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lunes, 14 de octubre de 2019
El informe de la Comisión de Venecia. ¿Quién ganó?
miércoles, 9 de octubre de 2019
Vargas Llosa y los semianalfabetos
Se podría ver el tema de otro ángulo. Ser un cascarrabias con los "semianalfabetos" implica al mismo tiempo apreciar al lector. Leer no es poca cosa. En buena cuenta significa meterse en la cabeza de otras personas y descubrir sus ideas sin necesidad de conversar directamente con ellas. Por eso podemos leer a los muertos. Además, leer es un gesto de humildad: expresa que mi experiencia personal es insuficiente para dar cuenta del mundo. Los alfabetizados tienen una increíble habilidad a su disposición.
Pero centenas o miles de libros leídos son inútiles, claro, si se lee de mala fe. No tiene mayor sentido ser un brillante usuario de la lógica, un experto en detectar sofismas, o un sutil argumentador si es que el objetivo final no es la búsqueda de la verdad. La mayoría de personas racionaliza, es decir, escoge aquellos argumentos que apoyan sus ideas preconcebidas. Es lo normal y lo que nos ayuda a sobrevivir. Pero leer para buscar la verdad es cosa de una minoría. Esa minoría es la que va a contracorriente, la que no teme dar vuelta en U, la que admite que puede equivocarse. Creo que Vargas Llosa es parte de ese grupo.
martes, 4 de junio de 2019
Retablo, reseña con spoilers
Retablo es excelente porque prefiere decir poco y armar sus tomas con un cuidado más estético que ideológico (a pesar de la mención a Soccos y otra, quizá demasiado subrayada, a los años de la violencia). Eso la hace rica en símbolos, algunos misteriosos, otros ambivalentes, pero todos potentes e inolvidables. También está, claro, el entorno andino, que se recrea desde la perspectiva del pueblo chico, llena de rituales hermosos, pero también ineludibles, donde a un tiempo conviven el disfrute de lo comunitario y la férrea norma social.
Con los Andes el exotismo en la representación es siempre un peligro. Pero Retablo es menos una contemplación sobre el paisaje que una película rendida a su propia historia. Apenas Segundo, el hijo, descubre por una rendija el comportamiento sexual de su padre retablista, los Andes se vuelven exóticos y enrarecidos para él. Su padre ya no es su padre, sino un adulto sospechoso. Su madre, una pobre mujer ya no solo coja, sino ciega. Lo mismo con las casas, los caminos, la gente, las fiestas, o la comida. Como la mirada de Segundo es la mirada de la película, el enrarecimiento es absoluto y la película nos obliga a ver dos veces. Nos volvemos detectives de la ficción y de las metáforas.
La principal de ellas es, por supuesto, el retablo mismo, caja de representación y de puesta en escena. El director toma la decisión de romper la llamada “cuarta pared” algunas veces, lo que llama la atención, al igual que colocar la cámara dentro de los propios retablos, como si los espectadores fuésemos los personajes de pasta de papa observando el teatro de la humanidad de carne y hueso. La dualidad de lo real y lo representado nos hace pensar en vidas dobles, sea en la sexualidad, en las funciones familiares, o en el espacio de la comunidad. El conflicto del grupo versus el individuo es uno de los temas que se sugieren.
El retablo es también, quizá literalmente, un clóset. Lo vemos abrirse y cerrarse continuamente. Pero no queda claro si se sale del retablo o si se entra en él, si acaso la versión de los hombres que queda congelada en manos del artista es superior a los reales, siempre fallidos, pero con sueños. El retablo como representación, entonces, es ambivalente: el retablo de la familia patriarcal que se nos presenta al inicio parece una impostura. El retablo que esculpe Segundo al final es una revelación.
Los tiempos actuales parecerían inspirar visiones heroicas de la homosexualidad, resistentes a incomprensiones o asfixias políticas. Pero en Retablo su tema principal tiene tonos grises. El padre no solo tiene comportamientos homosexuales, también es un esposo atormentado, alcohólico e infiel. Y si bien conocemos las circunstancias consensuadas de lo que en la película es su primer acto homosexual, no tenemos idea de qué pasó en el segundo. Solo sabemos de un padre que vive en constante crispación nerviosa, demasiado alerta de lo que lo rodea, asustadizo. Es muy llamativa aquella escena en la que observa el ajusticiamiento de un ladrón con una empatía al borde del llanto, quizá adelantándose a la golpiza de la que será víctima cuando se descubra su “cochinada”.
Finalmente, habría que decidir si la película tiene sus puntos más altos en mostrar los violentos ritos de pasaje masculinos que van de la adolescencia a la adultez (totalmente universales) o si toda ella es, en suma, un notable retrato del artista adolescente. Eso habla bien de lo visceral y sofisticada, ambas cosas a la vez, que es Retablo. Al principio, Segundo es un aprendiz que recibe un conocimiento técnico, pero luego de la humillación, los golpes y la muerte, sus figurillas comienzan a asumir el vuelo de lo verdadero. El artista, solitario al igual que el padre, lo es contra todo y contra todos.
5/5
Retablo es dirigida por Álvaro Delgado-Aparicio
jueves, 23 de mayo de 2019
La novela como historia
Hice esta lectura por un nicho particular de interés. Trata sobre una de mis obsesiones en la teoría literaria: las relaciones entre la literatura y la realidad. O, en otras palabras, entre la ficción y la verdad. Entiendo que esto puede resultar aburrido o poco interesante para el lector ocasional, pero incluso el lector más ocasional se ha preguntado en algún momento lo siguiente: ¿dicen las novelas la verdad?
La respuesta parece obvia: claro que no Sin embargo, aunque sea difícil de creer, muchas personas, incluso las muy cultas y leídas, piensan que sí. En La novela como historia, Eduardo Posada Carbó, periodista colombiano e historiador de Oxford, aborda este tema con absoluta transparencia. Este volumen reúne una serie de ensayos que discuten la relación entre la ficción y la historia. Para ello, Posada Carbó coloca en el quirófano analítico el tesoro cumbre de la literatura colombiana: Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Posada Carbó ve un serio problema en cómo los historiadores han usado la célebre novela "como una fuente fidedigna para la reconstrucción y el entendimiento del pasado". En esta disección, Gabo —quien se vanagloriaba de inventar maravillas ahí donde nada había pasado— tampoco queda bien parado, pero el autor intenta ser lo más justo posible, tanto con la literatura como con la historia.
Es necesario proporcionar algo de contexto. El evento histórico que analiza Posada Carbó es central en la historia de Colombia: la matanza de las bananeras de 1928 en Magdalena, al norte del país. Este evento no solo es crucial debido al horror de la respuesta represiva del gobierno conservador de la época, sino porque puso fin a la hegemonía conservadora que había durado varias décadas. Después de la matanza, surgió en el escenario político el populista Jorge Eliécer Gaitán, cuyo asesinato años después desencadenó el llamado "Bogotazo". Como se recordará, el evento de la matanza de las bananeras aparece ficcionalizado en Cien años de soledad. La controversia que Posada Carbó intenta resolver es el número real de muertos que hubo en aquella huelga contra la United Fruit Company. No es un tema menor para un historiador. Y aquí está lo curioso: en la novela son tres mil los muertos después de la matanza, pero años después García Márquez confesó que infló el número porque necesitaba un desenlace espectacular para su relato. Para el escritor, no hubo en realidad más de tres o cinco fallecidos.
El impacto cultural de Cien años de soledad fue tan grande que la cifra de tres mil muertos quedó grabada en el imaginario colectivo colombiano y, desde entonces, se ha repetido constantemente, incluso por historiadores. Sin embargo, no solo nos enfrentamos al problema específico de un dato ficticio que se presenta como real, sino también al problema más amplio de reclamar la superioridad de la literatura sobre la historia para entender el pasado. Según Posada Carbó, esta idea es muy frecuente entre los escritores colombianos. De hecho, algunos de ellos creen que la verdad de Latinoamérica se encuentra en las novelas que se han escrito sobre ella.
Por cierto, en ningún momento el autor busca refutar la literatura. Posada Carbó entiende, como todos deberíamos entender, que una novela no tiene por qué guardar fidelidad a los hechos históricos. En ese sentido, Gabo es completamente inocente de haber hecho lo que era necesario para su novela. Pero al mismo tiempo, Gabo el intelectual, Gabo el influyente, Gabo el periodista, fue un duro crítico de la historia como profesión. No le reconocía ningún avance. El escritor desconfiaba de las "historias oficiales", creía que los colombianos sabían muy poco de su historia, que no conocían su identidad y que vivían anclados en la época colonial. Según él, la historia oral era "mejor que la escrita". Al parecer, y según Posada Carbó, García Márquez no tenía una gran vocación por retratar fielmente el pasado. De hecho, en su autobiografía Vivir para contarla, al narrar nuevamente cómo elaboró el pasaje de las matanzas en Cien años de soledad, el Nobel afirma que, después de realizar una extensa investigación, llegó a la conclusión de que "la verdad no estaba en ningún lado”.
En uno de sus ensayos, Posada Carbó se propone averiguar la verdad e intenta reconstruir factualmente los trágicos sucesos de 1928. Para descubrir lo que realmente ocurrió, tendrán que leer el libro. Una gran conclusión de La novela como historia es que novela e historia son dos géneros distintos, cada uno con sus propias reglas (a pesar de la popularidad de aquellos intentos posmodernos por borrar los límites entre la historia y la literatura, como los de Hayden White). Una novela no es refutable. La historia, en cambio, sí lo es, pues intenta ser fiel a los hechos. “Toda historia requiere perpetuamente ser corregida por más historia", escribe Posada Carbó, citando al historiador británico Herbert Butterfield. Eso no significa, por supuesto, que debamos descartar las novelas. Para un historiador, las novelas son insumos importantes para una investigación, ya que, como sucede con Cien años de soledad, a veces una comunidad de lectores construye realidades sobre sí misma a partir de ellas, algunas muy poderosas y duraderas.
La novela como historia es un libro muy breve, y es un excelente punto de partida para lecturas más profundas sobre el tema. En el caso de los peruanos, quienes no somos inmunes a romper los límites entre ficción y verdad, sería valioso revisitar, por ejemplo, la discusión de aquella mesa redonda de 1965 entre José María Arguedas y un grupo de sociólogos sobre lo verdadero y lo ficticio en Todas las sangres. En ese debate, el narrador aseguraba que su novela decía solo la verdad. Asimismo, sería provechoso releer Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa, una de las novelas más usadas y citadas para explicar las estructuras profundas —¡las verdaderas, no las ficticias!— de la peruanidad criolla. ¿Qué estamos leyendo cuando leemos una novela?
4/5
LA NOVELA COMO HISTORIA
Eduardo Posada Carbó
124p.
Taurus, 2017.
jueves, 9 de mayo de 2019
jueves, 25 de abril de 2019
Paglia, Sade
Uno suele olvidarlo, pero es increíble —y espantoso— que Sade fuese puesto en prisión por ser el autor de ambas novelas (y luego encerrado en un asilo). A la luz del comportamiento puritano de las redes sociales probablemente eso no deba sorprender. Pero el peligro de Sade no está, creo, en su capacidad de escandalizar. Los episodios pornográficos son tan similares unos de otros que uno se insensibiliza mientras los lee. La idea fundamental que se defiende, y espanta más filosófica que sexualmente, es la de la preeminencia del cuerpo físico sobre el comportamiento. Sade no habla de biología, pero sí de instintos. Es una suerte de darwinista con varias décadas de adelanto. El imperio de la vida moral lo tiene el cuerpo. Sus novelas son las descripciones muy gráficas de esa conclusión.














