jueves, 31 de enero de 2008

Reseñismo salvaje


Excelente artículo de Garth Risk Hallberg en Slate. Intrigado por una reseña positiva de su propio libro aparecida en Amazon.com, visitó la jungla que cobija a los reseñadores amateurs en el site y descubrió no pocas de sus trampas y miserias. Spoiler: al parecer son las mismas trampas y miserias de los medios tradicionales -léase, profesionales- contra las que la Web 2.0 supuestamente estaba peleando y que estarían enquistadas en los siguientes rubros: credibilidad, opinión desinteresada e independencia de la maquinaria de la industria editorial.

La madre del falso cordero se llama Top 10 Reviewer. La cuantificación del trabajo literario amateur en Amazon.com ha producido una suerte de reseñismo salvaje que bien pudo haber empezado inocente y bienintencionado, pero que ha terminado en una angustiante carrera de lectura contra el tiempo y provocado la aparición de lo que, muy en peruano, se llamarían "mafias": componendas, trueques de favores, compra de opiniones.

¿La razón? Ser un Top 10 Reviewer tiene sus privilegios. En primer lugar, reconocimiento en la red. Segundo, libros (CDs o películas) gratis. El sistema incentiva distorsiones imposibles de creer. Grady Harp, No. 7 en el ránking, tiene en su haber 3,500 reseñas. La número 1, Harriet Klausner, tiene un promedio de 45 reseñas semanales durante los últimos cinco años. Pero las hazañas ha traído denuncias: se les acusa de complacientes, de estar influidos por los editores, de no leer el libro que reseñan y -en el caso de otro reseñador estrella amateur, John Matclock-, de esconder tras su nombre oficial el trabajo de 27 reseñadores distintos. Suena familiar.

Garth Risk Hallberg concluye con lo siguiente:


However, by refashioning Web 2.0 as a proprietary marketplace, Amazon's reviewer rankings subject enthusiasts like Grady Harp to the same pressures that confront the professionals they were supposed to replace. To keep writing, lest another reviewer usurp one's spot. To say something nice, in hopes that someone will say something nice about you. And to read for work, rather than for pleasure.

Para mi gusto, lo más interesante del artículo es esta desesperación por ofrecer credibilidad. El consumidor espera realmente una opinión desinteresada. Y esta búsqueda por the real thing ha desplazado la mirada de la prensa a la web, con su perfil punkoide y rebeldoso. En el Perú la dinámica es similar, pero a escala. Los contenidos propios de internet relacionados al reseñismo literario, y hasta donde mi memoria alcanza, empezaron con Leonardo Aguirre (1) en Agencia Perú. Su notoriedad fue exclusivamente un fenómeno de la red: lenguaje avispado, sentido del humor, argumentos inusuales ("a veces tengo la impresión de que el autor ha escrito este libro sólo para sus amigos. Es decir, sus amigos realmente cercanos, entre los que no me puedo incluir.", escribió sobre un libro de Abelardo Sánchez León). La pequeña celebridad que disfrutó no fue casual: había un público esperando otra cosa. Y tampoco es casual que el bando profesional se ensañara a su vez con su deliberado amateurismo.

Un ejemplo menos exitoso ha sido el caso de La vaca profana. Lo confieso: sus reseñas me resultan muy densas, y de la peor manera. Pero más allá del texto, una razón para que La vaca profana no tenga el peso que su lenguaje pareciera merecer es que es, precisamente, un seudónimo. En esta batalla por la credibilidad en la red es de algún modo necesario mostrar todas las armas, demostrar que no hay nada oculto bajo las mangas. Es difícil identificarse con un disfraz del que -se dice- no sólo hay un reseñador encubierto, sino varios. Es un gran golpe a la credibilidad. (2)

Menos creíbles aún son los anónimos o los seudónimos que poseen lenguaje de anónimos. Puerto el Hueco es el comentario marginal literario convertido en pogo. Y ahora último me ha intrigado un seudónimo llamado Federico Villarán que desde su blog Lengua Viperina y tras la máscara de "V" lanza clamores a la honestidad (intelectual) y a la verdad, pero que nunca baja de su pequeño peldaño declarativo: "Me siento tan bonaerense como trujillano (Peru) o como yanqui. Adoro a los gringos y su cultura, a sus padres fundadores y sus fast food. ¿Y?". Me hace recordar al Poeta de la Calle.

Y paramos de contar. Espacio e intenciones sobran en la web 2.0, pero no muchos se animan a tomar la posta con nombre y apellido. ¿O es que el amateurismo congénito de la red es una cruz demasiado difícil de cargar justamente por ser demasiado honesta? ¿Nadie quiere ser estrella en la reality TV (o web) de la literatura?

Even Better Than The Real Thing - u2:






(1) Este blogger y el escritor no comparten ningún tipo de parentesco.

(2) Además,
La vaca profana es sumamente irregular en su periodicidad y no acepta comentarios, craso error en la dinámica web 2.0. Se pueden enviar correos con comentarios, pero hasta el momento no he visto ninguno publicado.

En la foto: Joe Strummer

martes, 29 de enero de 2008

Un escritor en la RDA


En "La vida de otros" de Florian Henckel von Donnersmarck hay una imagen del escritor. O, más bien, varias. Paul Cantor para la Christian Review describe el siguiente paralelo entre el espía de la Stasi y el dramaturgo oprimido en la dictadura:

At various points, we see Dreyman working at a typewriter, calling up words that can move audiences and perhaps alter the course of history. Donnersmarck counterpoints these moments with scenes of Wiesler sitting above Dreyman's apartment in his lonely observation post, also at a typewriter but merely taking down what amounts to dictation. Several scenes in Wiesler's starkly furnished apartment establish how devoid his own life is of any emotional content, but he gradually changes as a result of what he observes in Dreyman's home.

(...)

When Dreyman begins writing an article for a West German magazine exposing the scandalous rate of suicide in East Germany, Wiesler backs up the dramatist's cover story about working on a politically correct play about Lenin—to the point of actually manufacturing details about the non-existent play in his daily reports. As Donnersmarck explains in his commentary, "suddenly this incredibly uncreative person is forced into creativity." The moment would be comic if the context were not so tragic, and Donnersmarck wisely decided not to provide too many details about the Lenin play Wiesler concocts. With his typical economy, Donnersmarck gives us just enough to make his point, and it is a point deeply rooted in the German humanistic tradition, the tradition of Goethe and Thomas Mann. In the conversion of Wiesler, The Lives of Others ultimately teaches a lesson about the humanizing power of art, perhaps even art's power to save a person's humanity in the midst of the most dehumanizing of regimes.


Pero la humanización de Wiesler no es tan radical. Al menos no en apariencia. En su semblante derrotado de cartero de las últimas escenas posiblemente se esconda la vida interior de un amante de la vida, quizás de un lector voraz. Es imposible de saber. Pero es Dreyman quien sufre hasta dos transformaciones algo claras. Al inicio es un dramaturgo respetado, pero que respeta también los límites impuestos por la dictadura. Su arte es edificante para ambos bandos -las dos Alemanias- y a la vez es una burbuja, un ejercicio meramente estético. Sus colegas le reclaman compromiso político. Es con el suicidio de un amigo que despierta del letargo y empieza a usar su talento para la denuncia anónima. Y una vez que el Muro cae, puede juntar esos dos modelos de escritor en una especie de síntesis. Como si recién descubriese de qué trata escribir. Por su lado, el trabajo de transcripción de Wiesler curiosamente resulta tan fascinante como una buena novela. Al menos eso se puede colegir de la lectura concentrada de Dreyman al revisar sus propios archivos secretos. Ahí estaba contada su vida desde un punto de vista muy particular. El espía Wiesler -con sus frases cortas, sus fechas y su método- no resultó mal escritor después de todo.

Otra versión del escritor:

viernes, 25 de enero de 2008

Nada fiel a la realidad


Ayer, una salida al cine a ver La letra escarlata de Wim Wenders (1972) con cierta expectativa en El Cinematógrafo. La experiencia fue torturante. Qué manera de echar a perder una novela. Reflexión instantánea: ¿puede una película tomarse licencias con la obra original, las que quiera? La serenidad dice que sí. Pero la rabia por una y hora y pico de sinsentidos dice que no. Wenders tuvo 25 años al filmar su Letra Escarlata en España (la locación que simuló Boston). Y parece que no comprendió ni una línea de la novela, ni siquiera argumentalmente. La rabia es siempre más fuerte que la serenidad. Y no está mal que sea así.

La relación que hay entre una película basada en una obra literaria –sus retroalimentaciones y sus tensiones-, son similares a las que existen, con mayor amplitud, entre la ficción y la realidad. Pero es una relación mucho más manejable porque, creo, una película y una novela son a la larga dos entes ordenados. La realidad no tiene orden, así que la ficción no se mete con ella en igualdad de condiciones: más bien, la violenta. Y en esa violencia hasta las personas más articuladas pierden la serenidad. O sea, la serenidad de saber que una ficción no tiene por qué guardarle fidelidad a la realidad.

Dos ejemplos estrenados no hace mucho en Lima: Fur y The Black Book. La falta de serenidad proviene las dos veces del New Yorker, pero por dos críticos distintos. Fur se basa en la vida de la fotógrafa Diane Arbus y su fascinación por los personajes extraños. La película se toma mucho tiempo en esta fascinación –que es una fascinación sin cámaras ni fotos- y narra el encuentro entre la Arbus y los amigos cercanos de un hombre peludo y misterioso, todos freaks. David Denby describe con impaciencia estos episodios para finalmente decir qué cosa le falta a la película:


In these goings on, there isn’t a trace of the Diane Arbus who was friends with many New York artists and intellectuals of the nineteen-fifties, who obsessively studied the work of August Sander and Walker Evans, who took classes from Berenice Abbott and Lisette Model, and who became a highly conscious, fully articulate teacher as well as a daring and even dangerous artist. This Arbus doesn’t have an idea in her head, though she sure is a fine lady. The movie is meant to be an erotically charged version of “Beauty and the Beast,” but it comes off as Mrs. Miniver Meets Chewbacca.

Es decir, a la película le faltó Historiar. ¿Es un mal argumento? Sí, pero también describe una reacción natural de la violencia de la ficción. Lo más probable es que Denby sólo haya conocido a la Arbus a través de otros libros (y, a lo más, por testimonios). Y esa es su realidad. (1)

Ejemplo 2. The Black Book. La película está basada en hechos reales, pero está narrada como una gran aventura y sin ningún tic documentalista. Es la historia de una joven mujer judía unida a la resistencia holandesa durante la ocupación nazi. The Black Book es muy entretenida y, por más dramático que sea lo contado, divertida. Pero a Anthony Lane, crítico de cine, lo saca de quicio:


In Holland, as in other occupied countries, acts of resistance were carried out with exemplary coolness. A browse through Elsa Caspers’s “To Save a Life: Memoirs of a Dutch Resistance Courier,” published in 1995, confirms as much, and I suspect that Caspers was a useful source for Verhoeven and his co-screenwriter, Gerard Soeteman. “To Save a Life,” however, is rooted in moral stamina and the harshness of deprivation; the winter of 1944 and the succeeding months (the time frame of “Black Book”) saw the Netherlands besieged by famine, with people grating tulip bulbs to make soup. None of that desperation pinches Verhoeven’s film. Resisters and collaborators alike are elegantly dressed, with plenty of flesh on the bones, and some of Rachel’s escapades have the casual air of a spree.

En una objeción que difícilmente se suele leer: el crítico le pide al director que le sea fiel al libro con el cual él –el crítico- conoce ese período de la historia. Es decir, le pide que sea un mago. Y sin embargo, su rabia está justificada: la ficción ha violentado su realidad.

Los seres humanos detestan la ficción que no guarda relación con su realidad. ¿Por qué? Es casi imposible decirlo -¿cuesta acaso demasiadas energías reordenar el mundo a cada rato?- pero lo cierto es que sucede. Después de años y años de decir que ficción e historia no se deben mezclar, hasta los más cultivados lo hacen. Pero no son metidas de pata de crítico. Al parecer, cada quien defiende sus territorios imaginarios diciendo: “tú no sabes lo que yo sé”.


(1) El director de Fur previó esta forma de interpretar su película y por eso la subtítulo An Imaginary Portrait of Diane Arbus. A pesar de ello, en este caso fue difícil que la ficción se saliera con la suya.

martes, 22 de enero de 2008

Las langostas y la pirámide


Recuerdos de la vida periodística: mofarse de los académicos que vivían encerrados en sus clases universitarias, en la discusión teórica y en las pocas veces que aterrizaban en la vida común y corriente, eso que un periodista etiquetaba como "realidad". Aún así, muchos de los artículos tenían espacio para la opinión experta. Eso le daba credibilidad a lo descrito. Visto desde su lado, sin embargo, el académico podía ver que el approach periodístico era muy superficial (1,000 palabras no reemplazan años de investigación). A los 20, y enamorado de las bibliografías, pensaba igual. Pero obviaba un punto: la practicidad de coger una idea útil y propagarla (agregado: "en la menor cantidad de palabras posibles")

Tiempo después aparecen los blogs y con ellos el desdén y la desconfianza en los grandes medios. Parece que tanto reinado separó a la prensa de lo que los bloggers consideran la "verdadera realidad". Hay cosas que no están diciendo, que están ocultando. Los blogs discuten lo que no se quiere discutir. Y es ahora la prensa la que mira con desdén la superficialidad: un post no reemplaza un artículo de investigación ni se compara por asomo a su sistema informativo. Es más, parasita de él.

La última sección en la pirámide la constituyen los comentadores, generalmente anónimos. Una masa ruidosa y sin forma que como una nube de langostas devora y regurgita toda la información que encuentra a su paso. Es la plaga que hace público el pensamiento privado. Es una amenaza a la jerarquía de la pirámide. Una pregunta: ¿cómo hace el académico para comunicarse con las langostas?

sábado, 19 de enero de 2008

Giro de timón en el Halcón Millenium


No me gusta el post anterior. Esto es un blog, no una sección de libros. Cosas que no dije: a veces he leído en Lima Freak excesiva literatura -léase figuras, metáforas, comparaciones, jogo bonito- que no me dice gran cosa o que busca poner la atención en el cronista y no en el cronicado. Comparo con Pequeños dictadores de Luis Felipe Gamarra: el lenguaje es más convencionalmente informativo. ¿Quién gana en la decatlón de la retórica y la pluma? Gana Robles de lejos. Pero lo de Gamarra es más útil: Hermoza Ríos, Alejandro Guerrero, Blanca Nélida Colán, Martin Rivas, son personajes emblemáticos, por momentos trágicos, por momentos cómicos. Son más interesantes. Ambos libros se conectan porque Robles colabora en Pequeños dictadores escribiendo sobre Laura Bozzo. La versión en Lima Freak de la presentadora de TV es completamente distinta. Sobredosis de tropos. Me quedo con el Robles a lo Gamarra.

Flash-back sobre Santiago Roncagliolo. Recuerdo la acalorada discusión que motivó la comparación que hizo de la ideología de Sendero Luminoso con la fuerza de Luke Skywalker en La cuarta espada. Apanado general del respetable mundo académico por una línea. Le suele pasar al mundo académico. Le pesco a Gamarra (1977) dos elaboraciones echando mano del mismo universo Lucas. En el perfil de Guerrero y sobre una reunión con Genardo Delgado Parker: "Al entrar en su despacho, sentí el mismo escalofrío que asaltó a los rebeldes que tropezaron con Darth Vader en el planeta Bespin: el aire acondicionado había congelado la habitación..." (pág. 107). Luego, sobre la Colán: "...como si se tratara de un personaje de una aventura de George Lucas, Colán quedó tentada por ese lado oscuro que lleva por naturaleza el poder". (pág. 117). ¿Superficialidad? No, sólo referentes generacionales. Pero quizás sea momento de dejar de usar Star Wars como un refranero que lo explica todo, así como dejar de comparar a Delgado Parker con Vito Corleone. (1)

Cosas aprendidas en esta inmersión intensiva en el mundo de los "perfiles": todos tienen la fatigosa necesidad de hacer saltos en el tiempo, adelante y atrás, acumular suspense, soltar a fin de párrafo la frase iluminadora o husmear por simetrías biográficas que podrían ser -no siempre- buenas ironías (Gamarra sobre Colán: "su carrera comenzó en una corte y terminó en otra"). Arriesgo el origen de este poco afecto a la linealidad en otra película: El Ciudadano Kane, con sus periodistas moviéndose entre las sombras y el regalo infantil que contiene la clave de una psicología adulta. ¿Qué hace un escritor de perfiles de hoy? Busca desesperadamente rosebuds.

Dedicada a Charles Foster: (2)




(1) En You've Got Mail se desliza la posibilidad de que El Padrino -coincidentemente otra versión sobre el "lado oscuro" del poder- lo explique todo. Dice Joe Fox (Tom Hanks): The Godfather answers all of life's questions. What should I pack for my summer vacation? "Leave the gun, take the cannoli."

(2) "Hide in your shell" - Supertramp. Concierto de 1983.

miércoles, 16 de enero de 2008

Un freak en la tumbona



La semana pasada vi la pequeña lista de libros que Caretas hizo para leer en la playa o en las tardes calurosas del verano 2008. Y aunque en teoría cualquier libro se puede leer en la playa, siempre y cuando sea adecuadamente portátil, me sorprendió no ver el que puede ser el libro playero por excelencia de este verano, la mejor compañía de la tumbona: Lima Freak de Juan Manuel Robles. No hay ánimo peyorativo: para que un libro coja tu atención en la playa tiene que ser muy entretenido. Lima Freak -un conjunto de ocho perfiles, para usar el término técnico-táctico de los dedicados al periodismo literario que describe lo que, visto con ojos más perezosos, no sería otra cosa que una biografía de pocas páginas- lo es y, además, puede serlo con cualquier tipo de lector. Está estupendamente bien escrito. Gran punto a favor.

Mi primer pero viene con el título. Los freaks son ocho en total: Genaro Delgado Parker, Frieda Holler, Cromwell Gálvez, Sofía Mulanovich, Leslie Stewart, Rafael Osterling, Laura Bozzo, Augusto Polo Campos. Conclusión de primer vistazo: ¿qué pueden tener de freak Delgado Parker, la Mulanovich, Rafael Osterling o la simpática neurótica de sobremesa Frieda Holler? Si hay algo que los une es el éxito en su sentido más tradicional. Y eso, para mi gusto, los exime del freakismo. Pero, además, sus psicologías, tal como aparecen en Lima Freak son tan humanas como cualquiera: Papaúpa es un prepotente del dinero; Sofi una cabeza hueca de las bravas, una que sólo corre tabla; Osterling un engreído -aunque es divetido leer cómo Robles se prodiga en guiños homoeróticos sobre el cheff-; y con la Holler podría haberse quizás sugerido que es una obsesivo-compulsiva patológica, pero la señora es tan buena persona y sus metas de vida tan irreprochables, que es todo un ejemplo de vida virtuosa. ¿Freaks? Por ningún lado.

Por su lado, Stewart no es ni freak ni exitosa. Es más, ¿alguien podría saber exactamente por qué es celebre? ¿Por el cuerpazo? ¿Por sus escándalos más básicos? Laura Bozzo es un caso fronterizo: no es un freak, es un capítulo de la dimensión desconocida, el personaje de la TV que nunca pudo volver a la realidad.

Pero, ¿qué es un freak? Robles se toma unas páginas para explicarlo y dice lo que yo más o menos tenía entendido: un "excéntrico a tiempo completo". Pero también extiende el significado un poco más: "aquel que se obsesiona con algo". Así las cosas, todos somos freaks. Pero debo mis reticencias a Tod Browning quien en su película Freaks definió el concepto para siempre: gente célebre y notoria por sus excentricidades o deformaciones físicas, o sea, por un supuesto talento único que todos quisieran ver, pero que nadie quisiera tener. El freak es un ser menor, alguien que vive al margen, irresistible para el morbo e imposible de emular. Por eso digo que el éxito convencional exime a cualquiera del freakismo.

El título, entonces, creo que fuerza un tanto el sentido para el empaquetamiento correspondiente. Nada grave. Pero si hay dos perfiles -los mejores y verdaderamente antológicos- que rescatan al freak al modo browningniano son los de Cromwell Gálvez y Augusto Polo Campos. El primero es un freak de las matemáticas y de la ventanilla bancaria -¡genial fenómeno!- que usó su talento para robar y conseguir chicas. El segundo, un ex policía tocado por los dioses para hacer rimas. No rimas excelsas ni profundas: rimas no más, pero en tiempo récord. Con ellos el estilo de Robles -y su propia mirada que está a medio camino entre la cachita peruana y el refinamiento dandy- cae a pelo, porque al ser tan florido, su ojo de pez literario deforma estos genuinos freaks hasta volverlos dignos de cariño. Y es con Cromwell Gálvez con quien se da el único momento de emotivo patetismo en todo el libro, el freak que comprende su destino de freak:

"-Chola, creo que mi reinado se va al diablo.
-¿Qué dices?, ¿por qué hablas así?
-Porque ustedes no me van a devolver la plata. Y vas a ver como mañana más tarde me voy a quedar solo."

El otro elemento freak en Lima Freak es el propio Juan Manuel Robles. Al final del libro incluye un epílogo donde explica su poética hablando de "alternativas estéticas", "no ficción", "periodismo narrativo", "literatura (sin adjetivos)", "capacidad de observación", "crónica de personaje", "perfil de situación" (que es la definición propia de sus textos), "entidad literaria única e imperecedera", "la búsqueda de una verdad profunda", "un relato que se arriesga y gana", "forma de literatura en la que no vale mentir". No atemorizarse: este libro está hecho para la tumbona.

Vamos a la playa. Cante y gane:



Los Red Hot Chili Peppers nunca se concentraron tanto para lo siguiente:



En la imagen: el increíble caso de Richard Sandrak.

jueves, 10 de enero de 2008

Cambié de opinión


Las preguntas de fin de año están bien. ¿Cuál fue tu libro favorito? ¿Tu película? ¿Tu blogger? Pero más radical puede ser la casi impertinente pregunta: ¿sobré qué has cambiado de opinión y por qué? que fue lo que la revista Edge le preguntó a más de ciento cincuenta personajes de la ciencia y las humanidades. El viaje intelectual en estas pequeñas viñetas de conocimiento acumulado es casi infinito. Algunos ejemplos:

  • Rebecca Goldstein: sobre lo equivocado que podría estar Popper con el principio de falsabilidad de las teorías científicas.
  • Freeman Dyson sobre la creencia de que las bombas en Hiroshima y Nagasaki terminaron con la Segunda Guerra Mundial.

Aquí en el Perú el transfuguismo político debe ser una gran veta de casos de cambio de opinión. El ejemplo más a la mano es García jugando ping pong con su noción de los ricos. Yo he cambiado de opinión varias veces, pero creo que las más profundas tienen que ver con dejar de ser agnóstico -¿qué significa eso?- para ser ateo; dejar de creer que el sexo puede ser practicado solo como placer; ceder unos centímetros en mi rancio antimilitarismo y ganarle aprecio a aquello que tétricamente se llama principio de autoridad -lo que me convertiría a los ojos de los demás en un facho- y la idea de que hay que respetar todas las ideas.

Como en la literatura siempre me interesaron las relaciones entre la realidad y la ficción, siempre me creí aquello del lector incompetente que no podía diferenciar ambos ámbitos. El lector competente sí puede, o más bien, debe hacerlo. Sin embargo, después de tantos casos últimos en los que claramente la gente los confunde, creo que más interesante es preguntarse por qué se siguen confundiendo, o si es que en el fondo no existe confusión alguna. Decirle incompetente a alguien no resuelve el problema, simplemente lo niega. En este punto he cambiado de opinión. No creo que existan lectores incompetentes.

También he cambiado de opinión sobre mis gustos. Hace lustros sospechaba de mi debilidad por "More Than a Feeling" de Boston porque a Miguel de Menudo también le gustaba. Hoy, libre de ataduras, me parece genial. Mandaré a Edge mi respuesta.



Versión Scrubs:

miércoles, 9 de enero de 2008

Señal de prueba


Este será el año de la opiniología. Todos opinan. Él opina, tú opinas, ellos opinan, vosotros opináis. Como lector adicto a los blogs desde hace un buen tiempo y a sus menudencias bélicas me he percatado de que la creciente marea de anónimos opinantes ha obligado a repensar la dinámica del diálogo y se ha llegado a la verdad suprema de que la mejor opinión es la que viene ligada por un tubito a tu nombre legal (con DNI) y por otro tubito a la glándula de la honestidad. No está mal como consenso. Lo último que hizo el administrador 07882819 de este blog fue firmar unas columnas de reseñas de libros en Correo -en la que ahora se encuentra su gran amigo y hombre de letras aceradas José Güich, saludos Pepe- que motivaron -al menos desde su atalaya de observación- reacciones más negativas que positivas. Es más, hasta un oftalmólogo dijo que algo andaba mal con la medida de sus anteojos. Vale. En la opiniología todos juegan y todo se puede. Pero el tubito No. 2 (el de la honestidad) siempre estuvo bien engrasado. En este blog se intentará hacer lo mismo. ¿Con la literatura? En su mayoría, sí, espero. ¿Con la literatura local? Claro pues. Veremos que sale. Por lo pronto este aviso: HABRÁ MODERACIÓN DE COMENTARIOS, LO QUE IMPLICARÁ HACER USO DE UNA ARBITRARIEDAD QUE LA MAYORÍA DE LAS VECES NI SERÁ EXPLICADA NI SUSTENTADA.

No molestarse.


PS: Mi memoria es mala: lo último que he firmado ha sido un par de textos para la pujante revista DEDOMEDIO, uno sobre el amor y otro sobre diez tracks para encamarse. Colocaba barbaridades (honestas) como la siguiente:

Sesión diaria de la pareja enamorada

Beautiful Girl – Inxs

Luego de varios meses –o años- dentro de una relación es difícil mantener la intensidad sexual del inicio. Esta verdad tan incontrovertible como el calentamiento global puede transformarse en mito teniendo como fondo al malogrado Michael Hutchence en su momento más soleado. “Bella niña, quédate conmigo” –la frase del coro-, no es un clamor, es en realidad una propuesta de matrimonio. Como el sexo a estas alturas no es desesperado, ni angustiante, y apenas si asoma con cierta lubricidad, las risas y las bromas matapasiones se perdonan con pellizcos en la mejilla: así sucede en toda gran amistad. Curiosamente, en esta sesión los amantes tienden a llevar el compás con las caderas, prueba irrefutable de la sincronía del amor crónico. Que Dios los bendiga, más allá incluso de la muerte.


Compruébese: