viernes, 12 de abril de 2019

Utøya, reseña

“Utøya: July 22”, una película sobre el más grave atentado terrorista sucedido en Noruega, es parte recreación, parte película de terror, parte película de aventuras. No creo que esté libre de controversia, pero ese debate quizá solo sea sopesable para un noruego. Los eventos referidos son del 2011 y están aún frescos en la memoria de todo el país.

Recordaba el ataque ultraderechista —la noticia dio la vuelta al mundo— pero no recordaba los detalles. Fueron dos los atentados: la detonación de unos explosivos en instalaciones gubernamentales y la matanza de decenas de adolescentes en un campamento de verano. Ambos fueron realizados por el mismo sujeto, considerado al mismo tiempo un loco y alguien suficientemente sano para ser juzgado. Actualmente, el asesino purga condena.

“Utøya” cuenta esencialmente la historia de la matanza en la isla Utøya. Lo hace en una sola toma continua —o la ilusión de una sola toma continua— siguiendo la angustia de Kaja, una de las adolescentes del campamento. Muy rápido al inicio de la película se escuchan balas a lo lejos y a grupos de chicos huyendo despavoridos. Kaja, sin saber exactamente qué esta sucediendo, pasa de estudiante a soldado en su pelea por sobrevivir. La cámara la sigue solo a ella, muy pegadita a ella, con primerísimos planos de su rostro, sus gestos, su cara de horror o de llanto. Es una gran actuación. El personaje de Kaja no existió en la realidad. Es un personaje ficcional armado con los testimonios reales de los sobrevivientes.

El director Erik Poppe, de prestigio en su país, no muestra al asesino en ningún momento. Solo hace que se lo intuya en algunas escenas. Esta decisión emparenta “Utøya” con algunas películas de terror, sobre todo las de “found footage”, en las que la amenaza o el monstruo no suelen mostrarse. Se me vienen a la cabeza “Cloverfield” o “The Blair Witch Project”. 

Respecto de ésta última, hay una escena que parece un claro paralelo. Kaja llama a su madre con su celular y llora culposamente al no poder encontrar a su hermana. La escena más emblemática en “The Blair Witch Project” muestra a la protagonista en lágrimas también hablándole a su familia, solo que mirando hacia la cámara. Los terrores en ambas películas quedan inexplicados. Se podría argumentar que son variantes de lo gótico. Si las “brujas” son el contrapeso sobrenatural a las arrogancias de unos chicos citadinos y acomodados del primer mundo, el ultraderechismo en “Utoya” es representado como una fuerza diabólica, una que literalmente sacrifica niños.

La película hace un estupendo trabajo en mostrar la geografía de la isla. El espectador logra ubicarse bien. Hay una explanada sobre la que se levantan las decenas de carpas de los chicos. Hacia la derecha, un bosque. Y, atravesando el bosque, están los acantilados, un mar de agua muy fría y la posibilidad de un escape. Kaja se mueve con soltura en esta geografía a plena luz del día, como si la conociera muy bien. Por momentos, una película de aventuras se desarrolla. Me vino a la mente “First Blood” (o “Rambo”). Kaja ayuda a otros compañeros, busca mantener la calma, hace torniquetes. Mientras sus compañeros se doblan los tobillos o quedan ensangrentados, el cuerpo de Kaja parece inmune a los rigores de la naturaleza.

La fotografía de “Utøya” está deliberadamente lavada o desaturada. No hay embellecimiento alguno. Es un recato que intenta restringir la película del entretenimiento que también es. Políticamente tiene dos mensajes, más o menos explícitos. Uno tiene que ver con el género: la protagonista es una joven mujer. Kaja se empodera mientras va sobreviviendo. El segundo mensaje sugiere las motivaciones del asesino. A lo largo de la película, el director se ha preocupado en mostrar la diversidad racial de los rostros de los chicos noruegos en el campamento: una convivencia en armonía que la ferocidad de los balazos busca destruir.


3.5/5

jueves, 21 de marzo de 2019

Cisneros, malecón. Estampas miraflorinas.





* fotos del bloguero

martes, 12 de febrero de 2019

La casa de los eucaliptus

RESEÑA

LA CASA DE LOS EUCALIPTUS
Luciano Lamberti
192p. 2017
Literatura Random House

Hace tiempo que quería leer a Luciano Lamberti. Me enteré en algún lado que Mariana Enríquez, la maestra argentina del terror, lo recomendaba y, picado por la curiosidad, fui detrás de La casa de los eucaliptus. Este libro es la primera incursión en el género del cordobés (Lamberti ha pasado por el Perú, pero no como un escritor de horror) y, la verdad, está muy bien. No logra superar a Enríquez —los ránkings son odiosos, lo sé— pero está cerca. Lo que Enríquez tiene de desaforado y flamígero, Lamberti lo tiene de contenido y riguroso. Se percibe mucha disciplina en esta literatura y por eso estos textos son altamente disfrutables, aunque no produzcan tantos choques eléctricos.

La casa de los eucaliptus es una colección de cuentos, pero Lamberti ha buscado ser unitario creando un pequeño universo de horror con referencias mutuas entre relatos, motivos que se repiten, símbolos transversales que no se sabe si están ahí para explicar o inquietar. Están los espejos, las ventanas misteriosas y, claro, la casa siempre cerca de los eucaliptus, una suerte de arquetipo espacial del terror, el lugar donde suceden los eventos desencajantes o sobrenaturales. Lo de Lamberti va decididamente por el horror fantástico, aunque no siempre desde una misma plantilla previsible. Hay distintos énfasis que pueden recordar lo fantástico del XIX, otras veces lo cortazariano, otras lo maravilloso. 

Cada autor usa lo fantástico, esa violentación de las leyes habituales de la realidad, para sus propios intereses. Samanta Schweblin en Distancia de rescate, por ejemplo, hizo de la contaminación del paisaje rural el origen de lo sobrenatural. Enríquez exploró en Las cosas que perdimos en el fuego, con un cariz muy político, en la marginalidad de la villa del gran Buenos Aires y en la violencia contra la mujer. Lamberti hace de la pequeña ciudad y el ambiente rural argentino su microcosmos del terror. Es un terreno que los propios personajes consideran versiones frustradas de la gran ciudad, uno donde se puede oler el fracaso, los sueños rotos y la decadencia. 


Luciano Lamberti
En el cuento inicial, “Los caminos internos”, un médico que lo intentó todo por sobresalir se resigna como médico pueblerino y, mientras maldice su mala suerte, busca con su auto, absolutamente desorientado, a una paciente. De pronto, llega al mismo lugar de su infancia en el que, increíblemente, no ha pasado el tiempo. El protagonista cabalga entre la sorpresa y la aceptación medio ensoñada de la situación, busca a sus padres ya fallecidos —vivos en la magia del género— y se queda a descansar con ellos. Poco sabe que, en realidad, sus padres no son sus padres, ni nadie en ese pueblo son realmente sus recuerdos. El relato parece un episodio de The Outer Limits, salvo que Lamberti prefiere no explicar nada y dejarnos con el sutil indicio de alguna especie de aquelarre que se apresta a iniciar un ritual, una ceremonia, o quizá, un horrendo crimen. 

“La ciudad de los eucaliptus” es la historia de un asesino en serie que pasa desapercibido a través de los años por llevar una doble vida: “su doble fondo: el hermoso hombre atlético, el profesor dedicado y, corriendo como un río subterráneo, esa zona pantanosa y hedionda que aunque no saliera a la luz, lo habitaba como una enfermedad secreta”, se cuenta de él. Es una reescritura de Jekyll y Hyde (o de la historia de Jack el Destripador), aunque la fuerza que lleva al protagonista al crimen no es una sustancia, sino La Visita, una presencia demoníaca que aparece en el espejo y que lo insta a matar mujeres disolutas. El puritanismo misógino parece ser aquí el objetivo de Lamberti. El relato está contado en tercera persona, pero focalizada en el asesino, por lo que nunca sabemos si la presencia es real o la proyección de una psicología enferma. Es un cuento fantástico clásico.

La misoginia masculina es un tema que se explora en varios títulos. En “Muñeca”, uno de los cuentos más duros, la violencia contra la mujer es tan incapacitante que justamente el silencio, el no decir nada ni denunciar nada, parece la única salida razonable. Este relato, en estricto, no tiene ningún elemento fantástico, pero en el horror de la tortura se intuye una furia diabólica en juego. En “Santa”, una adolescente tiene un encuentro sobrenatural con la Virgen María, pero ser la elegida implica sufrir los peores suplicios. En algún momento, Alicia, la tocada por la divinidad dice: “Dios es el diablo”. El cuento lo relata un periodista de Buenos Aires, convenientemente llamado Luciano, que quisiera creer en todo el caso, pero no halla una solo prueba, solo atisbos del mal en la imaginación rural.

Pero más allá de estas ingeniosas vueltas literarias alrededor de la idea del pueblo chico con infiernos grandes, y del gran conocimiento del género, La casa de los eucaliptus es, sobre todo, un libro estilísticamente sólido, escrito con total seriedad y convencimiento. Vale la pena reeleerlo.

4/5

viernes, 8 de febrero de 2019

Horror Noire

















TRADUCCIÓN


De Blacula a Get Out: el documental que examina el horror negro.

Los cineastas detrás de "Horror Noire” debaten cómo los personajes negros han pasado de ser representados como algo a ser temido, a protagonizar éxitos del género

Nota de The Guardian por Hubert Adjei-Kontoh. Original aquí.


Get Out comienza con una imagen familiar: el público ve al personaje de Lakeith Stanfield caminando por un suburbio anodino antes de ser arrojado dentro de un automóvil y desaparecido. A primera vista, un hombre negro es el primero en morir. El giro, lo descubriremos más tarde, es que al menos parte de él sobrevive.

Una de las sorpresas de Horror Noire, un nuevo documental que examina cómo les va a los personajes negros en el cine de terror, es que el cliché que Jordan Peele subvierte en su éxito comercial ganador del Oscar, no es tan común como creemos. Abarcando una década, el director Xavier Burgin derrumba varios mitos en un proyecto que tiene una deuda inevitable con el éxito de 2017.

"Get Out fue un cambio en las reglas de juego para muchos de nosotros", dice Tananarive Due, escritora de horror, académica y productora ejecutiva. "La gente no entendía que el horror negro fuese un tema. No fue la primera película de terror de temática negra, pero inició una conversación sobre la historia de los negros en el cine de terror".

Horror Noire comienza cubriendo la representación de los negros como criminales y monstruos en los años 30. El nacimiento de una nación, por supuesto, es el mejor ejemplo de esta mentalidad: los blancos de la causa perdida "salvan" a las mujeres blancas de las manos de los rapaces hombres negros. El académico y escritor Robin R. Means Coleman, en cuyo libro se basa el documental, argumenta de que ésta fue una manera en que Hollywood “us[ó] sus mensajes para crear temor entre personas negras, especialmente entre hombres". Burgin dice que "para los blancos El nacimiento de una nación es hermosa y motivo de orgullo, y se mostró en la Casa Blanca", pero "para los negros, es una película de terror".

Sin embargo, algunos de los ejemplos que académicos y actores mencionan son inesperados. La observación de que King Kong es una metáfora de la experiencia negra es tan común que puede hallarse en todas partes, desde monólogos de agradecimiento de premios de la Academia hasta portadas de revista, pero es posible encontrar connotaciones raciales en otras películas de horror de los grandes estudios en los años que siguieron. Coleman critica la particular apariencia racializada de La criatura de la laguna negra de 1954. Las características físicas de monstruos como la criatura del título podrían compararse con la forma en que "los rasgos faciales negros fueron tergiversados ​​y caricaturizados en los años 40", dice Due.

La década de 1960 tuvo una notable excepción con la Noche de los muertos vivientes de George Romero. Los espectadores negros finalmente vieron a un protagonista que no solo es negro, sino que también es capaz de luchar contra aquellos que habrían de oprimirlo: los zombis blancos. Sin embargo, algunas ambigüedades preocupantes persistían. Por ejemplo, según Peele: "Nunca se sabe si la mujer blanca que Duane Jones está prácticamente salvando está más asustada por el hecho de que hay zombies afuera, o por un hombre negro dentro de la casa". El temor blanco parece casi un obstáculo para la protección de los negros. Este mensaje radical impresionó a Due.

"Esta película se filma en 1967, así que estoy inclinada a creer que George Romero, quien debe haber tenido una mentalidad suficientemente progresista para siquiera considerar a Duane Jones en el papel, tuvo que ver a través de ese lente lo que estas imágenes significaban", dice ella. "Debe haber sido un shock para los espectadores en 1968".

La blaxploitation es tratada con ambivalencia: las películas de este género sumaron más caras negras a la pantalla, pero continuaron fomentando estereotipos. "Los personajes negros se colocaron en casilleros, y los papeles eran muy estereotipados", dice Due. “Sin embargo, ver a Blacula enfrentarse a la policía era empoderante. Lo que la blaxploitation nos dio fue visibilidad. Las películas de blaxploitation fueron hechas para nosotros y, a veces, por nosotros ".

Blacula es elogiada por permitir que personajes negros discutan asuntos de estado, moral y antirracismo, y su director, William Cain, insistió en que los bailes fuesen integrados por parejas interraciales en la pista.

En la década de 1980, los personajes negros eran colocados en el reparto principalmente como compañeros de los protagónicos blancos. Un ejemplo prominente es Scatman Crothers, quien aparece en El resplandor como un hombre negro místico que brinda información y protección a una familia blanca. Su existencia o no existencia parece depender de lo que él pueda hacer por ella, y es asesinado rápidamente una vez que se lo considera no esencial. Due aclara que el personaje que Crothers interpretó no muere en el libro, y la película lo convierte en un "negro sacrificial". Este tipo de personaje, según el escritor Ashlee Blackwell, "debe enfrentarse al peligro y debe morir para ayudar al personaje blanco a sobrevivir".

Las décadas subsiguientes se describen como una era más positiva en la realización de películas de terror negro, a pesar de que persisten estereotipos similares. Burgin proporciona un ejemplo contemporáneo del negro sacrificial con una referencia al personaje de Lil Rel Howery en Bird Box. "Un hombre negro se sacrifica por las mujeres blancas y sus dos hijos", dice. "En 2018, todavía estamos viendo algunos de los mismos tropos de los que hablamos en el documental”.

Candyman de Bernard Rose, Tales from the Hood de Rusty Cundieff, People Under the Stairs de Wes Craven, Eve’s Bayou de Kasi Lemmons y, por supuesto, Get Out de Jordan Peele se mencionan como ejemplos de progreso. Cundieff y Craven son elogiados no solo por proporcionar roles a protagonistas negros, sino también por reflexionar sobre el doble horror de la brutalidad policial y el racismo suburbano como fuerzas sociales discriminatorias. Get Out da cuenta del complicado legado de la era Obama cuando la gente decía de manera rutinaria que Estados Unidos era ya posrracial. Eve's Bayou, aunque no es una película de terror típica, contiene elementos escalofriantes de la historia de Estados Unidos y fue una película poco común dirigida por una mujer negra.

Al mostrar una historia visual de los personajes negros en el cine y en la televisión, incluyendo imágenes del movimiento por los derechos civiles y la golpiza de Rodney King, el documental deja en claro cuánto falta por recorrer. Si hoy parece que hay papeles y espacio para artistas negros en la industria del cine, este documental muestra cuán recientes son estos desarrollos. Uno de los ejemplos más recientes, Sorry to Bother You de Boots Riley, aunque promocionada como comedia, alude a horrores pasados y presentes en la experimentación y explotación de los trabajadores negros. "Lo bello del horror es que es tanto una emoción como un género", dice Due. "Es horror al nivel de la jornada laboral y horror al nivel del cuerpo".

Quizás ahora que estas oportunidades existen, los espectadores deberían esperar más películas que utilicen el género para examinar a una sociedad que las ha excluido y caricaturizado. Películas del año pasado como The First Purge, dirigida por Gerard McMurray, han tenido espacio para comentar sobre las desigualdades de la vida estadounidense contemporánea junto a la posibilidad de que personajes negros busquen revancha. Los proyectos de Dee Rees y Justin Simien están en proceso de filmación. Us de Jordan Peele ya ha provocado un frenesí de anticipación y especulación. Estas nuevas voces que crean trabajos subversivos confirman la afirmación de Burgin de que para ver representaciones en el género de horror que vayan en contra de la narrativa dominante es necesario brindar oportunidades. "No hay ningún género que una persona negra no pueda hacer y no esté interesada en hacer", dice. “Simplemente es cosa de tener la oportunidad de poder hacerlo en primer lugar”.


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Traducción del bloguero usando Google Translate y corrección humana

domingo, 3 de febrero de 2019

Teoría King Kong

RESEÑA

TEORÍA KING KONG
Virginie Despentes

Uno de los libros de referencia del feminismo, según consta en la contratapa. O valdría decir, más específicamente, del posfeminismo. La novelista francesa Virginie Despentes (1969) publicó Teoría King Kong el 2006, y leyéndolo hoy sorprende por lo actual y lo oportuno. No es para menos: estamos en plena revolución posfeminista. Muchas de las ideas de Despentes, muchas de sus frases, gritos de batalla, o truismos feministas, diez años después, son ya parte del mainstream, de lo que se lee en Twitter y Facebook —el grafiti virtual de nuestro tiempo— con total normalidad.

El libro lleva en su título la palabra “teoría”, pero se entiende que esto no implica en absoluto búsqueda de rigor intelectual. Aquí no hallarán citas, ni respaldos académicos, ni fact-checking. Hay una bibliografía al final del libro (que incluye, por ejemplo, tanto a Beauvoir, como a Preciado —varios títulos— o a Paglia), pero que ha sido usada con mucha libertad. Teoría King Kong está muy bien escrito, entendido esto último como un efectivo uso de la manipulación verbal para producir conmoción. Disfruté mucho leyéndolo. Es posible, sin embargo, separar lo emocional de lo argumentativo.

El libro es un conjunto de ensayos que es parte manifesto político, parte autobiografía, parte literatura. Las reflexiones de Despentes están separadas temáticamente. Algunos ejemplos: “Imposible violar a una mujer viciosa”, sobre la violación; “Durmiendo con el enemigo”, sobre la prostitución; “Brujas porno”, sobre la pornografía. Son algunos de los temas cruciales del feminismo cultural, todos atravesados por una sola idea fundamental: la sospecha de que la mujer, y todo lo que el “colectivo” espera de ella, es una construcción política. He ahí la denuncia. Se vive en la fantasía, en la opresión y en la hipocresía de una construcción que sirve, esencialmente, a los intereses de los hombres ricos. A los que han batallado con el posmodernismo desde la academia esto no debe sorprender en absoluto. Pero tales debates han llegado finalmente a nuestra cotidianidad y son más candentes que nunca, aunque muchas veces en versiones panfletarias: es el subtexto que adereza los conflictos, por ejemplo, entre cierta izquierda radical y bandos ultraconservadores que, últimamente, han inventado “la ideología de género” como antídoto a la negación de lo “natural”.

Una vez delineado tal status quo, King Kong, el mono gigante, sirve de metáfora para elaborar una contrapropuesta. Despentes —no en el primer ensayo, sino en el penúltimo— esboza un peculiar análisis del King Kong de Peter Jackson, la película del 2005. Nos dice la francesa que Kong es “una metáfora de una sexualidad anterior a la distinción entre los géneros”, un “híbrido anterior a la obligación de lo binario” (que, para la autora, se inventó conceptualmente en el s. XIX). Precisamente por qué escoge Despentes a este personaje, o si es que acaso la propia película resiste esta interpretación, es irrelevante porque la intención es lo importante: la demolición de lo femenino, necesaria para hallar la real libertad y la real emancipación de la mujer. En otras partes se describe esta feminidad: la feminidad de lo atractivo, de lo sexual, de lo bello, de lo opuesto a lo viril y lo agresivo. Kong es ese cuerpo sin género y asexuado que termina exterminado porque es una amenaza a la heterosexualidad y la hipernormatividad. ¿Convencidos? No mucho. Pero es difícil no sentirse seducido por la convicción de las frases. Para hacerle frente a la mujer a lo Kate Moss, Despentes propone entonces a la King Kong Girl.

Virginie Despentes
He ahí la teoría, y de ella se sirve la escritora para polemizar sobre temas particulares. En el caso de la prostitución, la King Kong Girl es la prostituta, la mujer que amenaza con traerse abajo la enorme hipocresía del matrimonio, del hogar, de la mujer casada que está obligada a acostarse "gratis" con el hombre. Como la prostitución empodera e independiza, debe ser marginada, sacada del centro de las ciudades. Con la pornografía es algo similar. La pornografía libera nuestro deseo porque aquello que nos excita de él es, a menudo, socialmente molesto. La actriz pornográfica se nos presenta, entonces, como otra King Kong Girl que, justamente por estar liberada, se la persigue para estigmatizarla. Es importante decir que Despentes cree que esta opresión machista también afecta a los hombres y que, tarde o temprano, éstos deberán buscar su propia emancipación de aquello que les han inculcado como, por ejemplo, el “miedo a ser marica” o la “obligación de que les gusten las mujeres” (sic).

Una de las estrategias de las que se vale Despentes para elaborar su manifiesto es hacer de su biografía parte importante de la teoría (el masivo Michel Onfray, en libro divertidísimo, dijo que Freud había hecho algo similar con el psicoanálisis y procede con esa convicción a demolerlo). El ensayo de la violación es particularmente fuerte e intenso. Despentes cuenta que fue violada a los diecisiete (como también cuenta que se dedicó a la prostitución y a la crítica de pornografía). Los elementos autobiográficos le dan un peso persuasivo y de autoridad a los ensayos, aunque es evidente que pasar de lo particular a lo general con las emociones como único motor está algo lejos del camino hacia la verdad.

Es por eso que Teoría King Kong solo convencerá a los convencidos, más allá de los pincelazos realmente literarios ("La violación es a menudo iniciática, esculpe en la carne para fabricar la mujer abierta, que no se vuelve a cerrar nunca completamente", es una magnífica frase). Si atrapa es por su intensidad al describir una actualidad distópica, un apocalipsis sexual que sigue oprimiendo a la mujer y ha terminado por desfigurar al hombre. Frente a tal desalentadora visión de las cosas, la isla de King Kong parece ser la única atlántida posible. Como literatura distópica es absorbente, sin duda. Como lectura fidedigna del mundo, no.

2.5/5

jueves, 31 de enero de 2019

Permafrost

RESEÑA

PERMAFROST
Eva Baltasar
2018

Gran título y buena metáfora, pero esta novela debut de la poeta Eva Baltasar termina cayéndose las manos a pesar de ser tan breve. La empecé con expectativa, porque fue una de las novelas más elogiadas el 2018 en España. Pero no siempre las recomendaciones aciertan. O quizá sea yo.

El tema es duro y desde las primeras líneas nos enteramos del drama: la protagonista, una cultivada mujer catalana en sus cuarentas, desea suicidarse lanzándose al vacío. Estas primeras páginas son lo mejor del libro (que va en primera persona), porque si bien no relatan mucho, muestran un flujo de conciencia tan cáustico que resultan convincentes en su densidad tanática. Dicho sea de paso, no sé si sea el tipo de novela que una persona atribulada deba leer. Mejor no, aunque a la larga el libro resulte inofensivo.

La versión original está en catalán (Permagel, cuya traducción al castellano por Nicole d’Amonville Alegría es muy buena), y precisamente el título, "permafrost", es una de las incógnitas que lleva adelante la lectura. El término nunca se define geológicamente (suelo helado que permanece bajo cero por buen tiempo y que probablemente haya ingresado a la imaginación popular vía los documentales de Al Gore), pero, ¿a qué refiere simbólicamente? Y, además, ¿por qué desea esta persona liquidarse? El misterio autoimpuesto es grande, pero las revelaciones a la larga no serán tan satisfactorias. El libro se divide en capítulos muy breves que, de a pocos, muestran el pasado y la biografía de esta mujer.

Ahí empiezan los problemas. Lo narrativo no está a la altura de lo reflexivo. Nos enteramos de que la protagonista es una frustrada estudiante de Bellas Artes, que es lesbiana, que siempre tuvo problemas para satisfacer las expectativas familiares, que trabajó cuidando niños en Escocia, que dio clases de castellano en Bruselas, que tuvo un par de amantes importantes, pero que la idea de mantenerse unida a una persona no es lo suyo. Y no mucho más. Los episodios autobiográficos se dan como un picadillo espolvoreado con el humor negro y la dureza de la voz femenina (que, además, se considera a sí misma genial). Y, en efecto, he ahí una de las definiciones de este “permafrost”: la dureza de corazón producida por la depresión, la imposibilidad de conectar con los demás.

Es importante, creo, separar las realidades psicológicas (la depresión y las tendencias suicidas) de la recreación literaria. Lo primero es tema de expertos y de cada caso individual. En la literatura leemos por otras cosas. Lo trivial, sin mayor arte, puede permanecer trivial. Lo cotidiano, igualmente, llanamente aburrido. Es lo que pasa con Permafrost. Un paso importante en el descenso depresivo de la protagonista es abandonar la medicación. Pero nunca queda claro por qué lo hace, más allá de un filosofar sobre la vida sin control y experimentada al límite (que nunca se nos cuenta). El embarazo de la hermana le conflictúa a esta voz el espacio como mujer no heterosexual en el entramado social familiar. Pero los líos no pasan de frases inoportunas: “Aunque te cases, los niños necesitan la estabilidad de unos padres. Me refiero a un padre y una madre. No quiero insultarte, pero, ¿verdad que me entiendes?”, le dicen.

La decisión tan clara de desaparecer parece no tener marcha atrás, hasta que, de pronto, tiene marcha atrás. Antes de la resolución de la novela, la protagonista relata el descubrimiento de su sexualidad a inicios de la adolescencia. Son líneas gozosas que poco se vinculan con una persona que ya no quiere saber nada más de la vida. Lesbianismo y depresión, en este caso, no tienen vasos comunicantes, lo que nos deja en ascuas sobre las motivaciones de este “idilio con la muerte”.

Al final, Permafrost es el tipo de novela que hace depender todo del atractivo de la primera persona, relate lo que relate. Es quizá su punto a favor: esta mujer, que no tiene nombre, no cae mal literariamente y, de cuando en cuando, lanza frases hirientes que merece la pena subrayar, como esta: “Ciertos individuos solo pueden acontecer como amputaciones”. Una cita citable.

2/5

viernes, 4 de enero de 2019

Pelea de gallos

RESEÑA

PELEA DE GALLOS
María Fernanda Ampuero
Páginas de Espuma
(2018, 120p.)


La mujer mártir, la mujer sufriente, la mujer víctima. Sea niña, joven o madura. Pelea de gallos de María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976) fue uno de los libros de relatos más elogiados del 2018, aunque mientras lo leía no podía dejar de pensar en las películas de Lars von Trier. En la fantasía de von Trier las mujeres la suelen pasar muy mal. Y Ampuero parece querer mostrar que la condición de la mujer es padecer, y padecer muy cruelmente. La autora no es hombre, por supuesto, y eso debería cambiar, en teoría, los valores. Mucho de este universo femenino está empapado de la gran discusión feminista actual. Pero también es justo decir que Pelea de gallos es tan entretenido que es posible disfrutarlo sin sentirse aleccionado. 

Conviene entrar al libro no por el inicio, sino por uno de los relatos que aparecen hacia la mitad, uno titulado precisamente “Pasión”. El cuento es una reescritura de la historia de Cristo (sin mencionarlo) con María Magdalena (sin mencionarla). Es excelente por su twist. No es Jesús el de los superpoderes por ser hijo de Dios. Es ella la que desafía las leyes de la naturaleza por ser una especie de hechicera (evidentemente). Una vez crucificado, ella lo resucita, a Él, por puro amor, pero no recibe a cambio lo que espera. O, al menos, eso creemos. La ambigüedad del final nos hace rebotar del engaño al masoquismo y del masoquismo al engaño. Hay algo de goce en este sufrimiento.

Un segundo relato, “Luto”, el inmediatamente posterior, continúa con la exploración de los ambientes bíblicos. Dos hermanas viven bajo el feroz yugo de un hermano, pero solo una de ellas, María, es sometida a espantosas vejaciones físicas y sexuales solo porque un día fue hallada masturbándose. “Marta se arrodilló ante su hermana. Elevó los brazos abiertos hacia ella y le susurró diez, treinta, cien veces nunca más, nunca más, nunca más. Y se arrepintió de estar lozana, de estar virgen, de estar viva”. Marta idea un plan para escapar del monstruoso hermano, pero una suerte de milagro invertido echa por los suelos las ilusiones de fuga de ambas hermanas. Aquí la libertad sexual es una imposibilidad casi metafísica.

¿Hay alguna mujer que logre salir indemne de estos relatos? Pues no. La desgracia o la catástrofe siempre acechan, y están ahí para sumar una nueva agresión, una nueva violación, una muerte. Pero eso no hace de Pelea de gallos un libro sombrío. Ampuero es cronista con dos libros periodísticos a cuestas. Quizás por eso intuye que salpicar ironía es necesario para tomar algo de distancia frente al horror, o que tener buen oído para lo oral aligera el drama. Hay algo de tragicómico en “Monstruos”, un cuento sobre el abuso sexual contra una empleada doméstica contada desde el punto de vista de dos hermanas pequeñas adictas a las películas de terror. Y también la hay en “Coro”, donde un grupo de señoronas chismosas y maledicentes de clase alta descubren que la mujer del servicio hace ritos vudú. Este cuento en particular roza lo fantástico de una manera muy tradicional: la subalterna aplica su venganza con las armas de lo sobrenatural. Pero el estilo de Ampuero es tan sólido y técnicamente impecable (en primera, segunda o tercera persona tiene la misma soltura y el mismo impacto) que es mejor sorprenderse primero y pensarlo después.

No todos los relatos son redondos, como es obvio. Hay algunos decididamente misteriosos como “Crías” (quizá sobre el deseo perverso, involucra hámsters), o “Persianas”, de tintes incestuosos entre madre e hijo y el único con una voz masculina (dicho sea de paso, el incesto es una inquietud que circula soterrada por todo el libro). Son relatos que huyen un poco del realismo y que quizá ganen más con una segunda lectura.

Para el final dejo el que me pareció el mejor relato, el primero, el notable y feroz “Subasta”. Va sobre el tráfico de personas contado en primera persona por la propia secuestrada. Es breve, económico a lo Hemingway, divertido y brutal. Un clásico instantáneo y una gran manera de empezar un libro de cuentos. El secuestrado es el lector.

3.5/5