lunes, 13 de julio de 2009

Bloggers de escritorio, tuiteros con calle

Criticar el trabajo de escritorio es criticar cierto tipo de sedentarismo. Alan García motejó de "periodistas de escritorio" a sus detractores. Y antes que él Fujimori inauguraba la idea al ufanarse de su pragmatismo y su capacidad de moverse por todas partes del Perú. Movilizarse da visión; inmovilizarse enceguece. Se entenderá que en ese esquema los intelectuales tienen las de perder; los hombres de acción son los héroes de estos tiempos.

Con internet las cosas no han cambiado: el sedentarismo es un fantasma constante. No habrá crítica -pertinente o no- que no se desestime por ser hecha desde la "comodidad de un asiento frente a la computadora". Lo curioso radica en que la discusión se hace entre gente sentada toda en un asiento frente a la computadora. Pero la idea se comprende: hay internautas más conectados con la "realidad" que otros, hay bloggeros con más calle que otros. Nuevamente, el escritorio pierde.

La supremacía de la calle como origen del conocimiento y del cambio desde la experiencia de internet es una idea sospechosa, sobre todo porque proviene desde una autocrítica culposa por la ineficiencia de las redes sociales -léase Facebook y Twitter- para influir en la realidad. Según esta nota de El País (vía Paper Papers) ambas redes son buenas para iniciar campañas y amplificarlas, pero muy malas para trasladarlas al mundo real. Si alguien quiere poner como ejemplo Irán la réplica será sencilla: primero la gente salió a las calles y posteriormente el rebote de la acción apareció en Twitter.

Pero la muchedumbre y el tumulto de las campañas, sean 2.0 o no, tienen en sí mismos un defecto obvio: solo se podrá concentrar mucha gente alrededor de una idea-fuerza, alrededor de un eslógan, probablemente de no más de 140 caracteres. La elaboración de la idea y del eslógan, el desarrollo de sus luces y sombras, será siempre inversamente proporcional a su adhesión y a cuánto uno esté dispuesto a salir a las calles por ella. Una campaña no es compleja, sino necesariamente maniquea. Desde ese punto de vista los chicos con esquina, los miembros del tumulto, nunca tendrán la virtud del matiz, pero sí la facilidad combativa de crearse enemigos inapelables. Una profundidad oscura y escondida versus una superficialidad brillante y exhibicionista. ¿Hay algún extremo mejor que otro?

Mi respuesta es de sentido común: no vivimos en las calles. No vivimos socializando con la masa, sino con un círculo pequeño y reducido. Aunque Google, blogs y redes sociales nos han creado la necesidad de vivir una vida de titular y de obligada "publicitación" en la que nuestros códigos de privacidad se han vuelto muy flojos, en la vida real es la vida cotidiana la que tiene la supremacía: la conversación de sobremesa, la discusión entre tres o cuatro, la charla con el niño antes de acostarlo. Vivir en constante campaña -o promoverlas como si se pusieran huevos- es darle la espalda a un rollo que sin duda tiene más de 140c. Y tener rollo es inevitable porque, como dijo el abuelo, la vida no es fácil.

¿Tiene internet espacio para la vida cotidiana? Sin duda. Si hay un lugar donde se escribe mucho más que en twitters o blogs es en ese reino de los chats privados en el que se discuten desde negocios hasta rompimientos sentimentales. Es una extensión tecnologizada de lo que se suele hacer cara a cara. En ese sentido, dentro de la red existiría entonces una "calle" y una "casa". En la "casa" se genera contenido propio pero dirigido a receptores muy específicos bajo el ala protectora del candado que simboliza la privacidad. En la "calle" el contenido está abierto a todos y sujeto a ese tornado de reacciones y consecuencias insospechadas: aguantar críticas, insultos, bromas, descontextualizaciones, batidas y malentendidos, todo parte de ese duro aprendizaje de la esquina virtual. La muñeca y la correa no vienen con la personalidad individual, se van puliendo o se termina reconociendo que no se tienen. Por cierto: el nivel de "calle" es proporcional al tráfico. Hay blogs con tan poca lectoría que son "casa" por más que tengan la puerta abierta. 

Pero la "casa" nunca se debe desestimar. Al contrario: si un hay un lugar donde el aprendizaje se hace intenso es en la casa; si hay un espacio donde empezamos a tejernos una ética para toda la vida es en la casa; si hay un cobijo donde la reflexión puede ser interminable, pero a la larga iluminadora, es en la casa. Y aquí casa es metáfora de varias cosas: de la charla personal, de la vida cotidiana, del aula, del retiro a la cima de la montaña, del escritorio. 


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