viernes, 16 de enero de 2009

Moraleja tediosa

Qué tedioso es buscarle moralejas al caso de los controversiales artículos (no hablaré de plagios) de Bryce. Si te animas a lanzar la primera piedra es posible que te lancen el piedrón de vuelta acusándote de acusete o, como lo pone Fernando Carvallo ayer en Caretas, de policía de las palabras. Es un giro bien curioso: si exiges el cumplimiento de la legalidad -o de lo justo- estás faltando a una regla del decoro. Hay que dejar los monumentos en paz, parecen decirnos, como si fuésemos incapaces de conciliar dos momentos de una persona aparentemente contradictorios. Y la verdad es que ya estamos grandes: sí que se puede. 

Más interesante es lo de Rafo León, testimonio también publicado en Caretas ayer. Aprovecha el caso para darle vueltas a algunas ideas sobre el plagio y los muy jodidos días que pasó cuando su libro Lima Bizarra salió publicado. Por ejemplo, dice que no todos los casos de "plagio" (palabra que va entrecomillada por lo difusa que a veces resulta) son iguales. Muy cierto. También que en el Perú, por más responsabilidades asumidas que haya, las aguas no se calman jamás (no sé si esto sea tan cierto*). De paso, León hace trizas la blogósfera, el espacio donde, según él, más se lo maltrató. Es un reclamo entendible. 

Pero la opinión pública es incontrolable. Así como ser tocado por la fama -en general y sin especificaciones- es una tómbola, una arbitrariedad, un hechizo de la varita mágica de la hada madrina, la contraparte fea que aquí llamamos "callejón oscuro" también es así: banalmente caprichosa. ¿Qué le diré a mis nietos? Quizás solo esto: cuidado con lo que escribes, la policía anda cerca. 

* No lo es. Leer el pesadillesco caso del historiador Stephen B. Oates quien, diez años después de los hechos, en el 2002, siguió explicándose. También el de Doris Kearns Goodwin.

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