En un tema bastante menor recuerdo que en este blog se contó la historia de una blogger de Peru21 que desapareció del mapa luego de escribir un post algo agresivo -aunque justo- contra sus comentadores. "No me quiero casar" -¿anuncio de la crisis por venir?- de Alejandra Costa se fue sin decir adiós, lo que a mí me dejó pensando: ¿se fue porque no soportó la presión o porque le dijeron basta? El silencio dio pie a cualquier especulación, hasta ahora irresuelta.
En otro caso más serio, el humorista Alfredo Marcos también se vio forzado a decir chau de La República por un no muy claro -para mí- tema de conflicto de intereses. Una rápida viñeta -imagino que arcana para los que ni se enteraron del lío- terminó con sus años de colaborador, en tanto que la posición oficial del diario fue la nada. Rebusqué en su archivo virtual y no hallé ni una sola nota que fungiera siquiera de agradecimiento por los servicios prestados. Nuevamente, el silencio. Hoy Alfredo está en Caretas.
El último caso del año es el de Augusto Álvarez Rodrich en Peru21. Esta vez la salida ha sido una amputación. Pero no ha habido nada que aligere el trauma: solo una nota más fría que un iceberg notificando el adiós, hoy ampliada por las declaraciones del ex director temprano en la mañana.
Los tres casos me dejan la agria sensación de que el lector es lo que menos importa. Que los medios, aunque exigen nuestra atención, nuestro interés y nuestro dinero, cuando deben explicarse un poco sobre sus pequeños o grandes escándalos prefieren voltear la cara y silbar por un costado con la trompa fruncida. Para mí estos casos son similares a esos romances que también se quedan en el aire, sin réplica, sin respuesta, sin consideración: solo un silencio más espeso que el barro metiéndose por tus narices y dejándote con esa pregunta que a veces no te deja dormir: ¿qué diablos pasó?
El título del post es una cita abierta a una de mis debilidades inconfesables: el cancionero de éxitos de la balada latina. Vaya como homenaje a esa cualidad -¿peruana?- más actual que nunca: hacerse el loco. La versión original es de Danny Rivera a dúo con Eydie Gorme (1977). Pero aquí se conoció por la de José Feliciano con Anne Kelly, número 8 del ránking La Más Más de 1982. Escúchenlas mientras hojean sus Peru21 de antaño.
Ya mucho se ha escrito sobre los extraños sucesos ocurridos después del despido de Augusto Alvarez Rodrich de Peru21. En un efecto dominó fulminante casi ningún colaborador está dispuesto a continuar. Hoy por hoy, Peru21 es un diario sin cabeza, moviéndose al garete como una especie de blog-repetidora: sin columnistas la personalidad de un diario es similar a la de un zombi.
Lo que más me intriga es saber quién finalmente asumirá la dirección después del sismo. También si es que Peru21 tiene en efecto una lectoría fiel, o sea, atenta al ruido político. Es decir, ¿se le ha asestado un golpe mortal al eslógan publicitario con el que se le identificó al diario, aquél de "no se casa con nadie"? Si el cambio forzado tiene todas las señas del compromiso, ¿el desagrado se volverá masivo o solo terminará encerrado en los pequeños límites de los blogs? Que cada quien haga su apuesta.
Pero si Magaly TV ha podido sobrevivir gracias al teflón de los anunciantes por años -siempre y cuando obviara las incomodidades políticas según relato de Fernando Vivas-, ¿por qué no habría hacerlo un Peru21 extirpado de casi todos sus órganos pensantes? El tiempo lo cura todo, dice un refrán de ambigua moral.
Una semana sin postear y aquí retorno brevemente solo para dejar constancia de que ya pertenezco a la familia de Steve Jobs. No diré exactamente qué modelo he adquirido para no despertar las envidias malsanas que, según programa de TV de cable local que pude visionar, hay que desterrar por siempre de la Tierra, muy a contracorriente de lo que en este desatinado blog se ha sustentado.
El vendedor me aseguró que la Mac hace de todo y eso incluye terminar de rematar mis poemas, avanzar con los diez inicios de novela que tengo -todos de quince líneas-, entretenerme en las noches solitarias con los solitarios más rápidos de los que tenga memoria y mejorar mi autoestima. Hasta el momento solo lo último ha podido ser comprobado. Una nueva etapa comienza. Lo presiento.
Leyendo a Christopher Hitchens uno se percata de la necesidad política de ser ateo. Leyendo a Richard Dawkins, de que el ateísmo es una consecuencia lógica de lo que el ser humano ha podido comprender sobre el mundo hasta ahora. Y leyendo la polémica sobre la muestra de Cristina Planas que, dicen, recibió una censura por presiones religiosas no puedo sino recordar otras polémicas de gran interés para los católicos: ¿se debe comer carne en Semana Santa? ¿Se puede celebrar Halloween? ¿Fue la Virgen virgen de verdad?
El que esto escribe habla con conocimiento de causa. Fue criado de niño en una familia católica lo suficientemente razonable para que el daño psicológico no haya sido total. Ataque preventivo para las voces reclamonas: el ateísmo no es una "conversión" ni un "fundamentalismo". No es un sistema homogéneo de ideas. Los ateos solo viven sin la idea de Dios, aunque eso tenga alucinantes consecuencias éticas. Es entender que, por ejemplo, la moralidad no proviene de un ente imaginario. Que ningún Dios inspiró la Biblia ni ningún otro libro sagrado. Que nadie envió un diluvio, que no hubo zarza ardiente alguna, que no nacemos polutos, víctimas del pecado original. Y que Jesús, por más que rebusquemos en los Evangelios, no opinó sobre arte, ni galerías de arte, ni censuras a trabajos artísticos. A Dios eso no le importa. En realidad, no le importa nada: ni lo que pase con nuestras vidas, si nacemos o morimos, si nos enfermamos, si sufrimos o si somos felices, o si nos torturan. Pero a los hombres todo eso sí nos importa, lo que está muy bien.
Realmente tengo ganas de ser ofensivo. Porque la discusión viene ofendiendo mi sentido lógico de las cosas, la única arma que los ateos cuidan como si fuera su propia vida. Es más, debe ser el único sentido de su existencia. ¿Que si Cristina Planas ofendió o no a los católicos?
Déjenme contarles una fábula, una en la que no habrá panes que se multiplican ni vinos interminables: es la historia de un chico de ciudad que se muda a un pueblo lleno de fervor religioso. Este chico, como es lógico, tiene otras costumbres, siendo la más sobresaliente de todas una que le causa un placer infinito. No, no es masturbarse. Es bailar. Al chico le encanta bailar. Pero en este pueblo lleno de fervor religioso bailar causa sospecha. Podría ser la entrada hacia otro tipo de actividades menos sanas como las inconductas sexuales. La autoridad religiosa del pueblo persigue al chico e intenta botarlo. Aquellas ganas de contagiar el baile a las almas jóvenes de las que él se considera a cargo es ofensivo a su fe. Pero el bailarín, inteligente como pocos, demuestra que bailar no es ofensivo. Es más, bailar es respaldado por la Biblia y hasta por Jesús. El chico bailarín - a quien llamaremos Kevin- demuestra con la Biblia en la mano y en un discurso muy emotivo que bailar no es malo. Que sintoniza con la fe. Que Dios se alegra cuando nos ve bailar. La lógica del bailarín es impecable y hacia el final recibe el aplauso de todos. Es en ese momento cuando la música de Kenny Loggins hace su aparición.
Acertaron. Es, grosso modo, el argumento de Footloose. Que es más o menos el tipo de discusión que he estado leyendo sobre si la Planas fue ofensiva o no a Dios, ese ente imaginario al que mucha gente teme porque cree que tiene la capacidad de meter almas después de la muerte en una especie de horno gigante a millones de grados de calor. O su equivalente espiritual, que quién sabe cuál será. Pero lo paja de esta religión es que si te confiesas con vivo arrepentimiento cinco minutos antes de morir vas al cielo -ok, Purgatorio-, de frente, aunque hayas sido un hijo de puta toda tu vida. Mostro, ¿dónde firmo?
Ayer me he reído mucho, víctima del bicho de la ofensa. Más me he reído de las declaraciones de la artista cuando se defendió diciendo que su obra tenía una lectura teológica. Es la versión local de Kevin Bacon: Artloose. You're playing so cool. Obeying every rule.
Lo lamento, este es un post ofensivo. Aún no tengo los suficientes elementos de juicio para saber si lo de Vértice fue una censura o no. Pero sí tengo los suficientes elementos para comprender que sería más interesante que los artistas se animaran -a la luz de estas expresiones últimas de, según se dice, intolerancia o ignorancia estética de los mal llamados "fanáticos religiosos"- no a decir que la religión es importante para el "pueblo peruano" o a admirarse del fervor de esta nación "católica", sino a alertar y pensar sobre todo lo chueco y malsano que una religión es capaz de producir. O sea, es hora de ofender a la religión.
Hay un comentario que leí por ahí que me pareció muy lógico. Dice lo siguiente, parafraseo: "¿cómo así me piden respetar el arte cuando los artistas no respetan mis creencias?". Muy cierto. Súper cierto. 100 bonus points. La respuesta es así: no, nadie pide que respetes el arte. Es más, nadie pide que respetes nada. Tu irrespeto es ilimitado, sin fronteras y puede contener toda la ira y el desprecio de lo que tu cerebro es capaz. Solo hay una restricción: cumplir la ley, escritas, aunque te parezca increíble, por los hombres, que pensaron cosas muy diferentes a Dios. Por lo tanto, no puedes ir a una galería de arte y quemar aquello que te parece ofensivo y que no respetas. Serías detenido por eso. Pero sí puedes decir y escribir sobre el arte todo lo que tú quieras. O, mejor, podrías ser un artista religioso y dedicar tus obras al Señor, obras que, claro, lo respeten. Dudo mucho que le importe, pero bueno, eres libre. ¿Y sabes qué? Esa libertad de expresarte no te la dio Dios: te la dieron los hombres. Te la han dado todos los hombres inteligentes que ha habido en el mundo y que comprendieron que hay que tolerar la existencia hasta de las ideas más estúpidas, aunque eso no signifique que haya que tolerar que pasen piola sin que digamos algo sobre ellas. Porque si por Dios fuera Vértice hubiese sido quemada al igual que quemó Sodoma porque algunos hombres usaban su pene para satisfacer por el ano a otros. Muerte para los sodomitas, o sea, para los que ofenden. Tú no respetas cierto arte. Yo no respeto la religión. Y nos vemos en el ring de las ideas.
Pero no quiero terminar esto con un tono acre. Si algo puedo admirar de la gente de fe que, como he leído en algunos comentarios, entiende que hay cosas que atentan contra la razón dentro de sus iglesias es que justamente pueden suspender sus creencias -las creencias no necesitan ser argumentadas- para actuar y decidir pensando. En serio, es admirable. Yo no podrìa vivir con ese lastre de contradicciones, intelectualizando al máximo para saber si es que acaso estoy obedeciendo o no a Dios. Hay gente valiosa dentro de la religion no por ella, pero a pesar de ella.
Me uno al calmo beneplácito -creo que generalizado en el mundo- por la elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. Anoche, viendo CNN, me restregué los ojos varias veces: no era un holograma, era la realidad. Aquí linkeo una columna de Thomas Friedman del NYT. Extractos:
And so it came to pass that on Nov. 4, 2008, shortly after 11 p.m. Eastern time, the American Civil War ended, as a black man — Barack Hussein Obama — won enough electoral votes to become president of the United States.
(...)
How did Obama pull it off? To be sure, it probably took a once-in-a-century economic crisis to get enough white people to vote for a black man. And to be sure, Obama’s better organization, calm manner, mellifluous speaking style and unthreatening message of “change” all served him well.
(...)
It was white conservatives telling the guys in the men’s grill at the country club that they were voting for John McCain, but then quietly going into the booth and voting for Obama, even though they knew it would mean higher taxes. Why? Some did it because they sensed how inspired and hopeful their kids were about an Obama presidency, and they not only didn’t want to dash those hopes, they secretly wanted to share them.
(...)
Bush & Co. did not believe that government could be an instrument of the common good. (...) For them, pursuit of the common good was all about pursuit of individual self-interest. Voters rebelled against that. But there was also a rebellion against a traditional Democratic version of the common good — that it is simply the sum of all interest groups clamoring for their share.
(...)
None of this will be easy. But my gut tells me that of all the changes that will be ushered in by an Obama presidency, breaking with our racial past may turn out to be the least of them. There is just so much work to be done. The Civil War is over. Let reconstruction begin.
ACTUALIZACIÓN: Pero mientras Friedman habla de que con la elección de Obama acabó la Guerra Civil norteamericana, aquí vamos para atrás. Un casi alucinógeno post del Utero de Marita me recuerda que algunos peruanos son inexplicables. ¿Pero el antecedente no lo puso Caretas? Me bajo en la esquina.
ACTUALIZACIÓN 2: A veces el discurso de los derrotados puede ser igual de inspirador que el de los victoriosos. McCain -a pesar de una campaña que removió sentimientos no muy sanos- lo hizo bien anoche y creo que me impactó más que Obama:
Al lado de la a veces borrosa línea que separa la opinión de la difamación, están las otras líneas más borrosas aún que separan el humor de buen gusto y el humor de pésimo gusto, el humor "inteligente" -palabra que no me gusta para este caso- y el humor ramplón. ¿Quién decide dónde están los límites de las cosquillas? ¿Quién pone a raya la ofensa? Al ser el humor generalmente un rollo que exagera y distorsiona el mundo -y que se presenta a sí mismo como una distorsión-, ¿no entra el humor acaso en el terreno de la ficción? ¿Será el debate sobre el humor entonces un debate sobre ficciones aceptables versus ficciones inaceptables? ¿De quién sí nos podemos burlar? ¿De quién no? ¿Es un asunto generacional?
Es una discusión de nunca acabar. Mis rabietas contra "Los Chistosos" muy probablemente sean solo mías y se estrellan contra decenas de miles de felicidades personales que se ríen muy sueltas de huesos con cada burla racial y homofóbica que realizan. ¿Tendrá RPP unos principios rectores sobre el humor difundido en sus ondas? No lo sé. De existir imagino que serían algo así como: "Está permitido burlarse de los demás en relación a su raza y sus conductas sexuales. Nos ampara la libertad de expresión". También los ampara la democracia numérica: mucha gente se identifica con Los Chistosos; conmigo quizás solo yo.
Pero, como es obvio, el rollo no es contra el humor. Yo mismo no escapo a la gran tentación de la broma y el sarcasmo. Al contrario: mi personalidad es básicamente sarcástica y es un síntoma de mi intolerancia frente a ciertas cosas. No es un mal ejercicio preguntarse, entonces, por los movedizos márgenes de lo que a través del tiempo hemos considerado gracioso. Un ejemplo muy simple: he sido uno de los muchos que se ha reído de niño con los coscorrones de Don Ramón al Chavo en la serie mexicana. Hoy ya no me dan tan risa. Es más, hoy los eliminaría casi convencido de que son de mal gusto. No es conservadurismo ni falsa corrección política. Es solo que mis ideas han cambiado. De niño podía aceptar los golpes como una forma de comunicación y convencimiento. De grande me es imposible.
Igual me ha pasado con la tan cacareada genialidad de Pataclaún años más tarde. Pero en este caso mis reflejos éticos -el humor es esencialmente un debate ético- estuvieron algo más afilados. ¿Cómo podía un hombre pegarle a una mujer y ser eso motivo de risa? ¿Cómo era posible que el abuso doméstico fuese vuelto comedia no para denunciarla, sino para celebrarla? Recuerdo que trabajando de periodista se lo pregunté a un humorista profesional en estos términos: ¿no es Pataclaún un refinamiento del humor de la patada, de la lisura, del golpe, de la criollada y de la chapa? En ese entonces mis preguntas estaban en minoría: el humorista profesional no pensaba como yo. Pero si consideramos el racismo verbal de hoy de Johanna San Miguel, ex Pataclaún, como una señal, quizás no estaba tan desubicado.
Las ideas y el humor están asociados (aunque otros consideren que el humor es básicamente anarquía). Cuando vi Tropic Thunder en el cine no percibí que mucha gente se riera. Yo no pude parar durante hora y media. Imagino que el metahumor no es tan popular: en Tropic Thunder la parodia sobre una comedia cuyo humor se basó en los pedos -humor al cuadrado- era graciosísima por una buena razón: llevaba al límite la estúpida idea del pedo como único material de risa (pasará algún tiempo, creo, hasta que Eddie Murphy vuelva a hacerlo). El blackface de Robert Downey Jr. no era ofensivo porque la misma película problematizaba su uso. La burla era contra la práctica -ya no hecha con maquillaje, sino mediante un procedimiento clínico-, pero sobre todo, y esto fue creo lo genial, contra un actor australiano que no tenía idea de que estaba siendo racista. El racismo involuntario -o el paternalista- fue sometido a una batería de burlas durante toda la película. Moraleja: es necesario mirar más allá de las narices. El personaje de Downey Jr. llega a decir como justificación: "estoy realmente confundido".
Pero claro, estas son ideas de distinto calibre al de la simple burla porque alguien es gay o negro. Tropic Thunder es metahumor: se pregunta a sí misma hasta dónde puede llegar y qué estupideces se han normalizado en Hollywood. Mi risa y mi justificación van por ese lado: no puedo evitar reírme si alguien se burla de las ideas estúpidas. También considero importante burlarse de uno mismo. Quizás otros consideren necesario burlarse solo de los diferentes.
Este rollo viene por una noticia. Hubo un gran lío por una broma de mal gusto emitida en un programa de la BBC:
LONDON (Reuters) – The BBC apologized on Monday to "Fawlty Towers" actor Andrew Sachs after well-known personalities Russell Brand and Jonathan Ross left a series of crude messages on his answerphone during a radio show.
The Radio 2 presenters joked on-air that Brand had slept with Sachs' grand-daughter and that he may kill himself after hearing their message earlier this month.
¿Hay chistes que cruzan la línea o un chiste debe siempre cruzar la línea?
Leí Rebelión en la granja o Granja Animal o Animal Farm por primera vez en el colegio. Ayer la volví a leer creo que por tercera o cuarta vez, más o menos convencido de la vigencia de la fábula de George Orwell sobre una revolución que dio una curva de 360 grados para terminar exactamente donde comenzó.
Mi edición trae un prólogo donde el propio autor explica que el referente directo de su pequeña novela es el totalirismo ruso, del cual apenas si se podía comentar con acritud en los años de la segunda gran guerra: la alianza anglorrusa, según Orwell, estaba obligando a los intelectuales ingleses a la autocensura. Su libro quería ser incómodo adrede.
Pero más allá de la alusión directa -el cerdo Napoleon es Stalin y su contrincante, Snowball, Trotsky- mejor es leer el libro eliminando los guiños. O quizás comprender que en toda noticia alharacosa sobre una "revolución" siempre hay un Stalin y un Trotsky, un Napoleon y un Snowball.
La historia es sencilla: los animales de la Granja Manor están hartos de los maltratos de los humanos y de pronto, casi sin siquiera pensarlo, dan un golpe liderados por los cerdos, los animales intelectualmente más solventes del grupo. Los seres humanos son espantados del lugar y desde ese entonces el animalismo se propone como doctrina, una que les promete a los animales gran libertad, mejores condiciones de vida y, sobre todo, trabajar solo para ellos en una autarquía económica donde todos serán iguales, con iguales derechos y obligaciones.
Pero pronto empiezan los problemas. Si bien al inicio se intenta practicar una democracia incipiente con elecciones, Napoleón -un personaje sin ideas, pero con muchas ansias de poder- expulsa a su contrincante Snowball -el cerdo bienintencionado y utópico- de la granja con la ayuda de unos feroces perros entrenados especialmente por él. Desde ese instante, toda la granja funcionará al servicio del único líder, quien ser aprovechará de la ignorancia de los otros animales -que apenas si podían leer- y del atemorizante uso de su fuerza policial: los perros.
Sin embargo, la pata más importante de la mesa dictatorial de la Granja Animal es la propaganda. Los animales son convencidos de propuestas que desafían toda lógica y empiezan a dudar, incluso, de lo que ven con sus propios ojos. Con el transcurrir del tiempo, Snowball pasa de ser un héroe al enemigo número uno y el principal culpable de todos los contratiempos del sistema y hasta de los fenómenos meteorológicos adversos. Los animales son obligados a vivir en un estado de constante paranoia, intoxicados de fábulas conspiracionales en las que Snowball busca siempre recuperar el liderazgo perdido. Pero Snowball es solo un fantasma, porque jamás se sabrá de él por el resto de la novela.
En esta fábula, es el uso de la propaganda lo que más me llamó la atención. Campañas de desprestigio, loas desmesuradas al líder, animalismo patriótico exacerbado y amenazas de ser acusado de traición por pensar distinto, son las armas de la maquinaria de las palabras usada para mantener a los animales aturdidos y controlados. La lección parece sencilla, pero no lo es: el entusiasmo que enceguece y corta todo pensamiento escéptico es el caldo de cultivo perfecto para la aparición de las dictaduras, de los vendedores de sebo de culebra, de los que dicen combatir la injusticia solo para establecer un régimen más injusto aún.
Esa sección final donde los cerdos, que ya caminan en dos patas, se vuelven de pronto indistinguibles de los humanos (en una especie de ruptura de las propias reglas de verosimilitud de la novela) es una de las cosas más impactantes que recuerde haber leído.
Una lección más: hay que desconfiar de toda revolución y de los que gustan permanecer en el poder, cualquiera que sea, por mucho tiempo.