martes, 29 de enero de 2008

Un escritor en la RDA


En "La vida de otros" de Florian Henckel von Donnersmarck hay una imagen del escritor. O, más bien, varias. Paul Cantor para la Christian Review describe el siguiente paralelo entre el espía de la Stasi y el dramaturgo oprimido en la dictadura:

At various points, we see Dreyman working at a typewriter, calling up words that can move audiences and perhaps alter the course of history. Donnersmarck counterpoints these moments with scenes of Wiesler sitting above Dreyman's apartment in his lonely observation post, also at a typewriter but merely taking down what amounts to dictation. Several scenes in Wiesler's starkly furnished apartment establish how devoid his own life is of any emotional content, but he gradually changes as a result of what he observes in Dreyman's home.

(...)

When Dreyman begins writing an article for a West German magazine exposing the scandalous rate of suicide in East Germany, Wiesler backs up the dramatist's cover story about working on a politically correct play about Lenin—to the point of actually manufacturing details about the non-existent play in his daily reports. As Donnersmarck explains in his commentary, "suddenly this incredibly uncreative person is forced into creativity." The moment would be comic if the context were not so tragic, and Donnersmarck wisely decided not to provide too many details about the Lenin play Wiesler concocts. With his typical economy, Donnersmarck gives us just enough to make his point, and it is a point deeply rooted in the German humanistic tradition, the tradition of Goethe and Thomas Mann. In the conversion of Wiesler, The Lives of Others ultimately teaches a lesson about the humanizing power of art, perhaps even art's power to save a person's humanity in the midst of the most dehumanizing of regimes.


Pero la humanización de Wiesler no es tan radical. Al menos no en apariencia. En su semblante derrotado de cartero de las últimas escenas posiblemente se esconda la vida interior de un amante de la vida, quizás de un lector voraz. Es imposible de saber. Pero es Dreyman quien sufre hasta dos transformaciones algo claras. Al inicio es un dramaturgo respetado, pero que respeta también los límites impuestos por la dictadura. Su arte es edificante para ambos bandos -las dos Alemanias- y a la vez es una burbuja, un ejercicio meramente estético. Sus colegas le reclaman compromiso político. Es con el suicidio de un amigo que despierta del letargo y empieza a usar su talento para la denuncia anónima. Y una vez que el Muro cae, puede juntar esos dos modelos de escritor en una especie de síntesis. Como si recién descubriese de qué trata escribir. Por su lado, el trabajo de transcripción de Wiesler curiosamente resulta tan fascinante como una buena novela. Al menos eso se puede colegir de la lectura concentrada de Dreyman al revisar sus propios archivos secretos. Ahí estaba contada su vida desde un punto de vista muy particular. El espía Wiesler -con sus frases cortas, sus fechas y su método- no resultó mal escritor después de todo.

Otra versión del escritor:

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