lunes, 31 de enero de 2011

Las limitaciones positivas del iPad

Luego de unas semanas de uso intenso del iPad confirmo una tendencia que, semanas antes de siquiera comprarlo, había delineado teóricamente: no es una plataforma para un serio y frenético multitasker. Esto, que algunos consideran una limitación imperdonable, para mí es un antídoto contra las horas gastadas en naderías, léase la tan mentada procrastinación digital.

No sé ni me interesa saber una definición científica del multitasking. Dentro de mi horizonte de usuario común entiendo que el multitasking halla su realización cuando se hacen varias cosas al mismo tiempo usando una máquina. Si, por ejemplo, fuese yo un diseñador o retocador de fotos, en la computadora tendría para empezar el programa adecuado abierto (Corel o Photoshop). Esa sería mi tarea principal e ineludible. Pero, además, tendría un programa abierto para acompañarme con música. Pero, además, mi casilla de correo electrónico recibiendo siempre mensajes. Pero, además, un chat para comunicarme con otros seres humanos. Y, además, un browser para ver las noticias de mi diario favorito en algún momento muerto.

Un browser multiplica las posibilidades de emprender otras actividades: ver videos, jugar solitarios, enredarse en una encuesta divertida en una red social. El multitasking acumula actividades y, en apariencia, nos hace ser más activos y productivos. Pero también acumula actividades que, a su vez, alargan la distancia entre el último task realizado y la tarea original.

El multitasking es posible porque las máquinas son cada vez más poderosas. El usuario común y corriente no suele tomar esto muy en cuenta. Es como si tuviera un helicóptero para ir a una bodega a diez cuadras. Con un helicóptero llegará a destino casi al instante, evidentemente, pero ya que posee una máquina de gran velocidad no lo pensará dos veces para visitar a un amigo a cinco kilómetros de distancia. Y luego a su madre a diez. También pensará que no estaría nada mal un paseo por la costa para ver el mar. Hay algo en la aceleración de nuestras actividades que distorsiona nuestra sensación del tiempo y nos hace creer que podemos meter en el mismo lapso más eventos sin vernos afectados (dicho sea de paso, son contados los individuos que de verdad necesitan un helicóptero)

El iPad no es una máquina poderosa. Al contrario, parece diseñada para hacer prácticamente una sola cosa a la vez. Saltar de actividad en actividad es un proceso oneroso, no a un click de distancia, sino a varios (siendo el primero el casi primitivo botón de home que nos lleva al listado de aplicaciones) con el gesto adicional de acomodar la pantalla según lo que pretendemos hacer. Todo va más lento. Lo que con la computadora era, metafóricamente hablando, un paseo neurótico por una ciudad, con la agenda llena de sitios para visitar, con el iPad el trote es más bien pueblerino, provincial. Su tour sistémico exige que nos detengamos en cada actividad con calma y plena atención. En ese tour no hay autos, todo es a pie. Pero lo que desde un punto de vista es una limitación, desde otro es un sosiego que nos devuelve los cinco sentidos y nos hace pensar mejor.

Desde que uso el iPad casi no entro al Facebook. Su aplicación es tan desastrosa que ni siquiera permite que el chat cargue. No hay quejas. Ahora leo mucho más.


lunes, 17 de enero de 2011

Correr en el malecón

La gran desventaja del verano para quien gusta de salir a correr por el malecón en Miraflores son los horarios. En Lima el sol empieza a calentar fuertemente entre las nueve y las diez de la mañana y se mantiene intenso hasta las cuatro y media o cinco. No es conveniente salir entre esas horas. Sin embargo, la gran compensación de estas restricciones son los magníficos atardeceres. Al placer del trajín aeróbico, se le puede sumar el placer del paisaje.

Es posible conceder que las estampas miraflorinas del malecón al ocaso sean tópicas y excesivamente aletargadas. Pero tal muzak visual relaja y amansa el espíritu. Uno ya no suele correr con la mirada detenida en el suelo -medida necesaria para evitar cualquier irregularidad del pavimento- sino en el horizonte. Se reconoce al instante la paleta cromática ligeramente lavada de muchos cuadros expuestos en el Parque Kennedy.

El circuito del malecón, convenientemente dividido en dos, un carril para ciclistas y otro para peatones, suele tener un tráfico muy ordenado. A diferencia de lo que sucede en las pistas aquí nadie se grita, ni se impacienta, ni se insulta. Todos son bienvenidos. Para quien corre los únicos potenciales peligros de la ruta, si pueden ser llamados así, son los niños muy pequeños -de movimientos bruscos e inesperados- y ciertas familias extensas cuyos miembros caminan uno al lado del otro bloqueando el ancho completo de la calzada. No se tome en cuenta el asesinato al paso de un joggista ocurrido hace unos meses en la mañana. Fue una situación excepcional.

Quien esto escribe cubre la distancia que va desde el Puente Villena hasta el Coliseo de la Avenida el Ejercito, ida y vuelta. Según sus cálculos son cuatro kilómetros y medio aproximadamente. La mayoría de corredores con los que se cruza son personas de más de treinta años. Es explicable (salud, prescripción médica, retardo del envejecimiento, etc). Probablemente la mayoría sean mujeres.

Salir a correr es al inicio una obligación disciplinada; luego es una necesidad. Solo después de un tiempo se transforma en un placer. Sucede cuando la resistencia del aire, casi mágicamente, comienza a tener la consistencia del agua. La física enseña que ambos elementos son fluidos.