lunes, 16 de junio de 2008

Traducciones 1

Intentona de diario de lectura. Ahora ando enganchado con el libro de Umberto Eco "Decir casi lo mismo. La traducción como experiencia", que acaba de salir por Lumen. Aun cuando todos somos traductores en ciertas coyunturas, el libro va dirigido sobre todo a los que alguna vez se han apasionado con verter en un lenguaje literario lo dicho o escrito originalmente en otro. Y, la verdad, está fantástico. 

En mi caso, la traducción es una especie de hobby más que una pasión literaria. Recuerdo que empecé de muy chiquillo, en tercer grado, intentando descubrir cómo sonaría en castellano algún título de la serie de los Hardy Boys. Quizás extrañaba que en castellano no hubiese -o, al menos, yo no estaba enterado de que hubiese- ese tipo de libros. La palabra literatura aún no existía: era simplemente leer, enterarse, encontrar equivalencias y regodearse en el sonido castellano de la misma historia. En ese sentido, la traducción me sobrevino como una actividad similar a la del Sudoku, o esa otra en la que me quedaba pegado por horas en las tardes intensas de aburrimiento: escribir números correlativamente y ver hasta dónde llegaba. Una mecánica antes que una filología. Un abdominal antes que la competencia en sí. En su lado más utilitarista, traducir es como un ejercicio de escritura, pero subido en los hombros de otro.

De adolescente llegué a Roald Dahl y de nuevo el bicho medio misterioso del traducir me cogió. No sé que habrá sido de esos papeles, pero sí sé que me entrenaron en la paciencia, en la relectura, en la admiración de la imperfección y en el oído para las palabras. Normalmente retocaba: lo que no sonaba bien en inglés -el único idioma que sé con cierta solvencia además del castellano- se podía ajustar. Lo que era intraducible se podía omitir. Aunque soy de aquellos que prefiere siempre remitir al original antes que claudicar a una traducción -sobre todo en poesía o en Shakespeare-, el acto de traducir, paradójicamente, se me hace irresistible. Es leer, pero con una intensidad febril y casi frisando la locura. No hay momento de concentración que haya experimentado con mayor autismo que con la traducción. Hasta ahora no sé por qué.

En la universidad las cosas se volvieron quizás más serias. Gracias a Renato Sandoval -traductor políglota- entendí que la traducción estaba mucho más allá de la simple transposición. Por traducir descubrí poetas: William Carlos Williams, Langston Hughes, Marianne Moore, e.e. cummings. También hice extraños experimentos: no tuve mucho pudor en traducir (para mí) a Czeslaw Milosz, Nobel polaco, de un libro en inglés de sus poemas reunidos. La excusa estaba en que Milosz mismo había traducido, cotraducido o supervisado esa edición. Tampoco hubo pudor cuando traduje (para mí) poemas de Paul Celan de una versión en inglés. La excusa era parecida: el traductor,  Michael Hamburger, había discutido sus versiones con el poeta. Al final, lo que había era la intención de al menos raspar con las uñas y en castellano lo que se dijo brillantemente en otro idioma. La ilusión de recrear una experiencia que no es tuya en tu propio papel con el puente del inglés. ¿Qué tanto daño le hacía este ejercicio al contenido de los poemas?

En un post anterior escribí sobre una novela de Kawabata que Emecé editó en castellano y que acababa de leer: "El sonido de la montaña". La traducción es de una versión en inglés de la novela en japonés. El caso podría llamar a suspicacias, pero Eco, en las primeras decenas de páginas de su libro, se embarca en varios ejercicios de este tipo usando un traductor automático online para ilustrar su concepto de "reversibilidad". Imaginando que un traductor japonés lea la versión en castellano y, sin conocer a Kawabata, se anime a traducirla a su idioma como si fuese el original: ¿con qué versión terminaríamos? ¿Que semejanzas y diferencias habría con el texto (realmente) original de Kawabata? ¿Qué se pierde? ¿Qué queda? Una traducción "ideal" (en este caso, del japonés al inglés, del inglés al castellano, y del castellano de nuevo al japonés) es aquella que nos permite llegar de alguna manera nuevamente al texto original. He ahí la reversibilidad, aplicable también a otro tipo de traducciones: de un libro a una película, por ejemplo.

Eco intenta en su libro darle al sentido común un empaque teórico. Si es habitual decir que la traducción literal no es traducir, el camino de Eco para llegar a esa máxima es espléndidamente lógica. Lo mismo con la deontología de la traducción: respetar lo que quiso decir el autor (1). El tono del italiano es conversacional, de conferencista. Las hojas pasan rápido, aunque sean más de quinientas. A ver qué más sopresas hay.


(1) Una prima lejana de la traducción puede ser también la reseña, pero no la crítica, sino la de resumen. Varios de los posts de este blog intentan hacer eso: condensar, resumir, sintetizar lo que dijeron otros, pero dejando de lado, en lo posible, los juicios de valor. 

1 comentario:

LuchinG dijo...

Mi capacidad para escribir es muy limitada: constantemente confundo el significado de las palabras, la estructura de las oraciones, cuál es la forma correcta de hacer concordancias o me meto en callejones sin salida de cacofonías. Cuando me resigné a aceptar que no iba a llegar muy lejos porque el castellano es para mí un idioma extranjero, las cosas mejoraron: le perdí vergüenza a agarrar un diccionario de sinónimos, a imitar a propósito la estructura de oraciones de los libros y novelas, a cuestionar la forma en que yo entiendo el sentido de una frase. Escribir es traducir.
(Estoy seguro de haber leìdo eso en algùn cuento de Borges, pero no recuerdo dònde)