sábado, 16 de noviembre de 2019

"Tiempos recios" de Mario Vargas Llosa

La aparición de Tiempos recios, la última novela de Mario Vargas Llosa, ha provocado algunas reacciones divertidas, sobre todo entre cierta lectoría de izquierdas. 

Como la novela recrea el tablero político de Centroamérica en los años de la posguerra, en plena Guerra Fría y con la ominosa influencia sobre ella de los Estados Unidos, algunos criticones se han lanzado como fieras a la lectura del texto esperando comprobar cómo Vargas Llosa, un hombre supuestamente de “derechas”, justifica el imperialismo yanqui y sus ímpetus colonizadores. Ha sido divertido ver cómo estos lectores se han estrellado contra una pared. 

Tiempos recios, en su parte histórica y política, va en la dirección contraria. La novela destaca el papel modernizador en los años cincuentas del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, y cómo precisamente por ello fue víctima de una enorme campaña de propaganda que lo acusó de ser un agente comunista pro-soviético. Una conspiración internacional lo llevó a la renuncia en 1954. 

Árbenz era un idealista que creía en el sistema democrático norteamericano. Su pecado político fue forzar una Reforma Agraria que él consideraba civilizadora en una Guatemala atrasada y racista, y cuya élite, conformada por ricos finqueros, no estaba dispuesta a perder tan fácilmente sus privilegios sobre enormes masas de pobres y analfabetos. En la novela se dice de Árbenz una y otra vez: no fue un comunista. Pero eso no evitó el maltrato de los Estados Unidos y su prensa. 

Ambas, además de la CIA, quedan muy mal paradas en Tiempos recios, jalada de orejas novelística que, en realidad, tampoco nos debe hacer creer que estamos ante la versión ficcional de las convicciones de Vargas Llosa, el autor o comentador político. La buena ficción nunca es tan simplista, aunque cierta izquierda no conciba otra forma de literatura que no sea de propaganda o, más sutilmente, un artefacto ideológico de contenidos explícitos o subliminales nunca contradictorios. MVLL viene diciendo hace décadas que una novela es una construcción pulsional y no una racional. Demonios, instintos o pálpitos, tienen mayor control sobre el escritor que programas, ideas o planes de gobierno. La única lógica que se sigue es la de esos descubrimientos estéticos y emocionales mientras se va escribiendo. 

Tiempos recios no es la excepción. Por eso los personajes principales de la novela, los que son tratados con el mayor cariño literario (que no es lo mismo que simpatizar con lo que hacen) son los villanos. El ingenuo Jacobo Árbenz es indispensable como parte del decorado histórico, sin duda, pero la mayor parte de la novela y su corazón están con los personajes torcidos: la guatemalteca Martita Borrero —una nueva versión de la “niña mala”—, y el dominicano Johnny Abbes García, el erotómano agente de inteligencia del dictador Rafael Trujillo que ya habíamos conocido en La fiesta del Chivo.

La historia sirve a la literatura y no al revés. Pero, ¿qué es en este caso servir a la literatura? Aquí cabría abandonarse a la idea de la novela como obra abierta. La fijación de Vargas Llosa en Tiempos recios por la intimidad y los apetitos primarios de los personajes—el ámbito donde más libertad tiene para fantasear o novelar— provoca, creo, una inversión en el orden del mundo: son las extravagancias privadas las que terminan influyendo en el mapa de la gran política. 

Marta Borrero, —seductora, histriónica, ambiciosa—, es siempre la misma sin importar el sistema político en el que se encuentre. Del mismo modo, Abbes García sigue siendo el mismo en República Dominicana, Guatemala, Francia o Haití. Sus oscuras habilidades para los trabajos de inteligencia parecen más ligadas a su afición por visitar prostitutas que “se dejaban hacer las porquerías que le gustaban”. Su jefe Rafael Trujillo tiene esta vaga intuición antes de contratarlo: había “algo” en esa “rechoncha fealdad humana” que podía aprovechar. Hay un gran techo entre esto y una novela como Conversación en La Catedral (1969) donde, creo, la tesis era distinta: la degradación de la vida privada tenía su origen en la opresión social de las dictaduras.

En Tiempos recios, por tanto, la Historia con mayúsculas se subordina a la historia con minúsculas. Pero la Historia con mayúsculas es necesaria porque es la gran armazón de la novela. Felizmente, Vargas Llosa es un excelente contador de la Historia, y hace fácil seguir la cronología de la complicada vida política guatemalteca de los cincuentas, a pesar de que nunca lo hace linealmente.

Con la Historia, entonces, esto es lo importante en Tiempos recios. Tras la Revolución de Octubre de 1944 en Guatemala, llega al poder el reformista Juan José Arévalo. Estos cambios de los aires políticos encienden las alarmas de Sam Zemurray, dueño de la empresa norteamericana United Fruit Company, que ve peligrar en Guatemala su negocio monopólico de bananos (o plátanos). Los aires cambian mucho más cuando en 1951, vía elección libre y democrática, llega a la presidencia Jacobo Árbenz, un seguidor de Arévalo. Cuando Árbenz inicia una Reforma Agraria en Guatemala (a la manera de Taiwán) y espera, además, que las grandes compañías extranjeras empiecen a pagar impuestos (como nunca lo habían hecho antes) Zemurray decide sabotear al gobierno de Árbenz haciendo uso de la propaganda. El plan, elaborado por el relacionista público Edward Bernays, consistió en hacerle creer a la opinión pública norteamericana, y posteriormente al presidente Eisenhower, que Árbenz estaba transformando Guatemala en una puerta de entrada del comunismo soviético. Había que detenerlo a como dé lugar. Convencido de esta mentira, una suerte de enorme lobby propagandístico al que sirvieron acríticamente The New York Times, Newsweek, The Washington Post, entre otros, el gobierno norteamericano, a través de la CIA, procede a apoyar al golpista Carlos Castillo Armas, conocido como "Cara de Hacha". En 1954 Castillo Armas invade su propio país desde Honduras. Poco después Árbenz renuncia y una dictadura de derechas fuertemente atada a Washington se instala en el país.

Este es el marco histórico mínimo indispensable, que en la novela se cuenta a retazos y echando mano del estilo de una crónica periodística focalizada, es decir, siguiendo el punto de vista de los personajes como si éstos tuviesen una cámara documentalista montada sobre ellos. En el capítulo preliminar, llamado “Antes”, la crónica se cuenta desde el punto de vista de Zemurray y Bernays. En “I”, el real inicio de la novela, se presenta a la niña mala Marta Borrero. En “III” es el turno de Jacobo Árbenz. En “V”, de Castillo Armas. En “VII”, de Rafael Trujillo, etc. Es una solución literaria para que Historia e historia, política e intimidad, queden amalgamadas en un híbrido cuyo engrudo ficcional es la reconstrucción fantasiosa de múltiples subjetividades. Es una estupenda estrategia y muy verosímil.

Intercalados van breves episodios focalizados realmente novelescos, a la manera del estilo usado en una novela histórica reciente de MVLL como El sueño del celta (2010), y que proceden de la novela de aventuras. Se siguen en estos pasajes los misteriosos pasos en conjunto de un tal Enrique y el “dominicano”. Bares, prostíbulos, caminatas y conversaciones por las inmediaciones de la Casa Presidencial de Ciudad de Guatemala. Hay aquí un aire que recuerda las conversaciones entre Zavalita y Ambrosio de Conversación en La Catedral (o, desde una fuente no literaria, los diálogos entre Jules y Vincent en Pulp Fiction). Con el transcurrir de las páginas nos enteramos que ambos personajes están haciendo tiempo para perpetrar un magnicidio: el asesinato del presidente dictador Carlos Castillo Armas. Enrique es Enrique Trinidad Oliva, un traidor del círculo de Castillo Armas, y el “dominicano” nada menos que Abbes García, el enviado de Trujillo. Ambos tienen razones completamente distintas (y personales) para asesinar a “Cara de Hacha”.

Como queda claro, no hay linealidad en Tiempos recios. En el capítulo XIV Castillo Armas es asesinado y en el capítulo XXV reaparece como parte del universo subjetivo del embajador norteamericano John Emil Peurifoy, hombre fuerte de Washington dispuesto a torcer cualquier voluntad política guatemalteca, sobre todo la de sus altos mandos militares en los años de la presidencia de Árbenz. Los saltos en el tiempo hacia adelante y hace atrás dan la impresión de un remolino cronológico que replica la nula progresión en la vida política de Guatemala, una “dictadura tras dictadura” como se dice en algún momento. 

A la vez, las ondas dispares del remolino convergen temporalmente en el último episodio de la novela que involucra a Abbes García y su huida a Haití en algún año posterior a 1964 (no se dice cuál es, pero sabemos que fue 1967), capítulo truculento realmente notable. Llegados a este punto, el estilo de la crónica y el de la subjetividad van tan entremezclados que es imposible distinguirlos uno del otro. Vida nacional y vida privada se vuelven, al parecer, una sola cosa. La coda llamada “Después” la discutiré luego.

Algunas voces desde el feminismo han criticado muchas veces a Vargas Llosa por su nula perspicacia para representar la subjetividad femenina. Este es, por supuesto, un falso problema. El escritor —desde una individualidad innegociable que incluye su género—, construye, arma, inventa; no hace de médium transparente de una (supuesta) realidad. 

La “niña mala” es uno de los arquetipos femeninos vargasllosianos, ampliamente novelado en Travesuras de la niña mala (2006). Es un tipo de mujer que ejerce una fascinación magnética, producida doblemente por su gran atractivo sexual y sus dotes de superviviente, quizá de arribista y embustera. Esta mujer dolorosamente irresistible está inspirada en Emma Bovary. La Bovary de Tiempos recios es Marta Borrero, Miss Guatemala, personaje basado a su vez en una mujer real. Esto nos lleva al backstory de la escritura de la novela. 

En el 2017, en una columna titulada “Bananeras”, Vargas Llosa cuenta prácticamente todo el argumento de lo que sería Tiempos recios. El meollo de la columna es una revelación aparecida en el libro La rapsodia del crimen. Trujillo vs Castillo Armas del historiador y periodista dominicano Tony Raful (una de las personas a las que va dedicada la ficción). En el libro se cuenta que, por razones realmente banales, fue Rafael Trujillo el cerebro detrás del asesinato de Castillo Armas en 1957. La mano ejecutiva habría sido Abbes García. No fue un plan particularmente sencillo porque, para poder perpetrar el crimen, Abbes se sirvió de la amante del presidente guatemalteco. Por supuesto, Vargas Llosa quedó fascinado con este personaje. 

Los magros datos de la realidad se vuelven en la novela sustanciosa fantasía. En Tiempos recios toda la biografía de Marta Borrero, la amante de Castillo Armas, es relatada. Desde su acomodada infancia como hija y niña de los ojos del finquero Arturo Borrero, pasando por su compleja adolescencia en la que tiene una aventura con el doctor Efrén García, amigo de la familia, que termina embarazándola. Este episodio tiene, sin duda, los visos del abuso. Pero el vórtice de Bovary es lo que interesa en el universo Vargas Llosa. En uno de los capítulos dedicados a Efrén García éste se pregunta sobre Martita: “¿Es inocente o diabólica?”, duda que lo llena de un gran sentimiento de culpa. Solo en la literatura la cuadratura del círculo es posible. 

Miss Guatemala, cansada a los veinte de vivir con el aburrido Efrén, escapa de casa, abandona a su hijo, y seduce al paranoico y mediocre dictador Castillo Armas. Pero no queda ahí. También siente una irresistible fascinación por Abbes García, a pesar de que le parece repulsivo. “¿No serás una pervertida?”, se pregunta. Terminan, claro, como amantes. Y, poco después, gracias a unos oportunos sobres con billetes, el camino hacia su independencia, no siente reparo en ser informante de la CIA. El bovarismo de Vargas Llosa es mucho más intenso que lo político: es el gran motor de la novela. Por eso Trujillo puede afirmar lo siguiente de los hombres de poder: “Las queridas suelen tener más influencia que las esposas legítimas”. No es una verdad sociológica, evidentemente. Es una verdad literaria.

Tiempos recios cierra con un capítulo titulado “Después” donde un “don Mario” toma el comando del relato en primera persona y usando por primera vez el presente verbal. Es un guiño a lo que Vargas Llosa hizo en Historia de Mayta (1984), una de sus mayores reflexiones novelescas sobre las confusas y ambiguas relaciones entre la verdad y la ficción. Como en Mayta, el autor (como personaje) va en busca del modelo real para confirmar o desestimar lo fantaseado. 

Martita Borrero, Miss Guatemala, está ahora viviendo en los Estados Unidos, y aunque don Mario intenta sonsacarle alguna confesión sobre sus vínculos con la CIA y el asesinato de Castillo Armas, lo que realmente quiere es confirmar qué tan real era su atractivo. Sin duda lo es, porque en su rostro “siguen brillando con arrogancia y cierto misterio aquellos ojos que tanto impresionaban antaño a las personas que la conocieron, sobre todo a los hombres”. Es un capítulo que está escrito desde cierta nostalgia y melancolía por los tiempos recios ya idos de los cincuentas, aquellos arrullados por los boleros de Leo Marini y formidablemente revividos en la novela. Y, también, están escritos desde la aceptación literaria de la vejez. Esta vez Madame Bovary no ve interrumpida su vida por la tragedia, sino que llega hasta el final de su existencia dueña completa de sus recuerdos y su legado. “No se moleste en mandarme su libro cuando salga, don Mario. En ningún caso lo leeré. Pero, se lo advierto, lo leerán mis abogados”. El personaje, o la ficción, le gana o se rebela frente a su autor.

Tiempos recios es una de las mejores novelas de Mario Vargas Llosa. El veterano Vargas Llosa no solo despliega un gran conocimiento sobre la naturaleza de las ficciones y sus enormes posibilidades (lo que no podía ostentar el juvenil), sino que puede dialogar sin problemas con su propio universo, expandiéndolo hacia nuevas lecturas e interpretaciones. Por eso puede colar al “héroe discreto” Crispín Carrasquilla en uno de los capítulos (¿no recuerda su episodio, además de la novela El héroe discreto (2013), al argumento de “Los jefes”, el primer relato publicado por el Nobel en 1957?) o hacer repetir a Castillo Armas que la CIA es la “madrastra”. Aún hay mucho pan por rebanar.