. Sin tal disociación no habría reflexión. Lo gráfico y minucioso de estas “notas” —así las llama ella— no configuran pornografía (aunque eso quizá dependa de la susceptibilidad de quien lea). Es simplemente descriptivo.

La sección “Espacio” describe experiencias sexuales realizadas al aire libre. Lo bucólico versus lo urbano es una oposición que se explora con cierto detalle. Y en la medida que la mayor parte de la vida sexual de Catherine ha sido masturbatoria, la cópula en el espacio abierto le sugiere a ella una suerte de escape, un adentrarse en el mundo. “Espacios confinados” cierra el encuadre. Catherine explora el sexo en espacios bajo techo como los de trabajo donde lo público puede mezclarse con lo privado. Los espacios confinados, dice además, tienen límites que se imponen no tanto por la moralidad como por la superstición. Por ejemplo, tener sexo con otro en la habitación que se comparte con el conviviente sería para ella una transgresión. 

En la parte final “Detalles” se analizan, entre otras cosas, la felación, la naturaleza de la exhibición vía la escritura y la observación de la imagen propia a través del video. Catherine al observarse a sí misma se descubre absolutamente inexpresiva y neutra como compañera sexual. Como es claro, quien busque erotismo no hallará mucho en este libro. Solo sexo sin pudor y sus impredecibles, muchas veces contradictorias, resonancias, todas muy bien escritas, inteligentes, aunque también ensimismadas. Catherine no imagina a ningún lector. Placer y escritura son dos búsquedas radicalmente solitarias. 

A pesar de que el libro es del 2001, es imposible sustraerse a la discusión posfeminista reciente. Habría que recordar que Catherine Millet, la autora de carne y hueso, firmó en 2018 una carta pública en Francia, junto a otros personajes importantes como Catherine Deneuve, en la que expresaba su franca oposición al feminismo moralista totalitario que venía convirtiendo a la mujer en una víctima constante del hombre. La vida sexual de Catherine M. no choca con esta postura. La narradora es una libertina lejana del masoquismo y el sadismo, pero a la que nunca se le escapa la posibilidad de ser maltratada o violentada en medio del frenesí sexual. Jamás sufre maltrato alguno. Sin embargo, el libro sí contiene un episodio perturbador cuando la narradora era una niña. Catherine no condona el evento, por supuesto, pero tampoco lo moraliza. En el recuerdo infantil lo erótico y lo prohibido van unidos.

La vida sexual de Catherine M. no es nada recomendable para quien busque febril erotismo. Pero sí para quien la reflexión minuciosa o la imaginación psicoanalítica sean atractivos catalizadores de las propias ideas. No es un libro sencillo, pero si es verdad, como dice Catherine, que el displacer, al distraer del deseo, provoca una mayor concentración, de este tedio en particular puede salir mucha creatividad. Hay una secuela del 2009 que no pienso leer (al menos, en el futuro próximo): Celos.

3/5

sábado, 16 de noviembre de 2019

"Tiempos recios" de Mario Vargas Llosa

La aparición de Tiempos recios, la última novela de Mario Vargas Llosa, ha provocado algunas reacciones divertidas, sobre todo entre cierta lectoría de izquierdas. 

Como la novela recrea el tablero político de Centroamérica en los años de la posguerra, en plena Guerra Fría y con la ominosa influencia sobre ella de los Estados Unidos, algunos criticones se han lanzado como fieras a la lectura del texto esperando comprobar cómo Vargas Llosa, un hombre supuestamente de “derechas”, justifica el imperialismo yanqui y sus ímpetus colonizadores. Ha sido divertido ver cómo estos lectores se han estrellado contra una pared. 

Tiempos recios, en su parte histórica y política, va en la dirección contraria. La novela destaca el papel modernizador en los años cincuentas del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, y cómo precisamente por ello fue víctima de una enorme campaña de propaganda que lo acusó de ser un agente comunista pro-soviético. Una conspiración internacional lo llevó a la renuncia en 1954. 

Árbenz era un idealista que creía en el sistema democrático norteamericano. Su pecado político fue forzar una Reforma Agraria que él consideraba civilizadora en una Guatemala atrasada y racista, y cuya élite, conformada por ricos finqueros, no estaba dispuesta a perder tan fácilmente sus privilegios sobre enormes masas de pobres y analfabetos. En la novela se dice de Árbenz una y otra vez: no fue un comunista. Pero eso no evitó el maltrato de los Estados Unidos y su prensa. 

Ambas, además de la CIA, quedan muy mal paradas en Tiempos recios, jalada de orejas novelística que, en realidad, tampoco nos debe hacer creer que estamos ante la versión ficcional de las convicciones de Vargas Llosa, el autor o comentador político. La buena ficción nunca es tan simplista, aunque cierta izquierda no conciba otra forma de literatura que no sea de propaganda o, más sutilmente, un artefacto ideológico de contenidos explícitos o subliminales nunca contradictorios. MVLL viene diciendo hace décadas que una novela es una construcción pulsional y no una racional. Demonios, instintos o pálpitos, tienen mayor control sobre el escritor que programas, ideas o planes de gobierno. La única lógica que se sigue es la de esos descubrimientos estéticos y emocionales mientras se va escribiendo. 

Tiempos recios no es la excepción. Por eso los personajes principales de la novela, los que son tratados con el mayor cariño literario (que no es lo mismo que simpatizar con lo que hacen) son los villanos. El ingenuo Jacobo Árbenz es indispensable como parte del decorado histórico, sin duda, pero la mayor parte de la novela y su corazón están con los personajes torcidos: la guatemalteca Martita Borrero —una nueva versión de la “niña mala”—, y el dominicano Johnny Abbes García, el erotómano agente de inteligencia del dictador Rafael Trujillo que ya habíamos conocido en La fiesta del Chivo.

La historia sirve a la literatura y no al revés. Pero, ¿qué es en este caso servir a la literatura? Aquí cabría abandonarse a la idea de la novela como obra abierta. La fijación de Vargas Llosa en Tiempos recios por la intimidad y los apetitos primarios de los personajes—el ámbito donde más libertad tiene para fantasear o novelar— provoca, creo, una inversión en el orden del mundo: son las extravagancias privadas las que terminan influyendo en el mapa de la gran política. 

Marta Borrero, —seductora, histriónica, ambiciosa—, es siempre la misma sin importar el sistema político en el que se encuentre. Del mismo modo, Abbes García sigue siendo el mismo en República Dominicana, Guatemala, Francia o Haití. Sus oscuras habilidades para los trabajos de inteligencia parecen más ligadas a su afición por visitar prostitutas que “se dejaban hacer las porquerías que le gustaban”. Su jefe Rafael Trujillo tiene esta vaga intuición antes de contratarlo: había “algo” en esa “rechoncha fealdad humana” que podía aprovechar. Hay un gran techo entre esto y una novela como Conversación en La Catedral (1969) donde, creo, la tesis era distinta: la degradación de la vida privada tenía su origen en la opresión social de las dictaduras.

En Tiempos recios, por tanto, la Historia con mayúsculas se subordina a la historia con minúsculas. Pero la Historia con mayúsculas es necesaria porque es la gran armazón de la novela. Felizmente, Vargas Llosa es un excelente contador de la Historia, y hace fácil seguir la cronología de la complicada vida política guatemalteca de los cincuentas, a pesar de que nunca lo hace linealmente.

Con la Historia, entonces, esto es lo importante en Tiempos recios. Tras la Revolución de Octubre de 1944 en Guatemala, llega al poder el reformista Juan José Arévalo. Estos cambios de los aires políticos encienden las alarmas de Sam Zemurray, dueño de la empresa norteamericana United Fruit Company, que ve peligrar en Guatemala su negocio monopólico de bananos (o plátanos). Los aires cambian mucho más cuando en 1951, vía elección libre y democrática, llega a la presidencia Jacobo Árbenz, un seguidor de Arévalo. Cuando Árbenz inicia una Reforma Agraria en Guatemala (a la manera de Taiwán) y espera, además, que las grandes compañías extranjeras empiecen a pagar impuestos (como nunca lo habían hecho antes) Zemurray decide sabotear al gobierno de Árbenz haciendo uso de la propaganda. El plan, elaborado por el relacionista público Edward Bernays, consistió en hacerle creer a la opinión pública norteamericana, y posteriormente al presidente Eisenhower, que Árbenz estaba transformando Guatemala en una puerta de entrada del comunismo soviético. Había que detenerlo a como dé lugar. Convencido de esta mentira, una suerte de enorme lobby propagandístico al que sirvieron acríticamente The New York Times, Newsweek, The Washington Post, entre otros, el gobierno norteamericano, a través de la CIA, procede a apoyar al golpista Carlos Castillo Armas, conocido como "Cara de Hacha". En 1954 Castillo Armas invade su propio país desde Honduras. Poco después Árbenz renuncia y una dictadura de derechas fuertemente atada a Washington se instala en el país.

Este es el marco histórico mínimo indispensable, que en la novela se cuenta a retazos y echando mano del estilo de una crónica periodística focalizada, es decir, siguiendo el punto de vista de los personajes como si éstos tuviesen una cámara documentalista montada sobre ellos. En el capítulo preliminar, llamado “Antes”, la crónica se cuenta desde el punto de vista de Zemurray y Bernays. En “I”, el real inicio de la novela, se presenta a la niña mala Marta Borrero. En “III” es el turno de Jacobo Árbenz. En “V”, de Castillo Armas. En “VII”, de Rafael Trujillo, etc. Es una solución literaria para que Historia e historia, política e intimidad, queden amalgamadas en un híbrido cuyo engrudo ficcional es la reconstrucción fantasiosa de múltiples subjetividades. Es una estupenda estrategia y muy verosímil.

Intercalados van breves episodios focalizados realmente novelescos, a la manera del estilo usado en una novela histórica reciente de MVLL como El sueño del celta (2010), y que proceden de la novela de aventuras. Se siguen en estos pasajes los misteriosos pasos en conjunto de un tal Enrique y el “dominicano”. Bares, prostíbulos, caminatas y conversaciones por las inmediaciones de la Casa Presidencial de Ciudad de Guatemala. Hay aquí un aire que recuerda las conversaciones entre Zavalita y Ambrosio de Conversación en La Catedral (o, desde una fuente no literaria, los diálogos entre Jules y Vincent en Pulp Fiction). Con el transcurrir de las páginas nos enteramos que ambos personajes están haciendo tiempo para perpetrar un magnicidio: el asesinato del presidente dictador Carlos Castillo Armas. Enrique es Enrique Trinidad Oliva, un traidor del círculo de Castillo Armas, y el “dominicano” nada menos que Abbes García, el enviado de Trujillo. Ambos tienen razones completamente distintas (y personales) para asesinar a “Cara de Hacha”.

Como queda claro, no hay linealidad en Tiempos recios. En el capítulo XIV Castillo Armas es asesinado y en el capítulo XXV reaparece como parte del universo subjetivo del embajador norteamericano John Emil Peurifoy, hombre fuerte de Washington dispuesto a torcer cualquier voluntad política guatemalteca, sobre todo la de sus altos mandos militares en los años de la presidencia de Árbenz. Los saltos en el tiempo hacia adelante y hace atrás dan la impresión de un remolino cronológico que replica la nula progresión en la vida política de Guatemala, una “dictadura tras dictadura” como se dice en algún momento. 

A la vez, las ondas dispares del remolino convergen temporalmente en el último episodio de la novela que involucra a Abbes García y su huida a Haití en algún año posterior a 1964 (no se dice cuál es, pero sabemos que fue 1967), capítulo truculento realmente notable. Llegados a este punto, el estilo de la crónica y el de la subjetividad van tan entremezclados que es imposible distinguirlos uno del otro. Vida nacional y vida privada se vuelven, al parecer, una sola cosa. La coda llamada “Después” la discutiré luego.

Algunas voces desde el feminismo han criticado muchas veces a Vargas Llosa por su nula perspicacia para representar la subjetividad femenina. Este es, por supuesto, un falso problema. El escritor —desde una individualidad innegociable que incluye su género—, construye, arma, inventa; no hace de médium transparente de una (supuesta) realidad. 

La “niña mala” es uno de los arquetipos femeninos vargasllosianos, ampliamente novelado en Travesuras de la niña mala (2006). Es un tipo de mujer que ejerce una fascinación magnética, producida doblemente por su gran atractivo sexual y sus dotes de superviviente, quizá de arribista y embustera. Esta mujer dolorosamente irresistible está inspirada en Emma Bovary. La Bovary de Tiempos recios es Marta Borrero, Miss Guatemala, personaje basado a su vez en una mujer real. Esto nos lleva al backstory de la escritura de la novela. 

En el 2017, en una columna titulada “Bananeras”, Vargas Llosa cuenta prácticamente todo el argumento de lo que sería Tiempos recios. El meollo de la columna es una revelación aparecida en el libro La rapsodia del crimen. Trujillo vs Castillo Armas del historiador y periodista dominicano Tony Raful (una de las personas a las que va dedicada la ficción). En el libro se cuenta que, por razones realmente banales, fue Rafael Trujillo el cerebro detrás del asesinato de Castillo Armas en 1957. La mano ejecutiva habría sido Abbes García. No fue un plan particularmente sencillo porque, para poder perpetrar el crimen, Abbes se sirvió de la amante del presidente guatemalteco. Por supuesto, Vargas Llosa quedó fascinado con este personaje. 

Los magros datos de la realidad se vuelven en la novela sustanciosa fantasía. En Tiempos recios toda la biografía de Marta Borrero, la amante de Castillo Armas, es relatada. Desde su acomodada infancia como hija y niña de los ojos del finquero Arturo Borrero, pasando por su compleja adolescencia en la que tiene una aventura con el doctor Efrén García, amigo de la familia, que termina embarazándola. Este episodio tiene, sin duda, los visos del abuso. Pero el vórtice de Bovary es lo que interesa en el universo Vargas Llosa. En uno de los capítulos dedicados a Efrén García éste se pregunta sobre Martita: “¿Es inocente o diabólica?”, duda que lo llena de un gran sentimiento de culpa. Solo en la literatura la cuadratura del círculo es posible. 

Miss Guatemala, cansada a los veinte de vivir con el aburrido Efrén, escapa de casa, abandona a su hijo, y seduce al paranoico y mediocre dictador Castillo Armas. Pero no queda ahí. También siente una irresistible fascinación por Abbes García, a pesar de que le parece repulsivo. “¿No serás una pervertida?”, se pregunta. Terminan, claro, como amantes. Y, poco después, gracias a unos oportunos sobres con billetes, el camino hacia su independencia, no siente reparo en ser informante de la CIA. El bovarismo de Vargas Llosa es mucho más intenso que lo político: es el gran motor de la novela. Por eso Trujillo puede afirmar lo siguiente de los hombres de poder: “Las queridas suelen tener más influencia que las esposas legítimas”. No es una verdad sociológica, evidentemente. Es una verdad literaria.

Tiempos recios cierra con un capítulo titulado “Después” donde un “don Mario” toma el comando del relato en primera persona y usando por primera vez el presente verbal. Es un guiño a lo que Vargas Llosa hizo en Historia de Mayta (1984), una de sus mayores reflexiones novelescas sobre las confusas y ambiguas relaciones entre la verdad y la ficción. Como en Mayta, el autor (como personaje) va en busca del modelo real para confirmar o desestimar lo fantaseado. 

Martita Borrero, Miss Guatemala, está ahora viviendo en los Estados Unidos, y aunque don Mario intenta sonsacarle alguna confesión sobre sus vínculos con la CIA y el asesinato de Castillo Armas, lo que realmente quiere es confirmar qué tan real era su atractivo. Sin duda lo es, porque en su rostro “siguen brillando con arrogancia y cierto misterio aquellos ojos que tanto impresionaban antaño a las personas que la conocieron, sobre todo a los hombres”. Es un capítulo que está escrito desde cierta nostalgia y melancolía por los tiempos recios ya idos de los cincuentas, aquellos arrullados por los boleros de Leo Marini y formidablemente revividos en la novela. Y, también, están escritos desde la aceptación literaria de la vejez. Esta vez Madame Bovary no ve interrumpida su vida por la tragedia, sino que llega hasta el final de su existencia dueña completa de sus recuerdos y su legado. “No se moleste en mandarme su libro cuando salga, don Mario. En ningún caso lo leeré. Pero, se lo advierto, lo leerán mis abogados”. El personaje, o la ficción, le gana o se rebela frente a su autor.

Tiempos recios es una de las mejores novelas de Mario Vargas Llosa. El veterano Vargas Llosa no solo despliega un gran conocimiento sobre la naturaleza de las ficciones y sus enormes posibilidades (lo que no podía ostentar el juvenil), sino que puede dialogar sin problemas con su propio universo, expandiéndolo hacia nuevas lecturas e interpretaciones. Por eso puede colar al “héroe discreto” Crispín Carrasquilla en uno de los capítulos (¿no recuerda su episodio, además de la novela El héroe discreto (2013), al argumento de “Los jefes”, el primer relato publicado por el Nobel en 1957?) o hacer repetir a Castillo Armas que la CIA es la “madrastra”. Aún hay mucho pan por rebanar.